Sheijuu. [Español]
Capitulo 49: Lo que ya llevaba encima.
# Capítulo 49
## Lo que ya llevaba encima
La idea de las improntas no era nueva.
Sheijuu las había aprendido antes de la fusión, en los años del ejército, cuando un instructor de su unidad especializada le enseñó que las vendas no tenían por qué ser solo vendas, que una superficie tan cercana al cuerpo y tan constante en su posición podía convertirse en algo más si se sabía exactamente qué pedirle. La lógica era simple en principio: almacenar Escencia parcialmente instruida en los sellos de las vendas, lista para liberarse con el mínimo gasto adicional en el momento donde el tiempo entre intención y ejecución era lo único que determinaba si algo funcionaba o no.
Simple en principio. Considerablemente menos simple en práctica.
El problema que había tenido siempre era que las improntas requerían planificación anterior al combate. Requerían saber qué iba a necesitar antes de saber qué iba a encontrar. Y Sheijuu, formado en la lógica del soldado que responde a lo que tiene delante, las había tratado como un seguro de emergencia más que como una parte activa del sistema de combate. Contra Azharel ni siquiera había llegado a ese último recurso: las vendas habían ido cargadas durante toda la pelea y no se le habían cruzado por la cabeza ni una sola vez.
Majull lo había notado durante el combate. No había dicho nada entonces porque durante el combate decir algo no habría cambiado nada. Lo dijo ahora.
—Las improntas no son una reserva —comenzó, con el tono de las instrucciones—. Son un vocabulario.
Sheijuu estaba sentado sobre la raíz de siempre, con las vendas del brazo derecho parcialmente desenrolladas sobre las rodillas, examinando los sellos que había recargado durante los días anteriores. Eran más complejos que los originales, con la influencia del entrenamiento de Majull visible en la precisión de los trazos.
—¿Qué diferencia hay?
—Una reserva es algo que guardas para cuando lo necesitas. Un vocabulario es algo que usas para decir lo que quieres decir. En combate, la reserva te hace más lento, porque primero tienes que decidir usarla y después usarla. Un vocabulario ya se está usando antes de que decidas que lo necesitas.
Sheijuu sostuvo el antebrazo con los sellos visibles y los examinó con el Ojo del Vacío, viendo la Escencia almacenada en cada uno como concentraciones de luz en el tejido de las vendas. Había ocho sellos activos en ese brazo. Cuatro en el izquierdo. Contenidos diferentes, propósitos diferentes, cargados con la misma lógica con que había cargado las improntas desde que aprendió a hacerlo: variedad, cobertura de situaciones posibles, el equivalente logístico de llevar herramientas distintas para problemas distintos.
—Muéstrame lo que tienes.
Liberó el primer sello del brazo derecho. Una ráfaga de viento concentrado salió en la dirección que apuntaba, suficientemente rápida para desviar un proyectil o para crear distancia con un oponente demasiado cerca. Efectiva. Exactamente lo que había diseñado para hacer.
—¿Cuánto tardaste en liberarlo?
—Menos de un segundo.
—¿Y en decidir liberarlo?
Sheijuu lo pensó con honestidad.
—Dos o tres. Tuve que identificar el sello, confirmar que era el correcto y decidir el ángulo.
—Tres segundos de decisión más uno de ejecución. Cuatro en total. —Majull hizo una pausa—. Contra Azharel, ¿cuántas veces cambió de posición en cuatro segundos?
La respuesta era obvia y Sheijuu no la dijo en voz alta.
—El problema no es el tiempo de ejecución —continuó Majull—. Es el tiempo de decisión. Y existe porque las improntas no están integradas en el flujo del combate. Están al lado, esperando que alguien las consulte.
—¿Cómo se integran?
—Hay dos maneras de acercarse a eso. La primera te la voy a plantear, aunque no estoy seguro de que sea buena idea.
—Eso nunca es buen comienzo.
—Improntas anidadas. Una dentro de otra. En teoría, la misma superficie guardaría el doble de contenido, y con más contenido por brazo tendrías respuesta para casi cualquier situación sin ampliar el área marcada.
—¿En teoría?
—Lo he visto insinuarse en civilizaciones más avanzadas que la tuya. Nunca bien hecho. No sé si funciona, ni qué cuesta, ni cuánto se tarda en dominarlo. Si decides intentarlo, será desde cero, y sin que yo pueda decirte cómo.
