Sheijuu. [Español]

Extra Alas Múltiples: #1

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Sheijuu tenía diecisiete años cuando aprendió que la palabra "misión" casi nunca significaba lo que un recluta imaginaba en el cuartel. En los entrenamientos, misión era sinónimo de objetivo, de mapa, de plan con inicio y final claros. En el campo era otra cosa: era improvisar sobre lo que quedaba de un plan que ya se había roto antes de empezar.

El escuadrón que había logrado rescatar al prisionero venía de una operación que se torció desde la primera hora. Bajas, heridos que no podían caminar por su cuenta, y un objetivo demasiado valioso como para arriesgarlo en una extracción directa con la mitad de la escolta que debía tener. El mando decidió lo obvio: si no podían proteger al prisionero real, crearían uno falso. Un señuelo que atrajera toda la atención posible mientras el verdadero permanecía en retaguardia, por su propio camino, más lento pero más discreto, al ritmo que el resto del escuadrón herido podía permitirse.

A Sheijuu y a Kaider les tocó el señuelo.

Pertenecían a Alas Múltiples, la división del ejército de Valthar pensada para no encajar en ninguna casilla fija: hoy escolta, mañana reconocimiento, pasado mañana lo que hiciera falta. Sheijuu y Kaider compartían la mayoría de las misiones, aunque no todas —sus especificaciones no siempre coincidían—, pero esta vez el mando los quiso juntos. Nadie preguntó por qué. Nadie preguntaba nunca por qué.

En Sadoku, dominar la Escencia rara vez marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. La mayoría de quienes la usaban apenas conseguían sostener dos o tres técnicas sencillas antes de agotarse, y nadie en el ejército —ni en ningún otro sitio— destacaba lo bastante como para que un solo usuario decidiera una batalla por sí mismo. Aunque el uso de las improntas —una forma premeditada de almacenar una técnica con calma— sí podía cederle la victoria al usuario de esta si sabía cuándo usarla. Precisamente porque era una técnica almacenada con calma y lejos de la batalla, el creador de la impronta podía usar toda su Escencia en ella, lo que resultaba en una técnica probablemente letal, y aunque quedara agotado después del implante, podía recuperarse tranquilamente descansando. Lo que sí distinguía a un soldado de otro era el arma que portaba, y esa distinción no tenía nada que ver con el rango ni con la nación a la que servía, sino con el talento. El ejército de Valthar formaba fusileros por miles, porque un fusil no exigía nada más que disciplina y práctica. Formar a alguien capaz de sostener una katana con una impronta activa, en cambio, costaba años, y solo merecía la pena si esa persona tenía ya, de partida, el talento necesario para que la inversión valiera algo. A los altos mandos no les importaba de qué forma luchara o de qué forma moría un soldado, siempre que fuera útil. Katana o fusil no era una cuestión de honor ni de mérito. Era una cuestión de utilidad, medida con la misma frialdad con la que se medía todo lo demás.

Sheijuu y Kaider sabían usar la katana desde mucho antes de alistarse, algo que ninguno de los dos había aprendido en ningún cuartel. Se habían presentado al ejército de Valthar, como casi todos los que terminaban en Alas Múltiples, porque necesitaban comer y necesitaban un techo, dos cosas que durante años no habían tenido garantizadas ni un solo día seguido. Para ellos, el ejército no era una vocación ni una obligación patriótica. Era, simplemente, la primera cosa en mucho tiempo que les resolvía un problema real. Que a los mandos no les importara lo que fuera de ellos más allá de su utilidad no era algo que les quitara el sueño. Mientras se tuvieran el uno al otro, lo demás se podía sobrellevar.

Kaider llevaba una impronta en cada antebrazo, preparadas de antemano con intención defensiva, grabadas por otro soldado especializado en ese trabajo, no por él mismo. Kaider no sabía usar la Escencia para nada que no fuera lo más básico. Con la impronta, en cambio, podía hacer bastante más que eso.

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El vehículo era un camión blindado, de los que empezaban a reemplazar a los carromatos tirados por bestias en las rutas menos accidentadas de Sadoku. En la parte trasera, en un compartimiento reforzado, iba Gerlgar: un soldado recién graduado, de complexión parecida a la del prisionero real, vestido con las mismas ropas rotas y sucias que alguien le había preparado para parecer un hombre que llevaba semanas cautivo. Gerlgar no tenía ni idea de cómo era una misión de verdad. Se notaba en la forma en que se sujetaba al asiento, en la forma en que miraba a los demás buscando una señal de que todo iba a salir bien.

