Sheijuu. [Español]

Capitulo 37: Una firma diferente.

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# Capítulo 37

## Una firma diferente

Pasó tres días más entre las ruinas. No buscando nada en particular. Solo caminando. Dejando que el silencio del planeta hablara sin interrumpirlo. El polvo se levantaba con cada paso, asentándose lentamente sobre sus hombros y su capa, y el viento frío que atravesaba las calles vacías tenía un sonido distinto aquí, más agudo, como si las propias ruinas estuvieran exhalando un suspiro que llevaba siglos acumulándose.

Recorrió calles que ya había recorrido antes, sin ningún propósito claro más allá de estar allí, de dejar que sus pasos trazaran y retrazaran los mismos caminos que alguna vez, siglos atrás, habían recorrido otros pies con destinos concretos: al mercado, al trabajo, a casa. Se detuvo frente a lo que parecía haber sido una escuela, reconocible por las hileras de pequeños asientos de piedra tallada, dispuestos frente a una plataforma elevada donde probablemente se había parado algún maestro, generación tras generación, enseñando a niños cuyos nombres nadie recordaría jamás. Se sentó un momento en uno de esos asientos diminutos, sintiéndose absurdamente grande para el espacio, y trató de imaginar las voces que habrían llenado aquel lugar, las risas, las quejas, el aburrimiento común a cualquier aula en cualquier mundo.

Había algo en aquel lugar que no encontró en los anteriores. No era la devastación. Había visto devastación antes, en el planeta que los Primordiales habían dejado completamente vacío, en las aldeas que el árbol había drenado hasta convertirlas en cáscaras. Esto era otra cosa. Era la escala humana de la destrucción. Los Primordiales destruían mundos enteros con una indiferencia que resultaba casi abstracta, demasiado grande para comprenderla del todo. Pero esto era diferente. Esto lo habían hecho seres como los que vivían en Sadoku. Como los Nahru. Como Kaider. Como Shaara. Seres que construían casas, trazaban calles, pintaban murales en paredes circulares para que alguien, algún día, entendiera lo que habían perdido. Y aun así habían encontrado la forma de destruirse completamente. Sin ayuda de nadie.

Sheijuu se detuvo en una de las calles principales, observando el esqueleto de lo que había sido una fuente. Similar en estructura a la de días atrás. El agua ya no corría, pero el cuenco de piedra seguía en su lugar, desgastado por el tiempo y el viento. En el fondo, una capa de tierra seca se había acumulado, y en ella crecía una pequeña planta de hojas grises, tan pálida que casi se confundía con el entorno. Se agachó junto a ella, sorprendido de que algo hubiera logrado echar raíces en un lugar tan hostil, alimentándose de quién sabe qué escasos nutrientes atrapados entre las grietas de la piedra. Pensó que aquella planta diminuta, insignificante para cualquiera que no se hubiera detenido a mirarla, era quizás el monumento más honesto de todo el planeta: no había sido construida para recordar nada, y sin embargo seguía ahí, terca, indiferente a la historia que la rodeaba.

En el borde de la fuente, medio enterrada bajo capas de polvo compactado, encontró una moneda. O algo parecido a una moneda: un disco pequeño de metal oscurecido, con un grabado en el centro que el desgaste había vuelto casi ilegible, apenas la sugerencia de una forma que podría haber sido un animal, o un símbolo, o ambas cosas a la vez. La sostuvo entre los dedos, sintiendo su peso insignificante, y se preguntó cuántas manos la habrían tocado antes que la suya, cuántas transacciones diminutas y cotidianas habría mediado antes de terminar enterrada bajo el polvo de un mundo que ya no tenía a nadie para gastarla. La guardó, sin saber muy bien por qué, en uno de los pliegues internos de su ropa.

—¿Crees que todas las civilizaciones terminan así? —preguntó una tarde, sentado sobre los restos de lo que había sido un muro exterior. La piedra estaba fría y áspera bajo sus manos, y el viento movía el polvo en pequeñas nubes que se elevaban y se disipaban.

—No todas —dijo—. Pero más de las que quisiera contar. He visto suficientes ruinas en mi vida como para saber que el patrón se repite con más frecuencia de lo que la mayoría de la gente cree. La diferencia está en cómo terminan. Algunas desaparecen lentamente, como esta. Otras son borradas de un solo golpe. Pero el resultado, al final, suele ser el mismo.

—¿Y las que no?

—Las que no, normalmente encuentran otra cosa que las destruye antes de que puedan hacerlo ellas solas. El universo no tiene ningún interés en proteger a las civilizaciones que no se protegen a sí mismas.

