Sheijuu. [Español]
Capitulo 50: El problema del codo.
Capítulo 50
El problema del codo
Fue el tercero el que se quedó.
Los demás habían ido y venido durante días, acercándose lo suficiente para satisfacer su curiosidad y alejándose antes de que la curiosidad pudiera convertirse en algo más comprometido. Pero el tercero, el que tenía una mancha más oscura en el lado derecho del cuerpo que lo distinguía del resto del grupo, había empezado a quedarse más tiempo que los demás después de cada acercamiento, primero cinco minutos, después veinte, después una tarde entera sentado a unos diez metros de la raíz donde Sheijuu descansaba entre sesiones de práctica, observándolo con esa atención que ya no era puramente instintiva.
Sheijuu lo había notado desde el segundo día. No había hecho nada al respecto, ni acercarse ni alejarse ni cambiar su comportamiento de ninguna forma deliberada, porque cualquier cosa que hiciera para modificar la situación sería también una intervención en algo que tenía su propio ritmo y que no le pedía que lo acelerara.
La tarde del décimo día, el de la mancha oscura se acercó a cuatro metros.
Se detuvo ahí. Lo observó durante varios minutos con los cuatro ojos, los dos superiores fijos en el rostro de Sheijuu y los dos inferiores moviéndose entre las vendas, la espada, las manos, con una metodicidad que era difícil de atribuir a simple instinto animal. Después hizo algo que Sheijuu no esperaba: produjo un sonido que no era ninguno de los que había escuchado a las criaturas del grupo comunicarse entre sí, algo más breve, más dirigido, con una calidad diferente que sugería que estaba destinado a él y no al entorno general.
Sheijuu no respondió. No porque no quisiera sino porque no tenía ninguna respuesta adecuada disponible para algo que todavía no podía clasificar correctamente.
La criatura esperó unos segundos. Después se sentó, con la misma fluidez de múltiples patas que había observado en todo el grupo, y simplemente permaneció ahí, a cuatro metros, sin acercarse más pero sin alejarse tampoco.
—¿Qué crees que quiere? —preguntó Sheijuu, en voz baja.
—Lo mismo que quiere cualquier ser con suficiente inteligencia para hacer esa pregunta —respondió Majull—. Saber qué eres.
—No puede saberlo.
—No todavía. Pero está intentándolo. Y el hecho de que lo intente es exactamente tan importante como el resultado.
Sheijuu observó a la criatura durante un momento más. Después volvió su atención a las vendas. La criatura se quedó donde estaba durante el resto de la tarde, y cuando el sol empezó a bajar entre las copas de los árboles y Sheijuu se levantó para continuar la sesión vespertina, se alejó con la misma calma con que había llegado, sin señales de alarma, sin prisa, como alguien que ha obtenido suficiente información por hoy y puede continuar mañana.
—Mañana vendrá más cerca —dijo Majull.
—Probablemente.
—¿Te molesta?
Sheijuu pensó en la pregunta con honestidad.
—No —dijo finalmente—. Me recuerda a algo.
No dijo qué. Majull no preguntó.
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El problema del codo lo había identificado Majull al cuarto día de práctica con el sistema de improntas reorganizado, en el momento en que Sheijuu intentó por primera vez liberar la esfera en una situación donde el codo no era el punto de contacto óptimo.
—Muévela —había dicho Majull.
—¿Moverla?
—La esfera está almacenada en el sello del codo. Pero lo que necesitas ahora es que salga desde la palma. Muévela.
Sheijuu había intentado liberar el sello directamente desde la palma, que era lo que cualquier lógica inmediata sugería. El resultado había sido que el sello no respondió porque el sello estaba en el codo y la palma era otro lugar, y la Escencia almacenada no sabía que se suponía que debía ir a otro sitio porque nadie le había dado esas instrucciones.
—El sello no es el destino —explicó Majull—. El sello es el origen. Lo que almacenaste ahí tiene que viajar desde donde está hasta donde lo necesitas antes de que pueda ser útil. Y ese viaje tiene que ocurrir con suficiente velocidad para que no destruya lo que transporta.
—¿Cómo?
—La misma forma en que mueves cualquier otra Escencia por el cuerpo. Pero con la diferencia de que lo que estás moviendo ya tiene instrucciones, y esas instrucciones tienen que llegar intactas al destino. Si el transporte es demasiado brusco, las instrucciones se pierden y lo que llega a la palma es Escencia sin instrucciones que hace exactamente lo que la Escencia sin instrucciones siempre hace.
—Explotar de forma incontrolada.
—En el mejor de los casos. En el peor, colapsa antes de llegar y te quemas el brazo desde dentro.
Era el tipo de advertencia que Sheijuu había aprendido a tomar literalmente y no como figura retórica, porque Majull no usaba figuras retóricas para describir consecuencias físicas reales.
