The Chronicle of the Last Bloom
CAPÍTULO 7: Lo que quebró su corazón (What Broke Her Heart) Parts in spanish
7.1 — Pregúntame algo que no le hayas preguntado a nadie
El turno de Flora empezaba siempre igual: sin ceremonia.
No había gasa dorada esperando en el cofre, no había ritual que anunciara que esa noche era suya. Flora, simplemente, aparecía en el Fragmento de Mundo con las manos un poco inquietas y se sentaba cerca — nunca encima, nunca reclamando espacio, como si todavía, después de todo este tiempo, temiera ocupar más del que le correspondía — y esperaba a que Eremos notara que ya estaba allí.
Esa noche lo notó enseguida, porque Flora no se sentó a su lado. Se sentó frente a él.
Era un gesto pequeño, pero en ella nada era casual del todo; incluso su torpeza tenía una honestidad que no admitía disfraces. Sentarse frente a alguien, en vez de junto a él, significaba una sola cosa: quería mirarlo a la cara mientras hablaban. Quería ver.
—Hoy quiero preguntarte algo —dijo, y se le notó en la voz el esfuerzo de decirlo sin que temblara—. Algo que no le hayas preguntado... que no te haya preguntado nadie más.
Eremos, que llevaba un rato con la cabeza inclinada contra el tronco del árbol sin nombre, la miró con esa calma suya que nunca terminaba de ser del todo calma, sino más bien la superficie quieta de algo profundo que ha aprendido a no agitarse por costumbre.
—Pregunta.
Flora tardó en encontrar las palabras. No porque le faltaran — le sobraban, de hecho, se le amontonaban de una manera que a veces la hacía tropezar consigo misma — sino porque quería decir esto bien, quería que sonara exactamente como lo había sentido, y no como una acusación ni como un cotilleo.
—Hay una historia que te pesa distinto que las demás —dijo por fin—. No lo digo por lo que has contado. Lo digo por lo que no cuentas. —Se miró las manos un instante, como si allí tuviera escrita la manera correcta de continuar—. Cuando alguien nombra a Vesalia, aunque sea de pasada, aunque sea solo para preguntar qué tal está, te cambia algo en la cara. Muy poco. Casi nada. Pero yo... —dudó, y luego, con esa llaneza suya que desarmaba más que cualquier elocuencia—: Yo aprendí a mirar las posturas de la gente antes de aprender a hablar. Es lo único que sé hacer bien de verdad. Y la tuya cambia.
Eremos no dijo nada durante un momento. No era sorpresa lo que se le veía en el rostro — sabía, quizás desde siempre, que tarde o temprano alguien lo notaría, y de todas las almas que compartían su vida, tenía sentido que fuera ella, la que había aprendido a leer el mundo entero a través del cuerpo antes de tener una sola palabra para nombrarlo.
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—¿Y qué crees que significa? —preguntó él, con genuina curiosidad, no a la defensiva.
—No lo sé —admitió Flora—. Por eso pregunto. No creo que sea un secreto. No creo que sea algo que no quieras contar. Creo que es algo que... —buscó la palabra, la encontró despacio— duele contarlo. Que es distinto.
Y tenía razón. Eremos había contado ya, meses atrás, la historia de cómo Vesalia llegó a él: la caída, la traición, la hija perdida, el pacto de encontrarla algún día. Ilyrisse la había escuchado entera, con Vaelira medio dormida contra su costado, y al final de esa noche el dolor había encontrado, si no una resolución, al menos un lugar donde posarse.
Pero había otra historia. Una que empezaba después de esa, no antes. Una sobre lo que pasa cuando alguien a quien ya se ama, a quien ya se ha elegido, a quien ya se ha dejado entrar del todo, sigue — pese a todo eso — esperando el golpe.
—No es la misma historia que le conté a Ilyrisse —dijo al fin, despacio, como quien decide, palabra a palabra, si de verdad quiere abrir una puerta—. Esa era sobre cómo la perdí. Cómo la traicionaron, cómo murió, cómo la encontré aquí, deshecha, buscando a su hija sin descanso.
—¿Y esta?
Eremos guardó silencio un momento más. Afuera del Fragmento, en algún punto del Between que ninguno de los dos podía ver desde allí, el mundo seguía siendo gris y silencioso y enorme. Aquí, bajo la luz cálida sin origen, todo era distinto — pero él sabía, mejor que nadie, que la calidez de un lugar no siempre alcanza para calentar lo que hay dentro de una persona.
—Esta es sobre lo que pasó después. Cuando ya estábamos juntos. Cuando ya la amaba, y ella a mí, y deberíamos haber sido felices sin más condiciones. —Cerró los ojos un segundo, como quien busca fuerzas en un lugar que no sabe si todavía existe—. Es sobre una noche en la que casi la perdí otra vez. No porque nadie viniera a hacerle daño. Sino porque ella ya no podía sostenerse a sí misma.
Flora no dijo nada. Simplemente se acercó un poco más, sin llegar a tocarlo todavía, dándole el espacio exacto que él necesitaba para empezar.
—¿Me la cuentas? —preguntó, al final, con esa misma sencillez con la que preguntaba todo lo que de verdad le importaba.
Eremos asintió.
—Sí. Pero te aviso: esta no tiene el mismo tipo de final que las otras. No hay villano al que odiar cuando termine. Solo hay... —buscó la palabra, y la encontró en el mismo lugar del que él mismo estaba hecho— una persona intentando sobrevivirse a sí misma.
Flora asintió, despacio, y esperó.
Y Eremos, con la cabeza apoyada contra el árbol, los ojos cerrados y la voz baja, empezó a contar.
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