The Chronicle of the Last Bloom

7.7 — Lo que Eremos no pudo darles a todas

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Eremos se detuvo aquí un momento. No porque la historia lo exigiera — podía seguir directamente hacia el hallazgo, hacia el momento en que él mismo entraría en la escena — sino porque había algo que necesitaba decir antes, algo que llevaba tiempo queriendo confesar y que solo ahora, contándole esto a Flora, encontraba el valor de poner en palabras.

—Hay algo que quiero decirte —dijo, incorporándose un poco más—. Y no es fácil de decir, así que déjame intentarlo despacio.

Flora asintió, sin apresurarlo.

—Cuando yo llegué aquí, hace tanto tiempo que ya ni siquiera intento contarlo en años, tenía miedo. No al peligro, no a las misiones, no a nada de eso. Tenía miedo a estar solo. Había pasado tanto tiempo siendo una planta, sin voz, sin nadie que me viera de verdad salvo ella —una pausa breve, la manera en que siempre nombraba a Ilyrisse cuando hablaba de aquellos años sin nombrarla del todo—, que cuando por fin pude moverme, cuando por fin pude hablar, hice lo único que se me ocurrió para no volver a sentir eso nunca más: empecé a reunir a mi alrededor a todas las almas que quisieran quedarse.

Flora lo miraba con atención, sin juzgar nada de lo que oía, porque en el fondo ella también sabía, mejor que casi nadie, lo que era el miedo a la soledad absoluta.

—Y funcionó —continuó Eremos—, en el sentido de que ya no estoy solo, y no lo he estado en mucho, mucho tiempo. Pero hay un precio que no calculé al principio, y que he tenido que aceptar poco a poco, casi siempre a la fuerza: no puedo darle a todas la misma calidez que le di a Ilyrisse. O a Vaelira. O a ti. O, aquella noche, a Vesalia.

—¿Por qué no? —preguntó Flora, no con reproche, sino con esa curiosidad genuina que la definía.

—Porque no soy infinito —dijo él, con una honestidad que le costaba, palabra a palabra—. Aunque a veces lo parezca, aunque el Heartthread me conecte con más almas de las que puedo contar, y aunque quiera, con toda la sinceridad de la que soy capaz, estar presente para cada una de ellas exactamente cuando más lo necesitan... no puedo. Hay noches en las que un hilo tiembla en algún rincón del mundo y yo estoy demasiado lejos, o demasiado ocupado con otra alma que también me necesita, para llegar a tiempo. Hay historias como la de esa noche, la de Vesalia sola en la piedra pálida, que yo ni siquiera supe que estaban pasando hasta mucho después, porque no llegué a sentir el temblor hasta que ya casi era tarde.

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Se quedó en silencio un momento, mirando algún punto indefinido más allá del árbol.

—Y eso es una culpa que cargo, Flora. No una culpa que me paralice, no una que me impida seguir haciendo lo que hago. Pero es real. Cada alma que reúno a mi alrededor es una promesa silenciosa que hago, aunque nunca la diga en voz alta: voy a intentar estar ahí para ti. Y sé, desde el principio, que en algún momento voy a fallar esa promesa con alguien. No porque no la quiera. Sino porque soy uno, y ellas son miles, y el mundo es demasiado grande incluso para un amor tan grande como el que quiero darles a todas.

Flora guardó silencio largo rato. Cuando habló, lo hizo con esa sencillez suya que solía desarmarlo, la misma que había usado, meses atrás, para reconocer en voz alta que necesitaba sentir en su cuerpo lo que ya sabía en su corazón.

—Yo esperé mucho tiempo en una colina, sin saber siquiera que estaba esperando algo —dijo—. No sabía contar los días. No sabía que existía otra cosa además del sol y la espera. Y cuando por fin llegaste tú, no me pregunté ni un solo instante por qué habías tardado tanto. Solo... llegaste. Y eso fue suficiente.

Eremos la miró, y algo en su expresión se aflojó, como quien recibe un perdón que no sabía que estaba pidiendo.

—Creo que por eso quería contarte esta historia a ti —dijo, con la voz un poco más suave—. Porque tú entiendes, mejor que casi nadie en mi vida, que la paciencia no es lo mismo que la resignación. Que se puede esperar mucho tiempo, y aun así, cuando llega lo que se esperaba, no guardar rencor por la tardanza. Vesalia nunca aprendió eso del todo. Tú sí. Y no sé bien qué te hace diferente, si es tu naturaleza, o si es que simplemente tuviste suerte de no cargar con las mismas traiciones que ella. Pero admiro en ti algo que a veces envidio en secreto: la capacidad de no exigirme más de lo que puedo dar.

Flora sonrió, un poco tímida, y se acercó por fin, apoyando la cabeza contra su hombro.

—No es que no te exija nada —dijo, con un humor suave que aliviaba, sin quitarle peso, todo lo que él acababa de confesar—. Es que confío en que, si un día no llegas a tiempo, no es porque hayas dejado de quererme. Es solo porque el mundo es muy grande, y tú solo tienes dos manos.

Eremos rió, bajito, agradecido por ese pequeño respiro de ligereza en mitad de tanto peso.

—Sigue —le pidió ella entonces, volviendo a la historia—. Quiero saber qué pasó cuando por fin la encontraste.

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