Sheijuu. [Español]

Capitulo 31: El planeta que respiraba fuego.

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# Capítulo 31

## El planeta que respira fuego

Este planeta no tenía azul en ninguna parte. Sheijuu lo notó bastante antes de aterrizar, observándolo desde la distancia donde el espacio aún conservaba su negrura absoluta: una esfera roja oscura, surcada por vetas anaranjadas que pulsaban débilmente, como si el propio planeta tuviera un pulso demasiado lento para ser sano. La luz de la estrella cercana se reflejaba en las capas de nubes de ceniza que cubrían la mayor parte de la superficie, tiñéndolas de un color gris sucio que se oscurecía hacia los polos.

—Esto no se parece a nada que hayamos visto.

—No —confirmó Majull—. Este tipo de mundos son raros. La mayoría no sobrevive lo suficiente para desarrollar vida propia. La actividad tectónica suele ser demasiado intensa, o la atmósfera se vuelve irrespirable antes de que cualquier organismo pueda adaptarse.

—¿Y este sí lo hizo?

—Eso vamos a averiguarlo.

El descenso fue distinto a todos los anteriores. El aire, incluso a varios kilómetros de altura, ya vibraba con un calor que Sheijuu sintió contra la piel antes de tocar siquiera la superficie, un calor seco, agresivo, que parecía querer arrancarle la humedad del cuerpo con cada segundo de exposición. El olor a azufre y a minerales quemados se hacía más intenso a medida que descendía, mezclado con algo metálico que le recordaba a las herrerías de las ciudades de Valthar, pero multiplicado por mil y extendido por todo el horizonte.

Aterrizó sobre una planicie de roca volcánica negra, agrietada en patrones irregulares, de la cual escapaban hilos delgados de vapor caliente por cada fisura. La roca era áspera y caliente bajo sus botas, y el calor se filtraba a través de la suela en pocos segundos, obligándolo a moverse para no quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar. A lo lejos, varias columnas de humo se elevaban hacia un cielo cubierto de nubes bajas, anaranjadas, iluminadas desde abajo por algo que solo podía ser lava activa. El sonido era constante: un crujido profundo que venía de debajo de la superficie, como si el planeta entero estuviera respirando con dificultad.

—Hermoso, en cierto modo —comentó Sheijuu.

—Hostil, en todos los demás.

Caminó con cuidado, probando cada paso antes de confiar su peso completo a la roca, que en algunos tramos cedía con un crujido seco, revelando bolsas de gas caliente que se le escapaban entre los pies con un siseo prolongado.

El paisaje cambiaba constantemente. Llanuras de roca negra se interrumpían sin aviso por ríos de lava lenta, anaranjados y espesos, que avanzaban con la pereza pesada de algo que sabía, con total certeza, que nada podría detenerlo. Montañas truncadas, sin picos definidos, exhalaban columnas de ceniza gris que el viento dispersaba en patrones caóticos sobre el horizonte entero. Sheijuu se detuvo a observar uno de esos ríos de lava, sintiendo el calor intenso en su rostro, y notó cómo pequeñas partículas de roca fundida salpicaban desde la superficie como si el propio fuego estuviera vivo. Se movían con lentitud, arrastrando consigo todo lo que tocaban.

Durante los primeros días no encontró ni rastro de vida. Ni plantas. Ni animales. Solo roca, fuego, y un silencio interrumpido únicamente por el rugido distante de alguna erupción menor, o el crujido constante de la corteza del planeta enfriándose y resquebrajándose en ciclos eternos. Caminaba durante horas sin ver nada que rompiera la monotonía del paisaje: más roca negra, más grietas humeantes, más ríos de lava avanzando con su lentitud indiferente. El calor no daba tregua ni siquiera de noche, cuando la temperatura bajaba lo suficiente para que el sudor dejara de evaporarse de inmediato, pero nunca lo suficiente para sentirse a salvo de él.

Empezó a hablar solo, o más bien a hablar con Majull en voz alta, simplemente porque el silencio absoluto del planeta, sin viento entre hojas, sin agua corriendo, sin el zumbido de ningún insecto, resultaba más pesado de lo que había esperado. Cada mundo que visitaba tenía su propio tipo de vacío, y este en particular parecía negarse a admitir que algo pudiera vivir en él, como si el planeta entero estuviera decidido a quemar cualquier posibilidad de vida antes de que arraigara.

—Empiezo a pensar que te equivocaste —dijo, al segundo día, mientras esquivaba otra grieta humeante.

—Nunca dije que sería fácil de encontrar.