Custodiándolo iban cuatro: Sheijuu, Kaider, Stodt y Elehx. Al volante, Marix.

Sheijuu y Kaider se conocían de toda la vida, puesto que eran hermanos. Stodt y Elehx también habían compartido cuartel al principio, entrenamiento, las mismas literas, pero cuando los ascendieron a soldados de pleno derecho los habían separado, y ahora se trataban con la cortesía distante de dos personas que alguna vez fueron algo más cercano y ya no tenían tiempo de recuperarlo. Marix era la única que no venía del mismo origen que los demás. Con solo veinticinco años ya llevaba encima más misiones de las que la mayoría de soldados veteranos podían presumir, y desde hacía un año su especialidad —Mecánica de Vapor— se había vuelto una de las más solicitadas del ejército. Conocía por dentro y por fuera cada máquina que Valthar ponía en el frente, desde los zepelines de reconocimiento hasta los camiones blindados que apenas empezaban a rodar por los caminos de Sadoku. No era casualidad que la hubieran puesto al volante de este en concreto.

El silencio dentro del compartimento duró poco. Elehx llevaba un rato mirando a Sheijuu de reojo antes de decidirse a hablar.

—¿Cómo puedes ver algo con todo ese pelo en la cara? —preguntó, sin ningún tacto particular.

Sheijuu no contestó. Ni siquiera lo miró.

—No sería raro que te mataran por eso —insistió Elehx— Con esa cantidad de pelo, debes estar viendo de frente lo mismo que ves desde la nuca: nada. ¿Por qué no te lo recoges, o te lo cortas de una vez?

—Se nos perdieron las tijeras —dijo Kaider, sin apartar la vista de la rendija por la que se veía el camino—. ¿Sabrás tú dónde venden unas por aquí?

Stodt soltó una risa corta, sin humor detrás.

—Él no lo dice de mala forma —le dijo a Sheijuu, aunque este seguía sin mirarlo—. Solo está señalando algo obvio. A mí tampoco me gustaría que mi compañero, ese con el que tengo que confiar mi vida, muriera por una tontería así y me dejara en inferioridad numérica.

Sheijuu siguió sin responder. Ni una pizca de atención de su parte, como si la conversación estuviera ocurriendo en otro vehículo.

—Pues si eso es lo único que les preocupa —dijo Kaider, encogiéndose de hombros—, entonces no tienen de qué preocuparse.

—¿Eso qué se supone que significa? —preguntó Elehx.

—Que ya lo he visto pelear con los ojos cerrados. El pelo es lo de menos.

Elehx no pareció muy convencido, pero dejó el tema ahí. Gerlgar, sentado al fondo del compartimento, los miraba a todos sin decir nada, como memorizando cada palabra por si algún día la necesitaba.

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El camino llevaba tres horas de curvas cerradas entre colinas de roca gris cuando, poco después de las tres de la tarde, algo se movió en la distancia.

No eran árboles. Eran columnas de piedra del tamaño de una persona, alzándose de golpe entre la maleza como si la tierra las hubiera escupido, cerrando el paso justo donde el camino se estrechaba entre dos taludes.

—Tenemos compañía —gritó Marix, ya frenando.

Todos dentro del camión se pusieron en pie de golpe, todos menos Gerlgar, que se quedó paralizado en su asiento mirando a Sheijuu como si esperara que él le explicara qué hacer. Nadie salió todavía. Esperaban la señal.

Marix presionó un botón junto al volante y la compuerta trasera se abrió con un chasquido metálico, liberando una vaharada de vapor por los tubos de la parte baja del chasis, sacudiendo brevemente toda la estructura. Kaider fue el primero en saltar afuera, clavando en el suelo la hoja de su katana —más ancha y más gruesa que las que solía llevar la infantería regular— y liberando de un tirón la impronta de su brazo derecho. Con la palma de la mano derecha en el suelo y un gesto rápido de la izquierda, una columna de roca compacta brotó del terreno, apenas un metro de alto, lo bastante ancha como para cubrirlo a él y las ruedas traseras del camión.