Los primeros intentos fueron exactamente lo que cabía esperar del principio de cualquier cosa nueva: la Escencia llegaba a la palma pero sin las instrucciones, produciendo una descarga inútil que no hacía nada o lo suficientemente descontrolada para ser contraproducente. O el transporte era demasiado lento y el tiempo ganado por tener el sello pre-cargado se perdía completamente en el movimiento.
—El problema es que estás tratando el transporte como un paso separado —dijo Majull—. No lo es. El transporte y la liberación tienen que ser la misma acción. El sello se abre y simultáneamente la Escencia ya está en movimiento hacia el destino.
—¿Cómo se abre un sello y se mueve su contenido al mismo tiempo?
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—La misma forma en que respiras y caminas al mismo tiempo. No piensas en los pulmones y en las piernas como procesos separados que tienes que coordinar. Simplemente ocurren porque tu cuerpo aprendió que ocurren juntos.
Era la misma lección de siempre en diferente forma, la que aparecía en cada técnica y que Sheijuu había aprendido a reconocer cuando llegaba aunque cada vez llegara disfrazada de algo diferente: la separación entre pasos era una herramienta de aprendizaje, no una descripción de cómo funcionaba la cosa aprendida.
El décimo día, el mismo en que la criatura de la mancha oscura se acercó a cuatro metros, Sheijuu liberó por primera vez la esfera correctamente desde la palma cuando el sello original estaba en el codo.
No fue rápido. Tardó más de lo que el sistema requería en combate real para ser útil. Pero fue correcto, las instrucciones llegaron intactas, la esfera giró en la palma con la misma estabilidad inestable de siempre, y Majull dijo bien con el tono que usaba cuando algo merecía ese calificativo sin modificadores.
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Majull amplió el entrenamiento en los días siguientes con algo que Sheijuu no había anticipado: no más técnicas nuevas sino combinaciones de lo que ya tenía en contextos que forzaban la aplicación simultánea de múltiples sistemas.
Los pinchos del suelo mientras se movía, lo que requería mantener la instrucción activa en el terreno bajo sus pies mientras el resto del cuerpo ejecutaba otro conjunto de acciones completamente diferente. La esfera construida en una mano mientras la otra liberaba una impronta, dos procesos de Escencia independientes corriendo en paralelo sin interferirse mutuamente. La gravedad de los ojos activa como fondo mientras las improntas respondían a situaciones concretas en primer plano.
—Estás acostumbrado a hacer una cosa a la vez —observó Majull.
—Todo el mundo hace una cosa a la vez.
—No. Todo el mundo cree que hace una cosa a la vez porque la mayoría de las cosas que hacen simultáneamente las han automatizado hasta el punto de no percibirlas como acciones separadas. Respirar, equilibrarse, procesar el entorno: las haces todas al mismo tiempo sin pensarlo. El combate tiene que funcionar igual. Tienes que llegar a un punto donde atacar y defender y percibir y moverte sean todas partes del mismo proceso continuo en lugar de decisiones secuenciales.
—Eso lleva años.
—Sí. Por eso empezamos ahora.
El ejercicio más difícil de esa semana fue uno que Majull describió simplemente como mantener: generar una técnica activa y sostenerla mientras hacía todo lo demás. No una impronta, que era estática hasta ser liberada, sino algo vivo que requería alimentación continua de Escencia mientras el resto del sistema funcionaba con normalidad.
Sheijuu eligió los pinchos del suelo como la técnica a mantener, no en el estado de descarga sino en el estado previo, la Escencia lista bajo la superficie pero sin salir todavía, sostenida ahí de forma indefinida mientras caminaba, practicaba otros sellos, conversaba con Majull.
Los primeros intentos se disolvían en menos de un minuto porque la atención derivaba y con ella el flujo de Escencia que los sostenía. Después llegaron a cinco minutos. Después a veinte. Al final de la semana podía mantenerlos activos durante horas sin que requirieran atención consciente perceptible, convertidos en exactamente el tipo de fondo que Majull había descrito: algo que ocurría sin que tuviera que pensar en ello.
—¿Para qué sirve esto exactamente? —preguntó una tarde, después de haber mantenido la técnica activa durante toda una sesión de práctica de improntas sin perderla ni una vez.
—Para que, cuando los liberes en combate, no exista el momento de preparación. No hay un instante donde estás cargando la técnica. Solo hay un instante donde ya está ahí.
—Pero ellos van a verlas. —No lo dijo como pregunta.
—Claro que las van a ver. —Majull no sonó como si aquello fuera un problema, y eso fue lo que hizo que Sheijuu se detuviera a escuchar con más atención—. No estás intentando esconderlas. Eso sería inútil. Lo que estás intentando es que, cuando las vea, ya sea demasiado tarde para evitarlas. O que el lugar donde las vea sea exactamente el lugar hacia donde tú quieres que vaya.
