Sheijuu. [Español]

Capitulo 51: Lo que todavía no era suyo.

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# Capítulo 51

## Lo que todavía no era suyo

La criatura de la mancha oscura no apareció esa mañana.

Sheijuu lo notó, y notó también que lo notaba, un pequeño detalle que unas semanas atrás no habría registrado como relevante y que ahora se sentía como una ausencia concreta en el ritmo del bosque. No dijo nada al respecto. Extendió las vendas sobre las rodillas, revisó los sellos con el Ojo del Vacío por costumbre, y esperó a que Majull empezara, porque Majull siempre empezaba antes de que él terminara de estar listo.

—Hoy no son técnicas —dijo la voz, sin preámbulo—. Hoy hablamos de runas.

Sheijuu levantó la vista, aunque no había nada que mirar salvo el bosque de siempre.

—Pensé que ya sabía lo que era una runa.

—Sabes la definición. No sabes lo que significa.

Majull esperó a que Sheijuu apartara las vendas y se quedara quieto. No lo hacía casi nunca, y por eso mismo Sheijuu supo que lo que venía no era una explicación más.

—Escucha esto entero, sin interrumpir. Es importante, y quiero decírtelo bien una sola vez.

Sheijuu asintió.

—Las runas no las inventó nadie. Existían antes de que hubiera civilizaciones que les pusieran nombre. Son reglas del universo, límites que la realidad suele mantener cerrados. La Escencia solo puede actuar dentro de esos límites, y una runa los mueve.

Majull dejó que aquello se asentara antes de seguir.

—No te hace más fuerte. No aumenta tu Escencia ni la hace durar más. Antes de cualquier runa solo existían tres operaciones sobre la materia: crear, destruir, modificar. Todo lo que has aprendido, cada técnica, cada combinación, es una variación de esas tres palabras. Una runa es un verbo nuevo. No te hace más fuerte, de la misma forma en que aprender una palabra no te hace más inteligente. Pero te permite decir cosas que antes eran imposibles de decir.

—Te dije una vez que el Vacío servía de poco en combate —añadió, tras una pausa—. Era verdad, pero solo mientras estaba sola. Una runa rara vez es espectacular por sí misma. Dos ya producen cosas interesantes. Cinco pueden cambiar un combate entero. Diez... —Se detuvo, y esa pausa pesó más que cualquier cifra—. Diez convierten la Escencia en otra cosa.

—Cada una deja una marca en la piel cuando despierta. Sola, sin que nadie la pida, y permanente. Algunas son líneas, otras ramas, otras espirales. Su tamaño no dice nada de su poder.

Sheijuu miró sus propios brazos, la piel sin marca alguna salvo la línea fina e irregular del antebrazo, la huella de la runa del Vacío, la misma que al activarla se abría también en sus ojos como una grieta que le cruzaba el iris.

—¿Esa es la del Vacío?

—Esa ya la tienes. Fue la primera que despertaste, sin saberlo, el día que abriste los ojos junto al lago y viste algo que no debería haber estado ahí. Y es la única.

—¿Cuántas hay?

—Diez. Las que yo tengo. O nueve, porque la del Vacío ya está en ti. Técnicamente.

—¿Técnicamente?

—Siguen siendo mías, aunque ya no pueda usarlas. Si alguna despierta en ti, será porque algo de lo que somos ahora la deja pasar. No sé si lo hará.

Sheijuu tardó en hablar.

—Las vi. Una vez. Recuerdo líneas de luz por todo el cuerpo, y poco más.

—Yo recuerdo más que tú, y tampoco lo entiendo. No sé por qué aparecieron ni por qué se apagaron. Es una de las cosas que no sé.

—Entonces empecemos —dijo Sheijuu, tras pensarlo un momento.

—No es así de simple.

—Nada lo es nunca contigo.

Majull no respondió a la broma, y esa ausencia de respuesta ya era, en sí misma, una advertencia sobre lo que vendría.