Sheijuu no respondió enseguida.
Tampoco respondió después. Se levantó, volvió a envolverse el brazo y pasó el resto de la mañana practicando liberaciones sueltas: marcaba una impronta simple y la liberaba casi al mismo tiempo, una tras otra, con la idea de Majull pegada a él como una piedra en la bota. No era una mala idea. Eso era lo molesto. Más contenido por brazo, más cobertura, más respuestas a mano: sobre el papel, cada pieza encajaba.
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Majull no insistió. Cuando Sheijuu volvió a sentarse sobre la raíz, con la tarde ya inclinada entre los árboles y las criaturas del bosque cruzando el claro a lo lejos, tampoco preguntó.
—No —dijo Sheijuu al fin.
—¿Quieres decirme por qué?
—Contra Azharel no me faltó espacio. Tenía doce sellos y no usé ninguno. Si hubiera tenido veinticuatro, me habría olvidado de veinticuatro. —Se pasó la mano por la venda—. Más cosas dentro del mismo espacio son más cosas que recordar. Y lo que me falló no fue la capacidad. Fue la velocidad.
—Es una razón.
—Hay otra.
Dudó. Lo que iba a decir no lo había terminado de ordenar ni para sí mismo.
—Quiero un sistema que pueda abarcar entero con la cabeza. Si algo funciona dentro de mí y no soy capaz de explicar cómo, ya no es mío.
Esta vez Majull tardó un instante más de lo habitual en contestar.
—También es una razón.
—Si algún día el problema es el espacio y no el tiempo, volveré a esto.
—Lo recordaré.
El bosque seguía su rumor de siempre. Sheijuu se quedó un momento mirando la venda desenrollada sobre sus rodillas, con la sensación de haber cerrado una puerta sin echar el pestillo.
—¿Y la segunda manera? —preguntó.
—Es menos elegante. Es lo que ya haces, pero medido contra lo que enfrentas. Hasta ahora has cargado las vendas pensando en lo que tú necesitas. Nunca en lo que ellos hacen.
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Majull empezó por los números.
—Azharel te rodeó, te cambió el ángulo y te golpeó en menos tiempo del que tú necesitas para decidir qué sello usar. Esa es la velocidad a la que pelean los de su clase. A esa velocidad, cualquier decisión que tarde más de un segundo llega tarde, no importa lo bien que esté tomada. Una respuesta perfecta que llega medio segundo después de que el oponente se movió no es una respuesta perfecta. Es un gesto al vacío.
—Entonces tengo que decidir antes de que ocurra.
—No. Tienes que dejar de decidir.
Sheijuu levantó la vista.
—No literalmente —precisó Majull—. Tienes que reducir la decisión a algo tan pequeño que quepa en un reflejo. Hay tres pasos. El primero es el más incómodo. Nombra tus sellos.
—¿Qué?
—Los doce. En voz alta, sin mirarlos. Incluyendo el que ya liberaste por la mañana, el primero.
Sheijuu empezó con seguridad. Ráfaga de viento. Corte de aire corto. Corriente de desvío. La esfera. Otro corte, de mayor alcance. Una segunda ráfaga, con otro ángulo. Una corriente más ancha. Un corte ascendente. Un tercer corte, de ángulo bajo. Y ahí se quedó en blanco. Faltaban tres, y los tenía enterrados en las vendas desde hacía semanas.
—Nueve —dijo.
—Esos tres no existen en combate. Nunca existieron, y los demás tampoco te van a servir si no puedes nombrarlos. Doce sellos son doce decisiones. Reduce hasta que puedas recitarlos dormido.
—Mi instructor decía lo mismo. Que lo que no puedes recitar dormido no lo tienes.
—Era un hombre sensato.
Pasó el resto de la tarde descartando. No era fácil. Cada sello tenía una historia, una situación concreta para la que lo había diseñado, y renunciar a él era admitir que esa situación podía no llegar. Al caer el sol quedaban seis: tres en cada brazo. La ráfaga que creaba distancia. Un corte corto para desviar. Otro, de mayor alcance, para cuando el oponente se mantenía fuera de rango. Una corriente de desvío para proyectiles. Una segunda ráfaga, con ángulo distinto, y la esfera.
