The Chronicle of the Last Bloom

7.5 — El lugar donde nadie le exige nada

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Hubo un día — Eremos no supo nunca calcular exactamente cuánto tiempo llevaba Vesalia buscando sin descanso para entonces, porque el tiempo en el Between se dobla de maneras extrañas cuando uno camina solo — en que ella se apartó del mundo entero.

No se lo dijo a nadie. No hubo despedida, ni aviso, ni siquiera el pequeño ritual de intercambiar un día de turno con alguien más, como había hecho aquella vez que dio pie, sin saberlo, a la curiosidad de Ilyrisse. Simplemente, un día, Vesalia dejó de estar donde se la esperaba, y caminó — Eremos lo reconstruiría después, atando cabos, siguiendo el rastro que deja toda alma sin querer dejarlo — hasta uno de los rincones más desolados de todo el Between: una plataforma de piedra pálida, bajo un cielo gris uniforme que no cambiaba nunca, en un tramo del mundo tan vacío que se podía caminar días enteros sin cruzarse con una sola silueta.

Era, quizás, el mismo lugar donde años antes se había desmoronado por primera vez, la noche en que le confesó a Eremos toda su historia. O quizás era otro lugar, igual de gris, igual de vacío, porque el Between estaba lleno de rincones así, hechos a la medida exacta de quien necesita un sitio donde nadie le exija nada, ni siquiera la apariencia de estar bien.

Se sentó en el suelo de piedra, con las rodillas contra el pecho, en la misma postura exacta con la que Flora, mucho después, escucharía esta historia sin saberlo.

Y allí, por fin, a solas, sin nadie que la viera, sin ninguna compostura que mantener, Vesalia dejó de sostenerse.

No hubo lágrimas. Eremos fue muy claro en esto cuando se lo explicó a Flora, porque era, quizás, el detalle más difícil de toda la historia: Vesalia quería llorar, necesitaba llorar, con una necesidad física casi tan fuerte como la de respirar — y no podía. No porque se lo impidiera el orgullo, ni el hábito de una vida entera reprimiéndose delante de una corte. Simplemente, en ese momento, con el alma tan agotada como la tenía, ni siquiera esa salida le quedaba. El cuerpo, o lo que queda de un cuerpo cuando uno es solo un alma sostenida por un hilo casi deshecho, no tenía ya con qué producir ese alivio.

Quería hablar. No tenía con quién.

No es que estuviera sola en un sentido literal — el Between entero se extendía a su alrededor, con sus millones de siluetas repartidas en su vastedad imposible — sino que en ese instante, en ese rincón exacto, no había una sola alma cerca que pudiera acompañarla, y ella tampoco había querido que la hubiera. Había elegido ese lugar precisamente porque nadie iba allí. Porque necesitaba, con la misma urgencia con la que necesitaba llorar sin poder hacerlo, un sitio donde nadie pudiera verla ser esto: no una reina caída, no una madre en busca de redención, sino solo esto, un fragmento de alma demasiado cansado para seguir fingiendo que sostenerse era lo mismo que estar bien.

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¿Por qué tiene que ser todo así?

Era la única pregunta que le quedaba, repitiéndose sin que ella se lo propusiera, sin respuesta posible, porque no había nadie — ni dios, ni destino, ni ella misma — a quien dirigirla de verdad. No era una pregunta sobre su hija, ni sobre el hombre que la había dejado caer, ni siquiera sobre los dioses que habían moldeado su vida entera para un propósito que nunca fue suyo. Era una pregunta más simple y más terrible que todo eso: por qué el simple hecho de existir, incluso aquí, incluso muerta, incluso lejos de todo el dolor que la había formado, seguía costando tanto.

Pensó en Eremos. Quiso, por un instante que le dolió más que todo lo demás junto, ir a buscarlo, dejar que él la sostuviera como sabía hacerlo, como llevaba haciéndolo desde la primera noche que se derrumbó frente a él en un lugar muy parecido a este.

Y entonces pensó: ¿y si esta vez es demasiado?

No era una duda sobre el amor de Eremos. Ella lo sabía, en algún lugar de su mente todavía capaz de razonar, que él no la dejaría caer, que no era como los otros, que ya se lo había demostrado cientos de veces pequeñas y algunas grandes. Pero el miedo no vivía en esa parte razonable de ella. Vivía más abajo, en el mismo sitio donde vivía el instinto de contar los cuchillos incluso en la mesa más segura, y desde allí le susurraba, con la voz de dos traiciones ya cumplidas, que quizás esta vez sí, quizás mostrarle esto — no la historia ya contada de su caída, sino esto, el cansancio puro, sin dignidad, sin fuerza, sin nada que ofrecer a cambio — sería, por fin, demasiado incluso para él.

Así que no fue a buscarlo. Se quedó allí, sola, en el rincón donde nadie le exigía nada, precisamente porque no exigirle nada significaba también que nadie podía decepcionarla al no poder dárselo.

Su alma — hecha, como toda alma en este mundo, de fragmentos de memoria sostenidos por un hilo cada vez más fino — se partía por dentro sin que hubiera ningún gesto exterior que lo mostrara. Ninguna silueta que pasara por casualidad cerca de allí habría visto más que una figura sentada, quieta, con la cabeza baja. Nada en su postura habría delatado que, por dentro, algo que llevaba sosteniéndola desde el día en que llegó a este mundo estaba, por fin, a punto de ceder.

No se rompió del todo. Pero estuvo, esa noche, más cerca de romperse que en cualquier otro momento de su existencia en el Between — más cerca, incluso, que en el instante en que había confesado toda su historia por primera vez, porque confesar, al menos, había sido un acto de esperanza. Esto no era esperanza. Esto era, simplemente, el fondo.

Y fue justo entonces, en ese fondo exacto, cuando una silueta que no esperaba encontrar a nadie se detuvo a mirarla.

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