Sheijuu. [Español]
Capitulo 36: Huecos antinaturales.
# Capítulo 36
## Huecos antinaturales
Al segundo día de exploración encontró el primero de los cráteres. No era pequeño. Tenía al menos doscientos metros de diámetro, con los bordes irregulares de algo que no fue formado por ningún proceso geológico natural. La roca en sus márgenes estaba fundida, vitrificada, del mismo modo que Sheijuu había visto en el planeta volcánico, pero con una diferencia fundamental: aquí la fusión era puntual, localizada, resultado de una explosión concentrada, no de calor ambiental. El borde del cráter estaba cubierto de una capa de vidrio oscuro que brillaba débilmente bajo la luz gris del cielo, y pequeños fragmentos de roca fundida salpicaban el terreno circundante, como si alguien hubiera lanzado una piedra en un lago de fuego.
—Eso no fue ningún volcán —dijo.
—No —confirmó Majull—. Eso fue deliberado. Y no fue una explosión accidental. Esta roca fue fundida por una técnica de Escencia de alto nivel.
—Pensé que aquí no había habido violencia. Que esto simplemente se había apagado solo.
—Yo también lo pensé. Me equivoqué. O quizás ambas cosas son ciertas, y la violencia vino después de que ya se hubiera apagado algo más importante.
Sheijuu descendió hasta el fondo del cráter, sintiendo cómo sus botas se hundían ligeramente en una capa de ceniza compactada que cubría el vidrio subyacente. En el centro exacto, donde la explosión original debió haber sido más intensa, encontró una superficie perfectamente lisa, casi pulida, como si el impacto hubiera fundido la roca hasta dejarla tan uniforme como el cristal de una ventana. Pasó la mano sobre ella, sintiendo el frío residual de algo que llevaba siglos sin recibir calor nuevo, y trató de imaginar el instante exacto de la explosión: la luz, el sonido, las personas que quizás habían estado allí de pie, sin ninguna advertencia, un segundo antes de que todo cambiara para siempre.
Encontró más cráteres durante los días siguientes, docenas de ellos, distribuidos sin ningún patrón aparente a lo largo del territorio que había sido la ciudad principal de aquella civilización. Algunos eran pequeños, apenas diez metros de diámetro, como si alguien hubiera perforado el suelo con un dedo gigante de fuego. Otros, enormes, habían borrado por completo bloques enteros de lo que, por el patrón de las calles circundantes, debieron haber sido barrios densamente habitados. Cada cráter contaba una versión ligeramente distinta de la misma historia: algunos tenían los bordes más limpios, sugiriendo un impacto único y masivo; otros mostraban capas superpuestas de fusión, como si el mismo punto hubiera sido golpeado varias veces a lo largo de los años, quizás por bandos distintos disputándose el mismo terreno una y otra vez sin que ninguno lograra conservarlo.
Las estructuras que sobrevivían entre los cráteres contaban el resto de la historia sin necesidad de palabras. Muros reforzados, gruesos el doble de lo que cualquier construcción residencial necesitaría. Aberturas estrechas en las paredes superiores, orientadas hacia el exterior, del tipo que en Sadoku se llamaban troneras, diseñadas para atacar desde adentro sin quedar expuesto al exterior. Pasadizos subterráneos que conectaban edificios entre sí, muchos de ellos derrumbados ahora, pero cuyos perfiles en el suelo todavía eran legibles para quien supiera buscarlos. Sheijuu se arrastró por uno de esos pasadizos parcialmente colapsados, sintiendo el peso de la piedra sobre su cabeza, y encontró, al final de un tramo especialmente estrecho, los restos oxidados de lo que debió haber sido algún tipo de arma, tan corroída que resultaba imposible determinar su forma original con exactitud, salvo por el filo todavía reconocible en uno de sus extremos.
—Llevaban mucho tiempo en guerra antes del final —murmuró Sheijuu, observando una de las troneras desde el exterior, calculando el ángulo de tiro que habría ofrecido al defensor interior. Era una geometría fría y precisa, diseñada para matar sin ser visto.
—Sí. Esto no fue una guerra rápida. Esto fue una guerra que duró generaciones. Y cuando finalmente terminó, no hubo ganadores, solo supervivientes. O eso parece.
—¿Entre ellos mismos? ¿O contra algún enemigo exterior?