—La esfera ocupa más —observó Majull—. Irá cerca del codo, que es donde hay superficie de sobra. Ya veremos cómo sale de ahí.
—¿El segundo paso?
—El lugar.
Majull le hizo mover las vendas una y otra vez, cada sello en una zona distinta, hasta que encontraron la regla que Sheijuu llevaba toda la vida aplicando sin saberlo: la mano ya sabe dónde está lo que se le acerca. Lo que viene de frente, en la palma. Lo que busca desviar, en el borde exterior del antebrazo. Lo que crea distancia, en el dorso, donde el brazo cae de forma natural cuando uno se echa hacia atrás.
—Ya no decides qué sello —dijo Majull—. Decides qué brazo mueves. Y eso ya lo hace tu cuerpo.
—¿Y el tercero?
—Una regla. Tres opciones, no más. Plantéalo tú; mis ideas no te servirían.
Sheijuu tardó una hora. Quería meter más: un caso para cuando el oponente estuviera encima, otro para cuando se moviera en círculo, otro para cuando hubiera dos. La escribió con la punta de una rama sobre la tierra y la borró dos veces, recortando cada vez, hasta que entendió que cada línea que añadía era una decisión más. Cerca, corte. Medio, esfera. Si pierdes la posición, ráfaga. Nada más, y no hacía falta nada más.
—Es simple —dijo.
—Lo simple es lo único que sobrevive a una pelea.
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Majull generó los objetivos al amanecer del día siguiente.
No eran el cuerpo físico que había manifestado días atrás, sino formas de Escencia sin masa ni intención de dañar, pero con una rapidez calibrada sobre lo que Sheijuu recordaba de Azharel: cambios de posición bruscos, ángulos imposibles, ataques que llegaban antes de que el aire alcanzara a avisar.
El primer intento fue cuatro segundos. Sheijuu se quedó mirando las manos como si hubieran hecho algo ajeno, y la forma se le adelantó dos veces antes de que consiguiera liberar nada.
—Cuatro —dijo Majull—. Otra vez.
El segundo fue de tres. En el tercero se olvidó de una de las seis y la tuvo que buscar con la mirada, y ese instante de duda bastó para que la forma le atravesara la guardia. No tenía masa, pero el latigazo frío que le dejó en las costillas fue tan real como cualquier golpe, y le recordó con precisión desagradable lo ocurrido contra Azharel, cuando las vendas habían estado ahí todo el tiempo y él no había mirado.
—Otra vez.
Recargarlas era, con diferencia, lo más tedioso. Cada vez que una impronta salía, el sello quedaba vacío y había que volver a llenarlo: reunir la Escencia, darle sus instrucciones, asentarla en la venda y comprobar que no se derramara. Las primeras veces le llevó minutos, con la atención entera puesta en cada trazo. Pero eran seis sellos, y los seis eran simples: una ráfaga, un corte, una corriente. A media mañana las manos ya conocían el camino sin consultarlo, y recargaba entre un intento y otro casi sin darse cuenta, con la cabeza en otra parte. Y a veces, precisamente por eso, se equivocaba. Le salía la misma impronta dos veces, un sello cargado por duplicado y otro olvidado en blanco, y no lo descubría hasta que, en pleno intento, extendía el brazo y no salía el que pensaba.
Pasaron la mañana así. Sheijuu fue acortando el tiempo a golpe de repetición, sin entender del todo por qué, hasta que a media tarde descubrió que había dejado de pensar en las vendas. La forma se le acercaba por la izquierda y su brazo ya estaba allí, sin consulta. Se acercaba de frente y la palma ya respondía. No era elegante. Era rápido.
—Dos segundos —dijo Majull.
—Todavía llega.
—Todavía llega. Tienes que llegar a uno. Después a menos.
—¿Cuánto?
—Semanas por lo que puedo ver.
Para cuando el sol empezó a bajar de nuevo, el tiempo promedio rondaba un segundo y medio. No era suficiente contra algo que se movía como Azharel, y los dos lo sabían. Pero cabía en la ventana. Y cabía sin que Sheijuu tuviera que recordar nada, porque no había nada que recordar: había un brazo, una distancia y una regla de tres líneas escrita sobre la tierra.
Se quedó un rato mirando esa regla, mientras la luz moría entre las copas. Seis sellos. Y una decisión que ya no era una decisión.
---
*Fin del Capítulo 49.*
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