Llegó justo a tiempo. No eran solo dos soldados con control de Escencia de tierra, como pareció al principio, sino al menos seis, distribuidos con una disciplina que no dejaba lugar a dudas: dos atrás, escondidos entre la maleza a ambos lados del camino, y otros cuatro más adelante, flanqueando desde una posición elevada entre las rocas, con un silbido corto marcando el inicio de la ráfaga coordinada. Aquello no era una emboscada improvisada. Alguien la había planeado con tiempo, y alguien seguía dando las órdenes desde algún punto que nadie del escuadrón podía ver todavía.

Las armas que usaban eran semiautomáticas, de las nuevas que estaba produciendo la nación de Korran, donde la mayoría de la tropa no tenía ninguna habilidad especial que justificara nada más sofisticado. Las balas se estrellaron contra el muro improvisado de Kaider, abriendo hendiduras poco profundas en la roca sin llegar a atravesarla.

Dentro del camión, Sheijuu y los demás esperaban, contando los segundos entre ráfaga y ráfaga.

—Stodt, Sheijuu, de frente, acaben con ellos —ordenó Marix, con la voz cortada por el ruido del motor—. Kaider, Elehx, cubran el flanco. Hay más detrás de las rocas altas.

—Entendido —respondieron al unísono.

En cuanto hubo dos segundos limpios de disparos, Sheijuu y Stodt saltaron por la puerta trasera y se colocaron detrás de la cobertura de Kaider. Desde ahí, Kaider señaló sin apartar la vista del frente.

—Hay dos, a ambos lados del camino. Uno detrás de esa piedra. El otro más adelante, junto al talud.

Sheijuu asintió, sacó una bomba de humo con la mano izquierda y la lanzó a sus propios pies. El camión arrancó de nuevo, avanzando despacio tras el muro. Kaider le dio una palmada en la espalda a Sheijuu; Sheijuu se la pasó a Stodt. Salieron corriendo en direcciones opuestas —Sheijuu a la derecha, Stodt a la izquierda—, mientras Kaider y Elehx se quedaban cubriendo el costado del camión, atentos a la posición elevada de donde venían los otros cuatro.

Los disparos volvieron, una sola vez, pero para entonces Sheijuu y Stodt ya estaban demasiado cerca como para que sirvieran de algo. El soldado que le tocaba a Sheijuu estaba agazapado tras un pedrusco cubierto de musgo. Disparó una vez, el único tiro que le dio tiempo a hacer, y Sheijuu lo esquivó con un simple paso lateral.

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Desenfundó la katana y cerró la distancia. El soldado, con el pánico ya dibujado en la cara, levantó el fusil como si fuera un bate y lanzó un golpe desesperado hacia el rostro de Sheijuu. Sheijuu se deslizó por el suelo, bajo el arco del golpe, y cortó hacia arriba, directo a la axila derecha del hombre. El corte fue profundo —más de lo que Sheijuu había calculado, pero la torpeza desesperada del soldado había hecho el resto—, y el fusil cayó al suelo junto con un quejido corto, casi sorprendido, como si el dolor tardara un segundo en llegarle al cerebro.

El soldado se llevó la mano izquierda a la herida, empapándose los dedos de sangre, y giró para encarar de nuevo a Sheijuu justo cuando este ya se incorporaba para el segundo golpe. Pálido, tambaleándose hacia atrás, el soldado tropezó con sus propios pies —y ese tropiezo, sin que él lo buscara, hizo que el ataque que Sheijuu había dirigido a su cuello acabara cortándole en cambio parte de la nariz y un ojo.

El hombre quedó indefenso. No gritaba. Parecía buscar aire pero no lo encontraba. Se arrastraba boca arriba, alejándose despacio de Sheijuu, con un brazo inútil y un ojo perdido, respirando con un silbido húmedo.

Sheijuu se quedó mirándolo un momento. No sentía nada en particular —no era la primera vez que veía algo así, y sabía que tampoco sería la última—, pero aun así se detuvo. Fue un segundo, quizás dos. Pensó, sin querer, en lo poco que se parecía aquel hombre arrastrándose por el suelo a los soldados que dibujaban en los carteles de reclutamiento del cuartel. Pensó que en algún sitio, quizás no muy lejos de ahí, alguien esperaba que ese hombre volviera. Y pensó, también, que ese pensamiento no iba a cambiar nada de lo que tenía que pasar a continuación.

Stodt llegó desde el otro lado del camino, limpiándose un cuchillo en el pantalón. Su objetivo estaba tendido boca arriba entre las ramas del árbol donde se había escondido, con el arma todavía en las manos y una herida limpia en la sien.