—Herramientas de presión, no trampas.
—Exacto. Una trampa depende de que el oponente no sepa que está ahí. Esto no. Esto funciona aunque lo sepa. Tú colocas los puntos, ellos los ven, y a partir de ahí el combate se convierte en una partida de posiciones: ellos intentan no pisar donde tú has puesto algo, y tú intentas que no le quede otra opción. Cada pincho activo es un punto del terreno que ellos ya no puede usar libremente. Aunque nunca lo liberes.
Sheijuu procesó aquello en silencio. Era una forma de pensar el combate que no había considerado antes, o no de esa forma tan concreta: no atacar, sino reducir. No golpear, sino cerrar espacios hasta que al oponente no le quedara más remedio que meterse en el único que quedaba abierto.
—¿Y si no pisa ninguno?
—Entonces ha pasado todo el combate pendiente de dónde están tus pinchos en lugar de pendiente de ti. Eso también es una ventaja. No tan grande como que los pise, pero no es nada despreciable.
—¿Y si los pisa?
—Entonces la diferencia entre liberarlos en ese instante y liberarlos después de un segundo de preparación visible es la diferencia entre que la técnica conecte y que no. Porque en el momento en que su pie toca el punto, ya no hay tiempo para apartarse. Ya está ahí.
Sheijuu pensó en la diferencia entre esa versión y la que había practicado al principio, cuando los once segundos de preparación eran inevitables y visibles, y el oponente podía leerlos, anticiparlos, decidir dónde no estar. El mismo principio que había aprendido sobre las improntas, aplicado a las técnicas en tiempo real: el tiempo de preparación no tenía que ser externo al combate. Podía ser interno, sostenido como parte de ese fondo continuo que Majull había descrito. No para esconder la trampa. Para que, cuando el oponente cayera en ella, ya no hubiera nada que hacer al respecto.
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La criatura de la mancha oscura llegó a dos metros el decimocuarto día.
Esta vez no solo se sentó. Se acercó despacio, verificando en cada paso que la respuesta del entorno no requería que se detuviera o retrocediera, hasta quedar a una distancia donde Sheijuu podría haberla tocado con el brazo extendido si hubiera querido hacerlo.
No lo hizo.
La criatura emitió el mismo sonido dirigido de la primera vez, pero esta vez con una variación al final que no había estado presente antes. Después esperó, con los cuatro ojos fijos en Sheijuu, con la paciencia de algo que ha aprendido que las cosas importantes requieren tiempo.
Sheijuu la miró.
Después, sin pensarlo demasiado, hizo el mismo sonido lo mejor que pudo con una anatomía vocal que no estaba diseñada para eso, sabiendo perfectamente que el resultado no sería correcto y sin importarle especialmente.
El efecto fue inmediato. La criatura retrocedió medio metro, no con alarma sino con algo que habría clasificado en otro contexto como sorpresa, y después inclinó la cabeza con el mismo gesto de los primeros días, primero hacia un lado y después hacia el otro.
Después emitió un sonido completamente diferente a los anteriores, más largo, con más variaciones internas, que Sheijuu no pudo reproducir pero que identificó sin dificultad como algo que en cualquier idioma que conociera habría sido una risa.
—Majull —dijo.
—¿Sí?
—Creo que me acabo de comunicar con ella.
—Creo que también.
—¿Qué dije?
Una pausa.
—Algo fonéticamente similar a su sonido de saludo pero con una entonación que probablemente significó otra cosa completamente diferente.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. Pero a ella le pareció gracioso.
—¿Y tú puedes entenderla entonces? —preguntó Sheijuu después de pensarlo por un momento.
—Para nada, estoy tomándote el pelo.
—Ah...
La criatura permaneció a dos metros durante el resto de esa tarde, produciendo ocasionalmente el sonido que Sheijuu había identificado como risa cada vez que él hacía algún movimiento brusco durante la práctica, como si hubiera encontrado en aquella equivocación fonética inicial una clasificación para él que resultaba compatible con quedarse cerca.
Cuando se fue, al anochecer, lo hizo de la misma forma que siempre: sin urgencia, sin señales de alarma, como alguien que ha terminado lo que vino a hacer y tiene otros lugares donde estar.
—Volverá mañana —dijo Majull.
—Lo sé.
—¿Qué piensas de eso?
Sheijuu guardó las vendas que había estado recargando durante la tarde y miró el espacio entre los árboles donde la criatura había desaparecido.
—Que este planeta —dijo finalmente— merece más tiempo del que le voy a dar.
Majull no respondió a eso.
Algunas cosas no necesitaban respuesta.
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Fin del Capítulo 50.
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