The Chronicle of the Last Bloom
7.3 — Amar sin dejar de contar los cuchillos
Ya llevaban, para entonces, el tiempo suficiente juntos como para que nadie en el Between dudara de que Vesalia y Eremos eran pareja. No con la ceremonia de un Contrato — eso vendría, si es que venía, mucho después — sino con la certeza más simple y más difícil de dos personas que se habían elegido, día tras día, sin que nadie se los pidiera.
Y sin embargo.
Había una escena que Eremos recordaba con una nitidez casi dolorosa, precisamente porque no tenía nada de especial: una tarde cualquiera, en uno de los muchos rincones sin nombre del Between donde a veces se encontraban entre misión y misión, antes incluso de que él tuviera el Fragmento de Mundo con el que agasajarla. Vesalia reía. No era algo común en ella — su risa, cuando llegaba, era breve, casi sorprendida de sí misma, como si todavía no estuviera segura de tener permiso para hacerlo — pero esa tarde había reído de verdad, por algo tonto que él había dicho, algo sin importancia que ya ni siquiera recordaba.
Y en mitad de esa risa, él la había visto detenerse. No del todo. Solo un instante, una fracción de segundo en la que algo cruzó por detrás de sus ojos como una sombra rápida, y la risa se apagó un poco antes de tiempo, sustituida por esa compostura suya de reina que ya no reinaba nada.
—¿Qué pasa? —le había preguntado él entonces.
—Nada —había dicho ella, y había vuelto a sonreír, pero ya no era la misma sonrisa.
Eremos no lo entendió del todo esa tarde. Lo entendería después, mucho después, cuando aprendiera a reconocer ese instante como lo que era: el momento exacto en que Vesalia, en mitad de algo bueno, se sorprendía a sí misma siendo feliz — y su primer instinto, más rápido que cualquier pensamiento consciente, era empezar a contar los cuchillos.
Así lo pensaba él, en su cabeza, sin decírselo nunca a ella en esos términos: contar los cuchillos. Como quien, en mitad de una comida tranquila, no puede evitar mirar de reojo cuántas salidas tiene la habitación. No por paranoia — o no solo por eso — sino porque alguna vez, en otra vida, una comida tranquila terminó con un cuchillo de verdad, y el cuerpo, aunque ya no tenga cuerpo, no siempre distingue entre el peligro de entonces y la seguridad de ahora.
Había otras escenas, muchas, repartidas a lo largo de los meses. Ninguna era dramática por sí sola. Juntas, sin embargo, dibujaban un patrón que Eremos había ido aprendiendo a leer con la misma paciencia con la que había aprendido, siglos atrás, a leer la luz del sol siendo apenas una planta sin nombre.
Vesalia, dormida contra su hombro, despertándose de golpe a mitad de la noche, con los ojos abiertos de par en par durante un segundo antes de recordar dónde estaba — y en ese segundo, antes de recordar, su rostro no mostraba miedo a un peligro externo. Mostraba la certeza pura, instantánea, de que esta vez sí, esta vez la habían dejado sola.
Vesalia, en mitad de una tarea sencilla — ordenar algo, preparar algo, cualquier pequeño ritual doméstico que a esas alturas ya compartían sin necesidad de palabras — deteniéndose de pronto para preguntarle, con una ligereza fingida que no engañaba a nadie, si tenía algún plan para el día siguiente. No porque quisiera saberlo. Porque necesitaba, cada cierto tiempo, confirmar que él seguía allí, que no había ningún plan silencioso de desaparecer.
Vesalia, la noche en que él llegó tarde a un encuentro — apenas unas horas, retrasado por una misión que se había alargado más de lo previsto — y la encontró esperando con un rostro tan compuesto, tan perfectamente sereno, que solo alguien que la conociera tanto como él habría notado que esa serenidad era, en realidad, el esfuerzo de contener algo. No le reprochó nada. No dijo una palabra fuera de lugar. Pero cuando él le preguntó, más tarde, qué había pensado mientras esperaba, ella tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó más pequeña de lo que él la había oído sonar nunca:
—Pensé que quizás no ibas a venir.
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—¿Por qué pensarías eso?
Y ella se había encogido de hombros, con esa manera suya de restarle importancia a lo que más le importaba, y había dicho:
—Porque siempre es lo que pienso primero. Antes de pensar cualquier otra cosa.
Eremos no supo qué responder esa noche. La abrazó, porque abrazarla era lo único que sabía hacer bien en esos momentos, y ella se dejó abrazar, y ninguno de los dos volvió a mencionar el asunto. Pero él empezó, desde entonces, a prestar atención de otra manera. No para vigilarla — nunca habría podido hacer eso, ni habría querido — sino para entender.