—¿Y Sadoku? ¿En cuál de las dos categorías crees que habría terminado?

La pregunta salió antes de que Sheijuu pudiera considerar si realmente quería la respuesta. Majull guardó silencio un momento más largo de lo habitual.

—No lo sé. Y no creo que sea útil especular sobre eso ahora. Sadoku no terminó de ninguna de esas dos formas. Terminó de la tercera, la que no habíamos mencionado: alguien externo llegó primero, antes de que pudiera decidir su propio destino de cualquiera de las otras dos maneras.

—Eso no es un consuelo.

—No pretendía serlo.

Sheijuu notó cómo el suelo empezó a temblar de repente, y a los pocos segundos vio cómo se acercaba, a una velocidad considerable, una ola de viento y polvo. Le dio de lleno, simplemente porque no hizo nada para evitarlo, más que poner una mano frente a sus ojos. El viento sacudió con fuerza su cuerpo, y su capa restalló violentamente, con un chasquido seco en el extremo suelto de la tela. Cuando terminó la ráfaga, Sheijuu había quedado teñido de gris de pies a cabeza.

—¿De dónde... —tosió— demonios salió eso?

—Pues no lo sé. Mira a ver qué encuentras.

Se sacudió el polvo del pelo y el cuello, y viendo que este se le quedaba pegado en su mayor parte, decidió emprender el vuelo bruscamente con el objetivo de desprenderse de él, alejándose de la fuente para que no se viera involucrada.

Flexionó las rodillas y saltó con fuerza hacia arriba, creando una pequeña onda de choque a su alrededor y una hilera fina de polvo que intentó seguirlo pero no lo alcanzó, y en efecto se liberó de casi todo el polvo.

A unos trescientos metros de altura aproximadamente, Sheijuu se detuvo, observando de dónde pudo haber venido esa ráfaga de viento. Y no vio nada más de lo que ya había visto.

—Pues no veo nada, Majull.

—Tal vez sea algo natural por aquí, aunque fue muy errático y apareció sin previo aviso.

—¿Entonces estoy, tal vez, ante el primer fenómeno del que no tienes explicación? —Sheijuu tenía una sonrisa completa esta vez.

—Oye, yo no lo sé todo. De hecho, mi conocimiento es muy limitado, teniendo en cuenta la cantidad de mundos que hay en el universo.

—Pero hasta ahora me has parecido una enciclopedia absoluta del mundo. De los mundos. No había nada de lo que no conocieras la respuesta.

—Te estás divirtiendo, por lo que veo.

—Un poco.

—¿Sabes que eso fue solo un viento más fuerte que los demás, no? —dijo Majull con un tono burlón.

—Ni hoy ni desde que llegué ha habido...

Sheijuu se vio interrumpido. Una explosión, extrañamente silenciosa, se produjo entre los escombros de uno de los edificios, varias cuadras más allá de donde él estaba. El resultado fue un montón de polvo arrastrado por varias cuadras e impulsado por el viento. La «ola» —que era, a fin de cuentas, a lo que más se parecía vista desde la distancia— se dividía a medida que se topaba con las esquinas de las cuadras, perdiendo fuerza con cada bifurcación hasta volverse una simple brisa.

Sheijuu extendió su percepción sobre ese punto en concreto. Y aunque no sabía qué era lo que estaba viendo, pudo identificar dos cosas bajo el terreno adyacente.

—¿Qué es eso? —preguntó, moviéndose lentamente desde las alturas.

—Eso son formas de vida animales. Tienen Escencia. Acércate para descubrir más.

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—Voy.

Sheijuu voló hasta posicionarse justo encima de donde venían esas firmas. Desde la superficie no se veía nada. Estaban bajo tierra. Por la silueta que se podía percibir gracias a la Escencia que se encontraba dentro de sus cuerpos, se veían bastante grandes, tal vez de tres metros de largo y dos de ancho.

Sheijuu quería bajar a ver más de cerca, pero Majull le advirtió.

—No te acerques todavía, te van a llenar de polvo.

Frenó en seco, en el aire.

—Por el tono de tu voz creo que ya sabes de qué se trata... —dijo Sheijuu con un suspiro.

—Ya me voy haciendo una idea —dijo Majull, sin poder disimular la diversión en su voz.

A los pocos minutos, pasó de nuevo. Una explosión y una ola de polvo que se expandió en todas direcciones.

—Ya lo tengo —dijo Majull.

—¿Qué son, topos?

—Pues sí, aunque con una tonelada más de peso que los de Sadoku. Y con control de Escencia, además.

—¿Con control de Escencia?

