The Chronicle of the Last Bloom
7.6 — La que sabe leer el silencio
La silueta que se detuvo no dijo nada al principio. Se quedó de pie, a una distancia prudente, mirando.
En un mundo donde ninguna cara se diferenciaba de otra, donde todos los rostros eran la misma ausencia de rasgos, había aprendido — como aprendían todas las almas, tarde o temprano, cada una a su manera y a su ritmo — que el cuerpo hablaba donde la cara no podía. La postura era el único idioma que quedaba cuando se perdía todo lo demás: los hombros dirían si alguien estaba en guardia o si se había rendido, la inclinación de una espalda diría si alguien esperaba algo o si había dejado de esperar del todo, la manera de sostener las propias rodillas contra el pecho diría, con más claridad que cualquier palabra, si alguien estaba intentando, con las pocas fuerzas que le quedaban, no desaparecer.
Esta silueta en particular — Eremos no sabía, cuando reconstruyó esta escena para contársela a Flora, hasta qué punto era ya así de sensible en aquel entonces, o si esa sensibilidad se afinó después, con el tiempo, con la práctica involuntaria de haber tenido que aprender a leerse primero a sí misma antes de poder leer a nadie más — tenía un don extraño para esto. Para sentir, casi sin proponérselo, cuándo una postura ajena escondía algo roto debajo. Quizás era, simplemente, que había pasado por algo parecido. Quizás era solo que el mundo, tan pobre en otros lenguajes, la había obligado a volverse fluida en este.
Se acercó, despacio, sin hacer preguntas todavía. Qué mundo tan extraño, pensó, aunque no lo dijo en voz alta — un mundo donde nadie puede diferenciar una cara de otra, y sin embargo, precisamente por eso, todos terminan aprendiendo a sentir con una claridad que en Algo quizás nunca habrían tenido: cuándo alguien está feliz, cuándo alguien está triste, cuándo alguien, sin decir una palabra, está pidiendo que alguien más se quede.
Vesalia no la oyó llegar, o la oyó y no tuvo fuerzas para reaccionar. Cualquiera de las dos cosas era, a esas alturas de la noche, prácticamente lo mismo.
La silueta se sentó a su lado. No preguntó nada — no ¿qué te pasa?, no ¿quién eres? — porque en un mundo sin rostros, esas preguntas a veces sobraban; lo que hacía falta no era información, sino presencia. Y entonces, con un gesto que rompía, sin que ella lo supiera del todo, una de las reglas tácitas más firmes de aquel mundo — que las siluetas no se tocan, que el contacto físico entre almas sin cuerpo era, salvo dentro de una misión o de un lugar como el Fragmento, casi imposible de sostener sin que doliera de una manera extraña — extendió el brazo y envolvió a Vesalia con él.
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No fue un abrazo completo. No podía serlo, no en ese lugar, no con esos cuerpos hechos de luz pálida y ausencia de calor. Pero fue algo — una presión leve, una insistencia silenciosa, el peso de alguien que ha decidido, sin necesidad de explicárselo a sí misma, que esta otra alma no debía estar sola un segundo más.
Vesalia no supo, en ese momento, que la silueta que la sostenía sería, mucho después, alguien a quien llegaría a querer como a una hermana menor, una más de la familia extraña y enorme que Eremos había ido reuniendo a su alrededor a lo largo de los siglos. No sabía nada de eso. Solo sabía que alguien, sin que se lo pidiera, sin que se lo mereciera siquiera, según pensaba ella en lo más hondo de su cansancio, había decidido quedarse.
Y aunque Vesalia no podía sentir, en un sentido físico real, ninguna calidez de aquel mundo gris y sin sol — porque el Between, fuera de las misiones y del Fragmento, no ofrecía calor de ningún tipo, solo la ilusión fría de un contacto que el alma reconocía más por su intención que por su temperatura —, algo en ella, en el instante exacto en que se dejó caer del todo, cedió por fin al sueño.
Y en ese sueño — si es que era sueño, si es que el descanso de un alma agotada podía llamarse así, o si era, como Eremos siempre sospechó sin decírselo nunca a ella, algo más parecido a un recuerdo que se abría paso solo, sin permiso, desde el fondo de una memoria que ella nunca había terminado de desbloquear — vio a su hija.
No con un rostro definido — nadie en el Between tenía rostro que recordar, ni siquiera en sueños — sino con esa certeza absoluta que a veces tienen los sueños de saber quién es quién sin necesidad de verlo. Su hija, envolviéndola a ella. No al revés. No la madre protegiendo a la hija que nunca pudo proteger de verdad, sino la hija — imaginada, soñada, deseada con una desesperación que ni el sueño lograba disimular — envolviendo a la madre, como si le dijera, sin palabras, lo único que Vesalia llevaba toda su existencia en el Between necesitando escuchar: está bien. Puedes descansar. Yo te sostengo esta vez.
No supo, al despertar, si aquello había sido un recuerdo real de algún instante perdido, o solo la invención desesperada de una mente demasiado rota para seguir sin consuelo. Y en cierto modo, contaría Eremos mucho después, no importaba cuál de las dos cosas fuera. Lo que importaba era que, por primera vez en mucho tiempo, algo en ella había descansado.
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