—Contra ellos mismos, según lo que percibo. El daño es omnidireccional. No hay un frente claro, no hay una dirección dominante de ataque. Los cráteres están en todas partes, los muros reforzados miran hacia todos los lados. No había un "ellos" contra "nosotros". Había "nosotros" contra "nosotros", divididos en fragmentos que se odiaban más de lo que se amaban a sí mismos.
Aquello era, quizás, lo más inquietante de todo. No un enemigo externo que los hubiera destruido. Solo ellos mismos, en algún punto de su historia, decidiendo que la única respuesta al conflicto era escalar hasta que ya no quedara nada que destruir. Sheijuu pensó en las seis naciones de Sadoku, en la guerra que había durado años, en los zepelines que caían del cielo. Podría haber sido eso. Podría haber sido lo que quedaba de su mundo, si algo no hubiera cambiado.
El mural lo encontró casi por accidente, al cuarto día. Buscando refugio de un viento frío que había comenzado a barrer la llanura al atardecer, aunque le molestaba más el polvo que la brisa a casi cero grados, se adentró en una de las pocas estructuras que conservaba un techo relativamente intacto: un edificio de piedra maciza, circular, sin las troneras defensivas de los demás, que sugería un propósito distinto. Las paredes exteriores eran lisas, sin las marcas de combate que cubrían las otras construcciones, y la entrada estaba orientada hacia el este, hacia el sol naciente.
This tale has been unlawfully lifted from NovelPhoenix. If you spot it on Amazon, please report it.
Dentro, la oscuridad era casi total hasta que el Ojo del Vacío ajustó su percepción, y entonces lo vio. Las paredes interiores estaban cubiertas de piso a techo por un fresco continuo, pintado con pigmentos que el tiempo había desgastado pero no borrado completamente. Figuras estilizadas, de proporciones alargadas, que contaban una historia en secuencias de izquierda a derecha, como las páginas de un libro que alguien hubiera desplegado alrededor del perímetro entero del edificio. Los colores, aunque apagados, seguían siendo visibles: ocres, rojos, un azul pálido que debió haber sido más brillante en su momento.
Sheijuu caminó lentamente a lo largo del mural, siguiendo la secuencia con los ojos, leyendo con la imagen lo que no podía leer con la escritura. La historia comenzaba con algo que reconoció de inmediato: prosperidad. Figuras pequeñas trabajando campos fértiles, construyendo estructuras, reuniéndose alrededor de fuegos. Árboles densos en el horizonte. Ríos representados con líneas onduladas de un azul que el tiempo había aclarado hasta casi desaparecer. Las figuras eran numerosas, y las escenas mostraban una vida comunitaria rica y variada: mercados, ceremonias, familias.
Después, el conflicto. Dos grupos de figuras enfrentadas, separadas por lo que el artista había representado como una línea que dividía el mundo en dos mitades. La línea era roja. No estaba clara la razón del conflicto, pero las figuras empezaban a portar armas, y los campos fértiles se volvían menos frecuentes.
Después, los cráteres. Representados en el mural exactamente como los había encontrado en la realidad: círculos perfectos que borraban todo lo que había a su alrededor, sin distinción entre el lado propio y el ajeno. Figuras caídas, figuras que huían, figuras que ya no estaban.
Y al final del mural, en el último tramo de pared antes de que la secuencia cerrara el círculo completo y regresara a su punto de inicio, algo que Sheijuu tardó varios segundos en identificar. Un horizonte sin figuras. Sin árboles. Sin ríos. Solo tierra. Y sobre la tierra, un cielo representado con el mismo gris pálido que el mundo real tenía ahora.
—Lo ves —dijo Majull, sin necesidad de preguntar—. Alguien pintó el final de su propia civilización antes de que ocurriera, o justo mientras ocurría. Y tuvo el tiempo suficiente, y la determinación suficiente, para terminarlo.
—¿Qué dice la parte escrita? ¿La que hay entre los paneles del mural?
Majull extendió su percepción durante un tiempo más largo que de costumbre, procesando los símbolos geométricos que aparecían entre cada sección del fresco. Sheijuu esperó, sintiendo el polvo en el aire, el silencio del edificio vacío.
—No puedo traducirlo con exactitud. Pero hay una frase, o algo parecido a una frase, que se repite varias veces. En diferentes puntos del mural. —Hizo una pausa—. La sensación que transmite es algo parecido a... "ya no había suficiente para todos".