---

El primer intento fue con la Runa del Origen.

Majull explicó el concepto —el estado inicial de toda materia, la reconstrucción de lo desgastado hacia lo que había sido antes— y le pidió que tomara una piedra partida por la mitad e intentara devolverla a su forma original. No como quien pega dos pedazos. Como quien le pide a la propia piedra que recuerde lo que era antes de romperse.

Sheijuu lo intentó.

Nada ocurrió.

Lo intentó de nuevo, ajustando la intención, visualizando la piedra entera con la misma claridad con que visualizaba cualquier técnica antes de ejecutarla. La Escencia respondió como siempre respondía a una instrucción de Modificar: la superficie de la piedra se alisó ligeramente, nada más. Ningún concepto nuevo. Ninguna marca apareciendo en su piel, ninguna sensación de algo abriéndose dentro de él.

—Otra vez —dijo Majull.

Sheijuu lo intentó siete veces más esa mañana. Después con una rama seca, buscando el mismo efecto sobre algo vivo. Después con su propia piel, un corte superficial que se había hecho él mismo con el filo de la espada, buscando que la runa apareciera donde más sentido tendría que apareciera, en la propia carne dañada intentando volver a lo que había sido.

Nada.

—Prueba con Ceniza —dijo Majull, después de que el sol hubiera cruzado una parte del cielo sin ningún resultado—. El concepto opuesto. A veces el cuerpo responde mejor a uno que al otro.

El desgaste. El deterioro inevitable. Sheijuu tomó una hoja verde y buscó, con la misma intención con que antes había buscado la reconstrucción, el concepto de su propia muerte acelerada, la forma en que se secaría, se pondría quebradiza, terminaría convertida en polvo mucho antes de lo que el tiempo normal le habría permitido.

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La hoja se marchitó, un poco, de la forma en que cualquier hoja se marchita cuando se la aprieta demasiado fuerte entre los dedos.

Nada más.

---

Pasaron así el resto del día. Flujo, con una corriente de agua que ya sabía mover sin ayuda de ninguna runa, buscando el concepto puro detrás del movimiento y no solo su ejecución. Peso, con una piedra que se negó obstinadamente a sentirse más ligera o más pesada de lo que su masa real dictaba. Vínculo, intentando conectar dos ramas separadas de forma que lo que ocurriera en una afectara a la otra, sin resultado alguno más allá de dos ramas que seguían siendo, obcecadamente, dos ramas independientes.

Majull no se impacientó. Eso, en cierto modo, resultaba peor que si lo hubiera hecho.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó Sheijuu, en algún punto de la tarde, cuando el sudor ya le había empapado la ropa y la frustración empezaba a manifestarse como un peso concreto detrás de los ojos.

—Tiempo suficiente para saber que esa pregunta no tiene una respuesta que te sirva.

—¿Y eso qué significa?

—Que no importa cuánto tardé yo. Importa cuánto vas a tardar tú. Y eso no lo sé. Nadie lo sabe.

Sheijuu no preguntó más. La frustración seguía ahí, pero ahora tenía una forma distinta: la de algo que no se resuelve con una cifra.

Lo intentó con Eco. Con Horizonte. Con Eterno. Con el Pilar, aunque Majull le advirtió, antes de que empezara, que esa en particular probablemente no respondería a nada hasta que ya tuviera al menos otras dos o tres, porque su función entera dependía de tener algo que equilibrar.

Nada respondió. Ni una línea. Ni una sola marca nueva sobre la piel. Solo la misma marca fina de siempre, la del Vacío, mirándolo desde el antebrazo como el único territorio que realmente le pertenecía.

Más tarde, cuando ya llevaba horas de intentos fallidos y el cansancio empezaba a pesar más que la frustración, Sheijuu volvió sobre una pregunta que se le había quedado atascada.