—¿A qué esperas? —le dijo a Sheijuu—. Elimínalo.

Sheijuu miró a Stodt un segundo. Luego caminó hacia el soldado enemigo. El hombre, al verlo acercarse, alzó el único brazo que aún podía mover —el izquierdo— en un gesto que quería ser de rendición.

Sheijuu no se detuvo. Clavó la katana con fuerza justo donde debía estar el corazón.

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Mientras tanto, en la posición elevada, Kaider y Elehx tenían las manos ocupadas con algo más que columnas de piedra.

Los cuatro soldados restantes habían dejado de disparar en cuanto vieron caer a sus compañeros del frente, y en su lugar habían empezado a bajar entre las rocas, dos por cada flanco, decididos a cerrar la distancia antes de que el camión terminara de pasar. Kaider liberó una segunda impronta —esta grabada más cerca de la muñeca— y un filo de aire comprimido, apenas visible salvo por la distorsión del aire a su alrededor, cortó el paso al primero de ellos a la altura del pecho antes de que el hombre llegara a completar la bajada.

—Dos más a tu derecha —avisó Elehx, ya moviéndose para interceptarlos.

Elehx no tenía el talento de Kaider con la katana, pero sí una habilidad que en Alas Múltiples valoraban tanto como cualquier otra: podía leer el terreno mejor que nadie del escuadrón, anticipar dónde iba a ceder una pared de roca o dónde el suelo aguantaría el peso de un hombre en plena carrera. Usó esa lectura para guiar a los dos soldados que se le venían encima hacia una franja de tierra suelta que él ya sabía que cedería bajo su peso, y cuando el primero perdió el equilibrio, Elehx no le dio tiempo a recuperarlo: un golpe seco con la culata de su propio fusil, y después la hoja corta que llevaba al cinto, terminaron el trabajo. El segundo, más cauto, se detuvo a tiempo, pero eso solo le dio a Kaider el margen exacto que necesitaba para llegar hasta él por el costado.

—Detrás de ti —avisó de pronto Elehx, todavía de rodillas junto al soldado caído.

Kaider giró justo a tiempo. El cuarto y último enemigo, que debía haberse quedado atrás cubriendo la retirada de los otros, salió de entre las rocas con la bayoneta calada, más desesperado que decidido. Kaider desvió el primer golpe con el plano de la katana, y en el mismo movimiento devolvió un corte horizontal que el soldado no llegó a bloquear del todo: le abrió el antebrazo hasta el hueso. El fusil cayó, el hombre retrocedió gritando, y Kaider no le dio tiempo a nada más. Un segundo golpe, más limpio que el primero, terminó el encuentro, partiéndole el cráneo en dos.

—Eso es todo —dijo Kaider, sacudiendo la sangre de la hoja con un movimiento seco, mirando a Elehx, que ya se ponía de pie junto a los dos cuerpos a sus pies—. ¿Estás bien?

—Nada que no se cure solo.

—Marix, cuando quieras —gritó Kaider hacia el camión.

El camión avanzó los últimos metros entre los restos de piedra desmenuzada. Sheijuu y Stodt subieron de nuevo por la puerta trasera, y para cuando el sol empezó a bajar detrás de las colinas, ya llevaban dos horas más de camino sin ningún otro incidente.

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Tres días después, el convoy del señuelo se encontró con lo que quedaba del escuadrón original en un puesto de mando improvisado, levantado sobre la bifurcación de una carretera nueva que ni siquiera aparecía todavía en los mapas oficiales. El prisionero de verdad seguía allí, todavía recuperándose de las heridas sufridas durante la operación original, sin condiciones para moverse con la rapidez que la situación habría exigido. Gerlgar, en cambio, ya no tenía sentido que mantuviera la farsa, pero nadie había tenido tiempo de organizar su traslado, así que se quedó, ayudando con lo que podía y aprendiendo, a marchas forzadas, lo que significaba de verdad una misión.

Los dos grupos compartieron el puesto de mando durante esa noche y la siguiente, descansando por turnos, alternando guardias sin demasiada tensión, como quien sabe que lo peor ya ha pasado. Sheijuu durmió mejor de lo que esperaba. Kaider, como siempre, durmió mejor todavía.

No duró.

