The Chronicle of the Last Bloom
7.2 — Un hilo que no deja de doler aunque esté entero
—Hay algo que nadie te explica sobre las almas de este mundo —empezó Eremos, sin abrir los ojos, como si le resultara más fácil hablar de esto en la oscuridad de sus propios párpados que mirando de frente algo tan cierto—. Cuando muere un cuerpo en Algo, lo que llega aquí no es la persona entera. Es lo que queda. Los pedazos que sobrevivieron al viaje.
Flora escuchaba en silencio. Sabía, mejor que la mayoría, lo que significaba llegar a este mundo incompleta — ella había llegado sin lenguaje siquiera, una silueta vacía repitiendo el único gesto que su naturaleza vegetal aún recordaba. Pero no dijo nada. Dejó que él construyera su propia manera de explicarlo.
—Imagina un alma como un hilo —continuó él—. No el Heartthread, no ese tipo de hilo. Uno más simple, más frágil: el hilo que sostiene juntos todos los fragmentos de lo que una persona fue. Recuerdos, culpas, ternuras, todo lo que la hizo ser quien era. En la mayoría de las almas ese hilo es grueso. Está tejido con una vida entera de cosas buenas y cosas malas, y aunque se tense, resiste.
Hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, su voz había bajado un tono, como si estuviera a punto de decir algo que llevaba mucho tiempo sin decir en voz alta.
—Pero hay almas donde ese hilo es delgado. Muy delgado. Porque la vida que sostienen no les dio material suficiente para tejerlo grueso. Porque nadie las amó lo bastante bien, lo bastante a tiempo, y todo lo que tienen para sostenerse es lo poco que lograron construir ellas solas, a la fuerza, cuando ya era casi demasiado tarde.
—Vesalia —dijo Flora, no como pregunta, sino como quien confirma algo que ya empezaba a entender.
—Vesalia —repitió él—. Y aquí está lo que nadie entiende del todo, ni siquiera yo, aunque la haya visto de cerca más que nadie: un hilo delgado no significa un alma débil. Significa un alma que ha tenido que sostenerse con muy poco, durante mucho tiempo, y que ha aprendido a hacerlo tan bien que desde fuera nadie nota lo fino que es el material. Vesalia no era frágil. Era, quizás, la persona más fuerte que he conocido en toda mi existencia. Pero fuerte y entero no son la misma palabra. Se puede ser fortísimo y estar, al mismo tiempo, sostenido por un solo hilo que nunca dejó de doler, aunque nunca se rompiera del todo.
Flora frunció el ceño, no con confusión, sino con esa concentración suya de quien intenta entender algo importante hasta el fondo.
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—Entonces esta historia no es sobre que el hilo se rompiera.
—No —dijo Eremos, y en su voz había algo parecido al alivio de haber sido entendido sin tener que explicarlo todo—. Es sobre una noche en la que estuvo a punto. Y sobre por qué, incluso después de encontrarme a mí, incluso después de que yo la amara y ella se dejara amar, ese hilo seguía tan delgado como el primer día que llegó aquí.
Se incorporó un poco, lo justo para mirar a Flora de frente, porque lo que venía a continuación quería contarlo sin escudarse en la oscuridad de sus propios párpados.
—Para entender esto tienes que entender algo más, algo que me costó mucho aceptar de ella, y que quizás tarde más en explicarte del todo: hay personas a las que nadie les enseñó cómo se ama sin condiciones. No porque no quisieran aprenderlo. Sino porque nadie se los enseñó primero. Y esas personas, incluso cuando por fin encuentran a alguien que las ama bien, de verdad, sin trampa ni cálculo detrás — siguen esperando el golpe. Siguen contando, en secreto, todas las maneras en que eso también podría acabarse.
—¿Ella hacía eso? ¿Contigo?
—Ella hacía eso conmigo —confirmó Eremos, sin rencor, solo con la tristeza serena de quien ha hecho las paces con una verdad que no puede cambiar del todo—. No porque dudara de mí. Sino porque su cuerpo, lo que queda de un cuerpo cuando uno es un alma, no sabía todavía cómo dejar de esperar la caída. La habían traicionado dos veces en vida — el hombre que decía amarla, los dioses que decían guiarla — y algo en ella, algo que ni siquiera la razón alcanzaba a tocar, había decidido que la tercera vez era solo cuestión de tiempo.
Flora guardó silencio un momento, y cuando habló, su voz tenía esa honestidad desnuda que la caracterizaba, la misma que la había hecho decir en voz alta, meses atrás, que necesitaba sentir en su cuerpo lo que ya sabía en su corazón.
—Yo también hago eso a veces —dijo, muy bajito—. No contigo. Pero... a veces me pregunto si merezco estar aquí. Si un día vas a mirarme y darte cuenta de que soy solo una planta que aprendió a hablar tarde.
Eremos alargó la mano y le tocó la mejilla, con la misma ternura reflexiva con la que tocaba todo lo que consideraba, sin decirlo nunca en esos términos, sagrado.
—Por eso quiero contarte esta historia a ti —dijo—. Porque tú, mejor que nadie, vas a entender lo que significa cargar con un miedo que la razón no puede desmontar. Y porque quiero que sepas, antes de que te cuente lo mal que estuvo esa noche, que las cosas terminaron bien. No perfectas. Bien.
Flora asintió, y se acomodó un poco más cerca, sin llegar todavía a recostarse — quería, como había dicho al principio, seguir mirándolo a la cara.
—Cuéntame —dijo—. Desde el principio.
Y Eremos, con los ojos ahora abiertos, fijos en algún punto del cielo sin estrellas del Fragmento, empezó a desenrollar el hilo de la memoria.
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