The Chronicle of the Last Bloom
7.4 — Cada silueta que no era ella
Había, en la vida de Vesalia dentro del Between, un ritual que Eremos tardó en descubrir del todo porque ella nunca hablaba de él como tal. No lo llamaba búsqueda, ni siquiera esperanza. Cuando él le preguntaba a dónde iba, en los días en que le tocaba a ella el turno de estar sola, Vesalia respondía siempre con la misma frase breve, casi administrativa: tengo que ir a preguntar por ahí.
Preguntar por ahí significaba esto: caminar, a veces durante días enteros de ese tiempo impreciso que el Between imponía a quien se alejaba de todo lo conocido, hasta encontrar una silueta que no hubiera visto antes, y detenerse frente a ella con la voz entrenada para no temblar, y decir, siempre con las mismas palabras, porque había aprendido que cambiarlas no cambiaba nada:
—¿Recuerdas algo de antes de llegar aquí? ¿Una madre? ¿Alguien que te entregó?
La mayoría de las veces la respuesta era silencio. Un silencio que podía significar cualquier cosa — que la silueta no quería hablar con una desconocida, que no recordaba nada de su vida anterior, que había decidido, como hacían tantas, no desbloquear jamás esos recuerdos por miedo al dolor que traían consigo. Vesalia no podía saber cuál de esas razones era la correcta. Solo podía preguntar, escuchar el silencio, y seguir caminando.
Otras veces había respuesta, y la respuesta era no. Un no seco, o un no amable, o un no que venía acompañado de una pregunta a su vez — ¿por qué lo preguntas?, ¿a quién buscas? — que Vesalia nunca contestaba del todo, porque contestarla habría significado abrir algo que ya le costaba mantener cerrado con las dos manos.
Eremos, la primera vez que la acompañó en una de estas búsquedas, entendió de inmediato por qué ella prefería hacerlas sola. No porque no quisiera su compañía — se lo dijo, más tarde, con una honestidad que a él le dolió más que cualquier reproche — sino porque verlo a él observando cada rechazo, cada silencio, cada silueta que se alejaba sin ser la que buscaba, le hacía sentir el fracaso dos veces: una vez por dentro, y otra vez por fuera, en los ojos de alguien que la quería y que no podía evitar compadecerla un poco cada vez que ocurría.
—Prefiero que no me veas así —le había dicho—. Prefiero contarte lo que pasó después, cuando ya haya podido ordenarlo. No mientras está pasando.
Y Eremos, que entendía mejor que nadie lo que significaba cargar solo con las partes más difíciles de uno mismo, había respetado eso. Pero eso no significaba que dejara de imaginar, con una precisión que a veces le costaba soportar, cómo debían de ser esos días para ella.
Se los imaginaba así, porque en el fondo, sin decírselo del todo ni siquiera a sí mismo, sabía que la imaginación no estaba muy lejos de la verdad:
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Una silueta, en un cruce de caminos de piedra pálida, que se detiene al oír la pregunta y responde, después de un silencio demasiado largo, que no recuerda nada, que nunca quiso desbloquear esos recuerdos, que prefiere no hacerlo ahora tampoco. Vesalia asintiendo, agradeciendo con una cortesía que no le cuesta nada porque la ha entrenado durante toda una vida de gobernar, y siguiendo camino antes de que la silueta pueda ver lo que ese no le ha costado.
Una silueta, más adelante, en un mercado bullicioso donde por un instante — solo un instante, el tiempo de ver una postura, una manera de inclinar la cabeza que le recuerda a algo que ya casi no recuerda con claridad — el corazón de Vesalia se detiene por completo, y ella cruza la distancia entre ambas casi corriendo, algo impropio de ella, algo que ella misma juzgaría en cualquier otra circunstancia, y llega jadeante frente a la silueta y hace la pregunta, y la silueta la mira sin comprender, porque es solo eso: una silueta cualquiera, con una postura cualquiera, que por pura casualidad se parecía, durante un segundo, a un fantasma.
Una silueta más, al final de un día ya demasiado largo, que sí recuerda algo — una madre, dice, aunque no está segura, los recuerdos de antes de morir son confusos, se mezclan con cosas que quizás nunca pasaron — y por un momento, un momento entero, algo se enciende en el pecho de Vesalia con una fuerza que le da miedo, hasta que la silueta añade un detalle, uno solo, que no encaja, que no puede encajar, y la esperanza se apaga tan rápido como se había encendido, dejando tras de sí algo peor que si nunca hubiera aparecido.
Eremos nunca vio estas escenas exactas. Pero las conocía de todas formas, porque las había reconstruido, pieza a pieza, a partir de lo poco que Vesalia sí le contaba cuando volvía — no los detalles, nunca los detalles, sino el peso con el que regresaba, distinto cada vez, aunque ella se esforzara en disimularlo. Volvía más callada. Volvía con los hombros un poco más caídos de lo habitual, aunque su espalda seguía recta por pura fuerza de voluntad. Volvía, sobre todo, con una manera particular de abrazarlo al llegar — no como un saludo, sino como quien necesita confirmar, con el cuerpo antes que con las palabras, que todavía queda algo bueno esperándola en algún sitio del mundo.
Lo que Eremos entendió, con el tiempo, y lo que le costaba explicar incluso ahora, a Flora, sentada frente a él con toda su atención puesta en cada palabra, era esto: cada búsqueda fallida no era neutra. No era, simplemente, un día más sin suerte. Era, cada vez, un pequeño eco de la culpa original — la culpa de haberla entregado, de no haber estado, de no merecer quizás encontrarla nunca, porque qué clase de madre entrega a su hija, aunque lo haya hecho para salvarla, aunque no hubiera otra opción posible en aquel momento.
—Ella nunca lo decía así —explicó Eremos, con la voz un poco más baja—. Nunca decía no merezco encontrarla. Pero yo lo veía en cómo hablaba de la búsqueda misma. Como si fuera menos una esperanza y más una condena que se había impuesto a sí misma. Buscar, para ella, no era solo el camino hacia algo bueno. Era también, cada vez, una manera de recordarse a sí misma lo que había hecho.
Flora, que escuchaba con las rodillas recogidas contra el pecho, dijo entonces, muy bajito:
—Eso es horrible.
—Lo es —confirmó Eremos—. Y lo peor no era ninguna búsqueda en particular. Era la suma de todas. Cada silueta que no era ella se llevaba un poco más del hilo que la sostenía. Y llegó un punto, aunque yo no lo supe hasta después, en que ese hilo ya casi no tenía nada más que dar.
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