—Sí, algunos animales saben usarla. Estos la están usando para cavar túneles. Aunque no están siendo muy eficientes, construyendo justo debajo de toda esta cantidad de escombros.

—Sugieres que los ayude —dijo Sheijuu, esta vez descendiendo hasta el nivel del suelo.

—Sí. Solamente despeja esta parte. Ten cuidado de no usar mucha fuerza.

—Está bien. ¿Con viento servirá?

—No, gastarás más Escencia. Usa tierra: levanta columnas pequeñas pero amplias y muévelas, recoge los escombros como si se tratase de un barrido gigante.

Sheijuu puso ambas palmas en el suelo, visualizando dónde sería el mejor lugar para crear el primer barrido.

—¿Seguro? Nunca he sido bueno con el control de la tierra.

—Ahora, gracias a la fusión, debes tener más control, aunque serás menos eficiente en el gasto de Escencia.

Sheijuu encontró un hueco y creó la columna, baja pero amplia, con una facilidad que le sorprendió.

—Vaya, sí que es fácil.

—Te lo dije —dijo Majull entre risas.

Y comenzó el barrido. Movió de forma lenta pero constante grandes cantidades de concreto calcinado y hierro oxidado. Montones que pesaban varias toneladas. Algo que en Sadoku habría requerido al menos una decena de personas para mover esa cantidad de escombros.

Incluso mientras lo hacía, Sheijuu podía darse el gusto de hablar.

—En Sadoku había personas que se dedicaban a la construcción con Escencia. No sé si fuera del ejército, pero dentro se les contrataba para crear fuertes y búnkeres de manera rápida. Eran más caros que los que no usaban Escencia, pero mucho más rápidos.

—Si en Sadoku hubieran dominado más la Escencia, esos fuertes que dices los podría construir una sola persona. Eso y mucho más. Pero en su lugar se fueron por otro camino, y se olvidaron.

—¿Se olvidaron? —preguntó Sheijuu, ladeando la cabeza hacia un lado.

—Sí. Se olvidaron de lo que les enseñaron.

—¿Quién les...

Sheijuu se vio interrumpido. El topo gigante salió desde el suelo, de forma brusca, justo en la parte que ya estaba despejada. Sheijuu se detuvo, observando bien al animal que tenía a unos diez metros.

Era enorme, más de lo que su silueta bajo tierra había sugerido: un cuerpo alargado cubierto de un pelaje áspero, gris ceniciento donde la tierra seca se le había pegado a la piel, y marrón oscuro, casi húmedo, en los pliegues más profundos donde el polvo no llegaba a asentarse. Sus garras delanteras eran descomunales, casi tan largas como el antebrazo de Sheijuu, curvadas hacia adentro, diseñadas evidentemente para cavar más que para atacar. Tenía los ojos cubiertos por una membrana gruesa y retráctil, que se replegó lentamente en cuanto emergió a la superficie, parpadeando varias veces como si necesitara reajustarse a la luz gris del cielo. En la base de cada una de sus "manos", justo donde se unían con las muñecas, se abrían un par de pequeños orificios, de donde Sheijuu supuso que expulsaba las ráfagas de viento que usaba para abrirse paso bajo tierra.

El topo gigante lucía desconcertado. Daba vueltas sobre sí mismo, observando rápidamente a su alrededor, mientras raspaba el suelo con sus garras, como si algo en el terreno ya no coincidiera con lo que recordaba.

—Creo que nos equivocamos —dijo Majull.

—¿Qué quieres decir?

—Estamos a punto de averiguarlo.

El topo se acercó a los escombros que Sheijuu antes había removido. Los examinó un poco y los olfateó. Luego intentó empujarlos hacia donde antes estaban, pero el muro pequeño que Sheijuu había construido se lo impedía. Lucía cada vez más desesperado. El otro topo también emergió entonces, y en pocos segundos adoptó la misma intranquilidad que su compañero.

—Me parece que esos escombros cumplían una función. No estaban ahí de adorno —dijo Majull, con una ligera vergüenza en la voz.

—¿Tú crees? Esto no tiene ninguna forma.

—¿Y entonces por qué crees que se comportan así?

—Bueno, en ese caso puedo poner todos esos escombros donde estaban.

Uno de los topos gigantes empezó a mover con más fuerza una de las rocas que sobresalían del muro, llevándola hasta donde habían estado las otras antes de que Sheijuu las moviera. Las arrastraba con sus patas delanteras, y en ocasiones con la cabeza, empujando con una determinación casi obstinada.