Y lo que fue entendiendo, poco a poco, con esa paciencia infinita que era quizás su único don verdadero, fue esto: Vesalia no dudaba de él. Dudaba de la posibilidad misma de que algo bueno durara. Había construido, en vida, un imperio entero sobre la certeza de que el amor era una herramienta que los demás usaban para moldearla — los dioses que la guiaron hacia un destino que nunca fue suyo, el hombre que la amó lo justo para no salvarla cuando más falta le hizo — y ese aprendizaje, grabado tan hondo que ya no vivía en la razón sino en el instinto, no se borraba solo porque, esta vez, la persona que la amaba fuera de verdad.
Había, además — y esto era lo que más le costaba a Eremos aceptar, lo que más despacio fue entendiendo — un segundo dolor debajo del primero, uno que Vesalia jamás mencionaba en voz alta pero que él empezaba a sospechar, con esa intuición lenta y certera que solo da el tiempo compartido: la culpa no era solo por lo que le habían hecho a ella. Era por lo que ella, sin querer, sin poder evitarlo, le había heredado a su hija.
Porque así funcionan estas cosas, pensaba Eremos, aunque nunca se lo dijera con esas palabras exactas — nadie enseña a amar sin miedo a quien nunca lo recibió así. Vesalia había criado a su hija, en los años breves que tuvo antes de entregarla, con la misma sequía con la que a ella la habían criado: un amor vigilante, condicionado, siempre a la espera de la próxima decepción. No por crueldad. Por la simple, devastadora razón de que nadie le había mostrado otra manera de hacerlo.
Una noche, sin venir a cuento, mientras miraban juntos el cielo fijo de dusk perpetuo del Fragmento — porque para entonces ya tenían el Fragmento, ya tenían ese pequeño refugio de calidez real dentro de la vastedad gris — Vesalia dijo, con una voz tan baja que él tuvo que inclinarse para escucharla del todo:
—Espero que, si la encuentro, no se parezca demasiado a mí.
—¿A qué te refieres? —preguntó Eremos, aunque ya empezaba a intuirlo.
—A que espero no haberle enseñado a esperar lo peor de todo lo bueno que le pase. —Se quedó mirando el cielo un momento más, sin parpadear, como si allí arriba hubiera algo que leer—. Yo lo aprendí de alguien. Es lo único seguro que sé sobre el amor: que se hereda, aunque uno no quiera. Y no tuve mucho tiempo para dárselo antes de... —No terminó la frase. No hacía falta.
Eremos no supo qué decir esa noche tampoco. Pero hizo lo único que sabía hacer, lo único que llevaba haciendo desde que era una planta sin voz observando el mundo desde una colina inmóvil: se quedó. No se apartó, no rellenó el silencio con palabras vacías de consuelo, no intentó arreglar algo que no estaba en su mano arreglar. Simplemente se quedó, cerca, presente, dejando que su sola quietud dijera lo que él no sabía cómo decir: estoy aquí, y pienso seguir estándolo, y no hay nada que puedas contarme sobre ti misma que vaya a cambiar eso.
Esa noche, más tarde, mientras Vesalia dormía por fin, Eremos la abrazó un poco más fuerte de lo habitual — sin razón aparente, sin que nada lo hubiera provocado, solo porque algo en él necesitaba hacerlo. Y ella, medio dormida, en ese territorio impreciso entre el sueño y la vigilia donde las defensas bajan solas sin permiso, murmuró algo que él no estaba seguro de que ella recordara haber dicho al día siguiente:
—¿Y si esto también se acaba?
No era una pregunta dirigida a él. Era, Eremos lo sabría después, la pregunta que Vesalia se hacía a sí misma cada noche, en algún rincón de su mente que ni el amor más paciente del mundo había logrado todavía convencer de lo contrario.
Eremos no respondió. No porque no tuviera una respuesta — la tenía, y era simple, y era cierta: no, esto no se va a acabar, no de esa manera, no por mi parte — sino porque entendía, incluso entonces, que esa no era una pregunta que se pudiera responder una sola vez y dejarla resuelta para siempre. Era una pregunta que Vesalia iba a tener que hacerse, y él iba a tener que responder, una y otra vez, durante mucho tiempo, hasta que quizás, algún día, el hilo delgado que la sostenía aprendiera por fin a confiar en su propio peso.
No sabía, esa noche, cuánto le quedaba todavía por resistir antes de que ese hilo estuviera a punto de partirse del todo.
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