—¿Cuánto tardaste en conseguir la segunda? —preguntó, casi sin pensarlo.

Una pausa.

—No las conseguí. Estaban ahí desde el principio. Las diez.

—¿Y cuánto tardaste en aprender a usarlas?

—No lo recuerdo con exactitud. Pero no fueron horas. Ni días.

Sheijuu no preguntó cuánto, exactamente, porque sospechaba que la respuesta no le iba a gustar y prefería seguir intentándolo sin ese número rondándole la cabeza.

Al caer la noche, Sheijuu se sentó contra la raíz de siempre, ligeramente tenso por el esfuerzo sostenido de horas de intentos fallidos, y por primera vez en semanas sintió algo que no había sentido desde los primeros días después de la fusión.

Impotencia.

—No está funcionando —dijo, sin necesidad de que fuera una pregunta.

—No.

—¿Por qué?

Majull tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz tenía una calidad distinta, más cuidadosa, del tipo que se usa cuando lo que viene a continuación es algo que preferiría no tener que decir en absoluto.

—Porque no dependen de ti.

—Explícate.

—Las runas que yo tengo no son técnicas que pueda enseñarte. La del Vacío pasó a ti, y no sé por qué pasó esa y no otra. Si las demás van a despertar, no será porque las hayas aprendido. Será porque algo de lo que somos ahora lo permita. Y no sé si lo permite.

Sheijuu se quedó en silencio, procesando aquello con la misma lentitud con que procesaba todo lo que dolía antes de terminar de entenderlo del todo.

—¿Y si lo permite? ¿Qué te pasa a ti?

La pregunta quedó suspendida en el aire nocturno del bosque, entre el sonido de las criaturas invisibles y el brillo intermitente de los hongos luminiscentes.

—Supongo que me disipo un poco más —dijo Majull, finalmente, sin ningún intento de suavizarlo—. Ya te lo dije aquella noche, junto al fuego: mi conciencia se irá. Lo que no te había explicado es lo que creo que puede ocurrir. Cada runa que pasara a ti sería una parte de mí que deja de necesitar existir por separado. No creo que duela. No creo que sea como morir. Es la gota de tinta de la que te hablé: sigue ahí, en cierto sentido, pero ya no como algo que se pueda señalar. Pero es una suposición. Nadie que yo haya conocido hizo esto antes.

—¿Qué queda de ti cuando haya pasado la última?

—La voz se irá. Eso lo sé. Lo que queda después... —Una pausa más larga—. No lo sé. Puede que nada. Puede que algo que ni yo sabría nombrar. Prefiero decírtelo así que inventarte una respuesta.

Sheijuu cerró los ojos.

—Entonces cada vez que despierte una, te pierdo un poco más.

—Eso supongo.

—¿Y no hay otra forma?

—No que yo conozca. Intentarlo y dejar que pase el tiempo.

—Al menos esto me lo dices cuando pregunto.

—Esto, sí.

No había reproche en la voz de Majull, ni tampoco resignación exactamente. Solo el mismo hecho, plano y sin adornos, con el que respondía cada vez que Sheijuu preguntaba de frente.

Sheijuu guardó silencio un buen rato. Cuando habló, lo hizo con la voz plana de un soldado que pide un parte de situación.

—Quiero un informe. Lo que sabes. Lo que supones. Y lo que no sabes.

—¿Ahora?

—Ahora. Y a partir de hoy, de vez en cuando.

Majull tardó. Cuando contestó, lo hizo despacio, ordenándolo.

—Sé que la del Vacío pasó a ti y que mi voz se irá. Supongo que las demás pueden despertar, que cada una me disipará un poco y que no dolerá. No sé por qué pasó la primera. No sé si pasarán las otras, ni en qué orden, ni cuándo, ni qué quedará de mí cuando terminen. Y no sé qué ocurrió aquella vez, cuando se encendieron todas y se apagaron.