Cuando Sheijuu volvió a usar Escencia, esta vez para destruir el muro y devolver las rocas a su lugar, ambos topos se giraron hacia él, emitiendo chillidos estruendosos. Aunque fueran seres de otro planeta, en sus tonos se podía sentir el miedo combinado con la intención clara de amenazar.

—Mmm, parece que no les agrada que los ayudes —Sheijuu se detuvo, levantando ambas manos en señal de rendición, mientras retrocedía un par de pasos—Deben de creer que vas a volver a hacerles lo mismo. Te sugiero que emprendas el vuelo ya.

—¿Por qué?

No hubo tiempo de que Majull contestara. El que estaba más cerca de Sheijuu emitió un chillido todavía más agresivo, antes de arremeter corriendo en su dirección. Sheijuu saltó hacia arriba, esquivando ampliamente el zarpazo de las garras.

El segundo topo no se quedó atrás. Cargó desde un ángulo distinto, más rápido de lo que su tamaño sugería, obligando a Sheijuu a girar en el aire para evitar que ambos lo atraparan entre los dos a la vez. Aterrizó sobre uno de los montículos de escombros que él mismo había apilado momentos antes, y desde ahí observó cómo los dos animales se detenían, resoplando, sin atreverse a subir tras él.

—No quiero hacerles daño —dijo, más para Majull que para los topos, que de cualquier forma no podían entenderlo.

—Entonces no los ataques. Solo mantente fuera de su alcance hasta que se calmen.

Uno de los topos volvió a cargar, y Sheijuu saltó de montículo en montículo, dejando que el peso del animal se hundiera inútilmente en la tierra suelta cada vez que intentaba seguirlo. El otro, más cauteloso, se quedó girando en círculos, chillando en su dirección sin llegar a acercarse. Después de varios intentos fallidos, el primer topo pareció rendirse, deteniéndose con los costados agitándose por el esfuerzo, el aliento saliendo en resoplidos cortos por los orificios de su hocico.

Sheijuu aprovechó la pausa para retroceder en el aire, ganando distancia sin darles la espalda, hasta que ambos animales quedaron reducidos a dos siluetas inmóviles entre los escombros, todavía alerta, pero ya sin intención de perseguirlo. Poco a poco, uno de ellos empezó a empujar de nuevo las rocas hacia su lugar original, ignorándolo por completo, como si su presencia hubiera dejado de importar en cuanto quedó claro que no iba a intervenir de nuevo.

—Creo que ya entendieron el mensaje —dijo Sheijuu, todavía suspendido en las alturas.

—O simplemente se cansaron de perseguirte. Pero lo harán de nuevo si te acercas.

—Vaya forma de terminar de conocer un planeta. Casi me destripa un topo gigante.

—Considéralo una lección de humildad. No todo lo que se cruza en tu camino necesita tu ayuda.

—Tu me sugeriste que los "ayudara" —dijo Sheijuu con sarcasmo en la voz.

—No le des importancia a esos detalles... —respondio Majull, con tono burlón.

Sheijuu observó a los dos animales un rato más, ahora completamente ajenos a su presencia, reconstruyendo con paciencia terca lo que él, con la mejor de las intenciones, había desbaratado en cuestión de segundos. Sintió algo parecido a la vergüenza, mezclado con una especie de respeto silencioso por aquella insistencia.

—Vamos a dejarlos —dijo finalmente, ganando altura.

Después de unas horas, el cielo se empezaba a tornar oscuro. Sheijuu había estado volando por sobre lo que antes eran ciudades. Llenando de aire sus pulmones con respiraciones profundas, aire con el olor a ozono de una pequeña tormenta que se estaba formando. Pensando en quedarse con ese olor antes de partir de este planeta.

Llegó a la "ciudad" donde encontró el edificio circular con el muro adentro. Sheijuu se detuvo en una pequeña colina que tenía dos árboles secos entrelazados entre sí. Rodeada de ruinas, escombros y nada más. Se sentó un rato al pie de los árboles.

—Oye. Ese mural, el que pintaron al final. El horizonte vacío. ¿Crees que quien lo pintó pensaba que alguien lo vería algún día?

Majull tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía una calidad diferente, más suave.

—No lo sé. Quizás sí. Quizás simplemente necesitaba pintarlo para sí mismo. Para decir: esto ocurrió. Estuvimos aquí. Y esto fue lo que hicimos con lo que tuvimos. Aunque nadie lo vea, el acto en sí mismo tiene valor.

—Es la forma más triste de dejar constancia de algo.

—Sí. Pero también es una forma. Y a veces una forma es todo lo que queda. No hay nada más triste que desaparecer sin dejar rastro, sin que nadie sepa que exististe.