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El zepelín apareció sin que nadie lo viera venir, oculto tras las nubes bajas que llevaban toda la tarde cubriendo las montañas. Cuando por fin se distinguió su silueta, ya era tarde: las primeras siluetas con paracaídas empezaban a caer directamente sobre el puesto de mando y los terrenos cercanos.

La alarma sonó al mismo tiempo que las primeras explosiones —pequeñas, de mano, lanzadas desde el aire antes incluso de que los paracaidistas tocaran el suelo. Sheijuu se despertó con el corazón ya acelerado, con Kaider gritándole que se moviera antes de que él mismo terminara de procesar lo que estaba pasando.

El puesto de mando tenía trincheras preparadas para exactamente este tipo de situación, y en cuestión de segundos ya estaban ocupadas por soldados medio dormidos, algunos todavía abrochándose el cinturón, otros ya disparando hacia las sombras que descendían del cielo.

Sheijuu se dejó caer en la trinchera más cercana a Kaider, justo cuando el primer paracaidista enemigo tocaba tierra a menos de diez metros. El hombre ni siquiera terminó de soltarse el arnés antes de que Kaider saltara fuera de la trinchera y lo alcanzara con un tajo que le cruzó el pecho de lado a lado.

A partir de ahí, todo se volvió una sucesión de golpes que no dejaban tiempo para pensar.

Un segundo enemigo cayó casi encima de Sheijuu, y antes de que pudiera reaccionar con la katana, liberó la impronta que llevaba escondida bajo la manga, la misma que se había implantado él mismo unas semanas atrás, con la ayuda de Kaider, que había insistido en supervisar el grabado para asegurarse de que no se le fuera la mano con la profundidad de los trazos. Un filo de presión concentrada brotó de su palma abierta y golpeó al enemigo en pleno pecho, lanzándolo contra la pared de tierra de la trinchera con un crujido húmedo que no dejaba dudas sobre lo que acababa de pasar.

Kaider lo miró de reojo, sin sorpresa, y volvió a concentrarse en su propio lado de la trinchera. No había tiempo para preguntas que ya tenían respuesta.

El tercer enemigo llegó por la izquierda, muerto por un tajo que le abrió el cuello casi por completo, y luego un cuarto casi encima del anterior, muerto por dos cortes en sucesión rápida, uno en el estómago que dejó salir los intestinos hacia afuera y luego otro en el cuello que por unos segundos expulsó sangre con la fuerza suficiente como para alcanzar tres metros de distancia, casi con el mismo resultado que el anterior, y para cuando Sheijuu quiso ordenar sus propios pensamientos ya había perdido la cuenta de a cuántos había enfrentado en ese solo tramo de trinchera. El combate se extendió por toda la línea, cuadra a cuadra de tierra removida, sin ningún patrón que permitiera anticipar de dónde vendría el siguiente. No era limpio, ni ordenado. Un soldado de Valthar caía atravesado por una bayoneta al mismo tiempo que otro, dos trincheras más allá, le rompía la garganta a un paracaidista con las manos desnudas porque había perdido el arma en el forcejeo. Un tercero disparaba a ciegas por encima del borde de tierra sin llegar a asomar la cabeza, gastando munición contra sombras que quizás ya ni siquiera estaban allí. Gerlgar, que apenas unos días antes no sabía nada de misiones de verdad, mataba a su primer hombre con un disparo a quemarropa que le temblaba tanto en las manos que el segundo tiro, el de gracia, salió más por suerte que por puntería.

Sheijuu perdió la cuenta de cuántos cayeron por su mano esa noche. Cada uno era distinto —uno moría de un solo tajo limpio, otro se desangraba despacio suplicando en un idioma que Sheijuu no reconocía, otro seguía moviéndose varios segundos después de que su cuerpo ya no debería poder hacerlo—, y ninguno se parecía al soldado del camino, tres días atrás, al que había dejado arrastrarse un segundo de más antes de terminarlo. Aquí no había segundos de más para nadie. La trinchera no dejaba espacio para pensar en lo que significaba cada muerte, solo para asegurarse de que la siguiente no fuera la propia.

El combate se prolongó durante horas. Dos, quizás más —nadie llevaba la cuenta del tiempo cuando cada minuto se medía en enemigos vivos o muertos. Cuando por fin empezaron a llegar refuerzos aliados, en un segundo zepelín que cruzó el cielo nocturno con las luces de posición encendidas, algo parecido a la esperanza recorrió la línea de trincheras.