—Bien. Cada vez que ocurra algo importante, algo que notes. Me lo dirás. Sin excepción.

—Lo intentaré. No puedo prometerte más que eso: a veces no sé qué es importante hasta que ya ha ocurrido.

—Eso ya lo noté.

Majull no contestó.

Sheijuu se quedó mirando el antebrazo con la única marca que tenía, la línea pálida del Vacío, preguntándose si aparecería alguna más antes de que la voz que lo había acompañado desde el primer día en aquel lago se convirtiera en silencio.

No consiguió nada más esa noche. Ni al día siguiente, ni al siguiente. Los intentos continuaron con la misma monotonía frustrante, sin ningún progreso que anotar, sin ninguna runa nueva, sin nada salvo el cansancio acumulándose.

---

Una de esas noches se quedó dormido antes de lo habitual, vencido más por el desgaste que por el cansancio del cuerpo.

Soñó.

Olía a sopa. Eso fue lo primero: el olor espeso de la sopa hirviendo a fuego lento, y debajo, el del barro del patio de Yenna, en la aldea de los Nahru, donde la tierra nunca terminaba de secar. Tenía un cuenco entre las manos. Estaba caliente, demasiado caliente, y aun así no lo soltaba.

Yenna estaba sentada a su lado. No lo miraba; nunca lo miraba cuando hablaba. Tenía los ojos fijos en el camino que bajaba al río, el que Shaara tomaba cada mañana.

—Shaara habla de ti mucho más de lo que cree que habla —dijo—. No dice tu nombre. Pero lo sé.

Quiso contestar y no encontró nada. Bajó la vista al cuenco, donde el caldo giraba despacio, y el silencio se alargó hasta volverse una forma de respuesta.

—Cuídala tú también, aunque sea un poco.

Lo dijo con la voz con que hablaba de la lluvia o de la cosecha, sin peso, como quien pide que alguien cierre una puerta.

Y Sheijuu asintió.

Fue un movimiento pequeño. Le costó, como si el cuello fuera de otra cosa. Pero lo hizo.

Ya no estaba en el patio. Estaba en la entrada de la casa que compartía con Kaider, con la mano en el marco de madera y las botas puestas, y la luz entraba de lado, dorada y espesa, de esas mañanas que ya no existían en ningún lugar. Iba tarde al entrenamiento.

—¿Ya te vas?

La voz llegó desde atrás, desde dentro de la casa. Conocía esa voz. Intentó girarse y el cuerpo se negó un segundo, dos, como se niega en los sueños.

Se giró.

Y despertó.

Abrió los ojos de golpe, con el corazón golpeándole las costillas, en la misma posición contra la raíz, con el bosque oscuro a su alrededor y los hongos parpadeando su luz fría de siempre.

No dijo nada. No lloró, no gritó. Se quedó quieto, dejando que el sueño se deshiciera.

Yenna nunca le había dicho esas palabras. Había dicho otras, más cuidadosas, y él las había dejado caer en el silencio sin contestar. Tampoco había asentido nunca. Eso era lo que el sueño le había dado: la respuesta que en la vida real no tuvo tiempo de dar.

Y la pregunta. Esa no la había oído jamás.

Cuando se puso de pie, su expresión era distinta. Más fría, más quieta. Una calma que ya no se parecía en nada a la paz, sino a una decisión tomada hace tiempo y confirmada de nuevo.

—¿Sheijuu? —preguntó Majull, notando el cambio antes de que dijera una palabra.

Sheijuu no respondió. Pensó, en cambio, algo que no tenía intención de decir en voz alta nunca, porque algunas promesas solo servían si uno se las hacía en silencio, sin testigos.

*Los mataré a todos. Hasta el último.*

Se ató las vendas con manos firmes, revisó los sellos una vez más, y se preparó para seguir intentando despertar una runa que todavía se negaba a existir.

---

*Fin del Capítulo 51.*

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