El viento cruzó las ruinas con un sonido bajo, casi musical, pasando entre los huecos de las estructuras derrumbadas como si el planeta entero estuviera respirando despacio. Sheijuu se puso de pie y caminó hasta el edificio circular una última vez. Entró y permaneció frente al mural durante varios minutos en silencio, mirando el horizonte vacío pintado al final de todo. No dijo nada. No había nada que decir que el silencio no dijera mejor.

Cuando salió, el cielo gris del planeta ya estaba oscuro, tiñendo de un tono más sombrío el lugar, haciendo que las ruinas parecieran todavía más antiguas, todavía más permanentes, como si hubieran estado allí desde antes de que existiera cualquier cosa capaz de nombrarlas. Las sombras se alargaban entre los esqueletos de piedra, y el viento, ahora más frío y lejos de las alturas, traía consigo el olor a polvo y a algo más, algo que Sheijuu no podía nombrar.

—¿Listo? —preguntó Majull.

Sheijuu miró el planeta una última vez. Las ruinas. Los animales. Las plantas bajas que seguían creciendo en la hondonada.

—Casi.

Extendió el Ojo del Vacío sobre el planeta, un último barrido, por costumbre nueva más que por necesidad, el mismo gesto con el que comprobaba el perímetro de un campamento antes de abandonarlo.

El barrido se extendió más allá de lo que esperaba, alcanzando los bordes del sistema, y aunque aún no sabía bien cómo funcionaba del todo la percepción del Ojo del Vacío, tampoco hacía falta ser un experto para notar algo tan diferente de las firmas cálidas y armoniosas que había sentido hasta entonces en los planetas con vida que había visitado.

Tampoco fue como sentir el pilar en Sadoku, aquel latido orgánico y regular que se transmitía a través de la tierra. No fue como sentir la Escencia tenue de los insectos volcánicos, ni el calor residual de los ríos de fuego, ni siquiera como la presencia fría e indiferente del Primordial que había matado meses atrás. Era algo más quieto que todo eso. Más limpio. Como una nota única sostenida en medio de un silencio total, sin vibrato, sin variación, sin ninguna de las imperfecciones diminutas que definían todo lo demás que había sentido hasta entonces. Sheijuu notó que se le erizaba la piel de los brazos, un frío que no tenía nada que ver con el viento del planeta.

—Majull.

—Lo sé.

Su voz sonó distinta. Más tensa de lo que la había escuchado en semanas, incluso comparada con el planeta volcánico. Sheijuu se elevó en el aire despacio, sin apartar su percepción de aquel punto lejano, sintiendo cómo el resto del mundo —las ruinas, los Skud, el viento cargado de polvo— se volvía momentáneamente irrelevante frente a la claridad absoluta de aquella firma.

—¿Cuánto tiempo llevan ahí?

—No lo sé. Puede que hayan llegado hace poco. Puede que siempre hayan estado en esta región del espacio y simplemente no los habíamos detectado desde los otros planetas. Pero ahora que lo hemos sentido, no podemos ignorarlo.

—¿Cuántos?

Una pausa. Sheijuu sintió que Majull extendía su percepción más allá de lo que él podía alcanzar, buscando la firma de aquella presencia fría.

—Uno. Al menos de momento. No hay señales de que haya más cerca.

Sheijuu permaneció inmóvil, con el Ojo del Vacío extendido, sintiendo aquella presencia fría moverse con una lentitud calculada entre las estrellas distantes. No parecía saber que estaba siendo observada. O si lo sabía, no le importaba. Ambas posibilidades eran igualmente inquietantes. Una indicaba que era descuidado. La otra indicaba que era lo suficientemente poderoso como para no preocuparse por quien lo observara.

—¿Sabes adónde va?

—Todavía no. Pero su dirección general...

Majull no terminó la frase. No hizo falta. Sheijuu ya había calculado la trayectoria aproximada. Hacia un sistema con Escencia. Hacia algo vivo.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Semanas. Quizás más. El espacio entre estrellas es grande. Incluso para ellos.

Sheijuu bajó el Ojo del Vacío. Miró sus manos, y su katana. Y entonces dijo, con una voz que no tenía dudas:

—Bien.

Solo eso. La Escencia se concentró a su alrededor. El espacio comenzó a doblarse. Esta vez, su atención estaba totalmente dirigida hacia aquella firma. No había tiempo de dedicarle una última mirada a este planeta sin nombre. Sheijuu ya estaba en la oscuridad del vacío del espacio.

Y en algún lugar a lo lejos, la presencia fría continuó su camino. Sin pausa. Sin duda. Sin saber que algo la seguía ya.

Fin del Capítulo 37

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