Sheijuu observó el mural en silencio durante un rato largo, sintiendo el peso de aquellas palabras. No había suficiente para todos. Y en lugar de buscar otra forma, habían decidido destruirse mutuamente hasta que ya no hubiera nadie a quien destruir.
—¿Todo esto por eso?
—Casi siempre es por eso. De una forma u otra. Los recursos, el espacio, el poder... siempre hay algo que no alcanza para todos, y siempre hay alguien que decide que esa falta justifica la guerra.
Salió del edificio circular cuando el viento había amainado, y se encontró con algo que no esperaba después de días de ruinas y tierra agrietada. Vida. No mucha. Pero real. Un grupo de animales pequeños, parecidos vagamente a los conejos de Sadoku pero con orejas más cortas y pelaje de un gris casi blanco que los hacía casi indistinguibles de la tierra seca que habitaban, se había reunido cerca de la entrada del edificio, probablemente atraídos por el calor residual de la piedra. Lo observaron sin moverse, sin huir, con la curiosidad tranquila de animales que nunca habían aprendido a temer a nada con forma humana, porque hacía generaciones que nada con forma humana existía en aquel mundo para enseñárselo.
—Sobrevivieron —dijo Sheijuu, observando a los animales pequeños que seguían mirándolo con aquella curiosidad tranquila.
—La vida tiene esa costumbre.
—¿Incluso después de todo esto?
—Especialmente después de todo esto —Majull hizo una pausa breve—. Los que lo causaron desaparecieron. Los que simplemente vivían aquí, sin decidir nada, continuaron. La guerra no los eligió. Y ellos, a su manera, la ignoraron.
Sheijuu se sentó despacio sobre uno de los bloques de piedra caídos, con cuidado de no asustarlos, y observó cómo uno de los animales, más curioso que los demás, se acercaba dando pequeños saltos irregulares hasta quedar a apenas un par de pasos de distancia. Tenía los ojos oscuros y grandes, desproporcionados para el tamaño de su cabeza, y las orejas cortas se movían constantemente, captando cada sonido del entorno con una atención que contrastaba con la calma del resto de su cuerpo. No mostraba miedo. Tampoco confianza, exactamente. Solo esa indiferencia curiosa de quien nunca ha tenido motivos para temer a algo con la forma de Sheijuu.
—¿Cómo crees que se llamaban? —preguntó, sin esperar realmente una respuesta útil.
—No tengo forma de saberlo. No queda nadie a quien preguntarle, y ellos mismos no tienen forma de decírtelo.
—Entonces les voy a poner nombre yo.
—¿Para qué?
Sheijuu observó al animal que tenía más cerca, su pelaje gris casi indistinguible del polvo que cubría todo el planeta, sus bigotes temblando ligeramente con cada respiración.
—Porque alguien debería. Porque llevan generaciones aquí sin que nadie les diera importancia, y me parece que se la merecen, aunque sea pequeña.
Majull no respondió de inmediato, y cuando lo hizo, su tono tenía algo parecido a la ternura, algo que Sheijuu no le había escuchado antes con tanta claridad.
—Entonces ponles el nombre que quieras. Nadie va a discutírtelo.
—Skud —dijo Sheijuu, casi sin pensarlo, observando cómo el pequeño animal finalmente se decidía a olfatear la punta de su bota antes de alejarse dando saltos hacia el resto del grupo—. Significa polvo en el idioma de los Nahru. Y por el color les pega el nombre. Y también, suena mejor que "los que sobrevivieron a todo esto".
—Es un buen nombre.
El sol, pálido detrás de la capa de polvo atmosférico, comenzaba a descender hacia el horizonte, tiñendo las ruinas de un tono anaranjado apagado que por un momento le devolvió algo de color a aquel mundo gris. Los Skuds, como si respondieran a alguna señal que Sheijuu no podía percibir, empezaron a dispersarse hacia lo que probablemente eran sus madrigueras, desapareciendo entre las grietas de los edificios caídos con la misma naturalidad silenciosa con la que habían aparecido.
Fin del Capítulo 36
If you find any errors (non-standard content, ads redirect, broken links, etc..), Please let us know so we can fix it as soon as possible.
ReportUse arrow keys (or A / D) to PREV/NEXT chapter
Loading comments…