Duró poco.

A lo lejos, sobre las colinas, apareció un brillo rojo repentino —tan breve que Sheijuu apenas tuvo tiempo de fijarse en él antes de que desapareciera— y un segundo después el zepelín de refuerzo estalló en una nube de fuego que salió directamente del vientre de la nave, como si algo lo hubiera atravesado de parte a parte antes de detonar.

Nadie gritó. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

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Después de eso, cada cierto tiempo, las montañas alrededor del puesto de mando empezaban a brillar con pequeños puntos rojos que aparecían y desaparecían con una coordinación que no dejaba lugar a dudas: alguien los estaba guiando desde algún punto que nadie podía ver. A los pocos segundos de cada aparición llegaba un silbido hueco, y luego los proyectiles, cayendo siempre sobre el terreno adyacente al puesto de mando —nunca directamente sobre él, porque hacerlo habría significado atacar también a sus propios soldados—, pero sí sobre la ruta de retirada de los hombres de Valthar y sobre los refuerzos que intentaban llegar por tierra.

El mensaje no podía ser más claro: nadie iba a escapar de ahí sin pagar un precio.

El conflicto terminó ganándolo Korran. La orden de retirada llegó cuando ya era evidente que sostener el puesto de mando por más tiempo solo iba a costar más vidas sin cambiar el resultado. En el caos de esa retirada, el prisionero real, todavía demasiado débil para moverse a la velocidad que la situación exigía, quedó rezagado junto con el pequeño grupo que intentaba trasladarlo en camilla. Nadie lo supo con certeza en el momento, algunos lo creían debido a que el ataque se detuvo parcialmente de un momento a otro, pero días después llegaría la confirmación: Korran lo había recapturado. Gerlgar, en cambio, logró salir con el resto del grupo, ya sin ninguna farsa que sostener, simplemente como un soldado más que había sobrevivido a su primera noche de guerra real.

Sheijuu, Kaider, Stodt y un puñado más de soldados lograron salir en dirección a las colinas del norte, perseguidos por lo que quedó de la noche. Marix, que había pasado los últimos minutos intentando poner en marcha uno de los vehículos dañados para que sirviera de cobertura a la retirada de los heridos, no llegó a subirse a él. Un proyectil de la artillería coordinada cayó a pocos metros del vehículo justo cuando ella terminaba de reparar el motor, y la onda expansiva la lanzó contra el chasis de metal. Sheijuu, que corría hacia el punto de reunión con Kaider a su lado, alcanzó a verla caer. No hubo tiempo de volver. No hubo tiempo de nada.

Elehx no llegó al punto de reunión. Nadie lo vio caer, pero nadie volvió a verlo tampoco, y con el paso de las horas esa ausencia empezó a pesar tanto como cualquier cuerpo que hubieran visto en el suelo.

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Sobrevivieron el resto de la noche y el día siguiente a la intemperie, escondidos entre las rocas de una zona que ninguno de ellos conocía, racionando el agua que les quedaba y turnándose para vigilar mientras los demás dormían a ratos, heridos, sin apenas hablar.

Fue Stodt quien, ya de noche otra vez, consiguió hacer funcionar la radio de emergencia el tiempo suficiente para contactar con otro puesto de mando, mucho más al norte de donde habían planeado terminar la misión. Media hora después, cuando empezaron a escuchar el motor lejano de los vehículos que venían a buscarlos, Sheijuu lanzó las bengalas que llevaba en el cinturón, una detrás de otra, marcando su posición contra el cielo oscuro.

Kaider se sentó a su lado mientras esperaban, con la espalda apoyada en la misma roca, la katana todavía manchada de sangre seca cruzada sobre las rodillas.

—La misión era hacer de señuelo hasta que el objetivo fuera capturado, ¿verdad? —dijo Sheijuu, sin apartar la vista de las bengalas.

—Sí.

—Entonces los que murieron, murieron sin sentido.

—Sí.

—¿Y eso no te...?

Kaider no lo dejó terminar la pregunta.

—Mientras sigamos juntos —dijo, sin apartar la vista de las luces que se acercaban—, esto va a estar bien. No todo. Pero lo suficiente.

Sheijuu no respondió. Se quedó mirando las bengalas apagándose una a una en el cielo, y por primera vez en tres días, permitió que el cansancio le ganara la partida.

**Fin del Extra: Alas Múltiples**

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