—Dijiste que la sentiste.

—Y la sentí. Tenue no significa ausente.

—Mmm...

—Lo sentí desde el espacio. Tenue. Pero real.

—¿Y tienes idea de dónde?

—Tal vez más al sur. Donde la actividad volcánica es menor.

Sheijuu ajustó el rumbo, dejando que el Ojo del Vacío se extendiera sobre el paisaje en busca de cualquier señal, cualquier indicio de algo vivo en aquel infierno de piedra y fuego. El calor seguía siendo agresivo, y aunque su cuerpo se había adaptado en parte, su ropa no tenía la misma suerte. Su capa se había quemado por sus extremos mas largos, los que estaban más cerca al suelo. Sus botas estaban chamuscadas y a medio derretir por las suelas, razón por la cual empezó a levitar por el terreno más caliente, y a caminar por el más "fresco".

Encontró la primera señal al tercer día. Una grieta profunda, más fría que el resto del terreno circundante, donde el vapor que escapaba tenía un tono ligeramente distinto, casi azulado en sus bordes, sugiriendo algún tipo de mineral inusual mezclado en la roca. Y allí, agazapadas en las sombras de la grieta, encontró a las primeras criaturas del planeta. Pequeñas, apenas del tamaño de un puño cerrado. Cubiertas de un caparazón duro, oscuro, casi indistinguible de la roca volcánica que las rodeaba, con patas múltiples que terminaban en pequeñas ventosas adheridas a la superficie de la grieta. Docenas de ellas, agrupadas, inmóviles, alimentándose de algo que Sheijuu no pudo identificar de inmediato: pequeños depósitos minerales que se filtraban desde las profundidades junto con el vapor caliente. Algunas tenían manchas de un rojo tenue en los bordes de su caparazón, como si el calor mismo hubiera dejado su marca en ellas.

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—Insectos volcánicos —murmuró Majull, con un interés genuino que no intentó disimular—. Existen, aunque rara vez. Son resistentes, adaptados a entornos que matarían a cualquier otra forma de vida. Su caparazón está compuesto de un material que absorbe el calor y lo convierte en energía para su metabolismo.

—¿Y sabes eso solamente con verlos?

—Aunque es la primera vez que veo a esta especie en concreto. En este tipo de mundos cuando hay vida, estos bichos suelen ser similares a sus primos interplanetarios. En cuanto a comportamiento y biología me refiero —dijo Majull con cierta emoción.

—¿Y son peligrosos?

—No para alguien como tú.

Sheijuu se acercó, agachándose junto a la grieta, observando cómo las criaturas continuaban su actividad sin prestarle demasiada atención, como si su presencia apenas registrara como una variable más en un entorno ya acostumbrado a cambios constantes. Una de ellas se movió lentamente, arrastrando sus patas ventosas sobre la roca, y Sheijuu notó que dejaba un rastro apenas visible de una sustancia que se endurecía al contacto con el aire.

Observó, durante un rato que no midió, cómo varias de aquellas criaturas se turnaban para acercarse al punto exacto donde el vapor azulado escapaba con más fuerza, permaneciendo allí unos segundos, como si absorbieran algo del propio flujo antes de retirarse para dejar espacio a la siguiente. Ninguna competía por el lugar. Ninguna empujaba a otra. Era un ritual ordenado, casi ceremonial, que se repetía una y otra vez sin que ninguna de ellas pareciera cansarse.

—Se turnan —dijo Sheijuu, en voz baja, como si hablar más fuerte pudiera interrumpir algo.

—La energía que absorben ahí no es solo calor. Hay Escencia disuelta en ese vapor, aunque en una concentración demasiado baja para que tú la sientas con claridad. Ellas sí pueden. Por eso vinieron. Por eso se quedan.

—¿Y por qué se turnan, si hay suficiente para todas?

—Quizás no lo hay. O quizás simplemente no necesitan pelear por algo que saben que volverá a estar ahí mañana. Puede que también algunos vigilan mientras los otros comen, aunque no sé cuáles podrían ser sus posibles depredadores.

Sheijuu se quedó mirando aquel ritual un rato más, pensando que había algo extrañamente tranquilizador en la escena: un puñado de criaturas diminutas, viviendo en el borde exacto de un planeta que parecía decidido a matarlas, encontrando una forma ordenada de sobrevivir sin destruirse entre ellas por el camino.

Pasó la noche acampado cerca de aquella grieta, el único punto del planeta donde el calor resultaba, al menos, soportable. El cielo nocturno, sin nubes de ceniza que lo cubrieran por unas horas, mostró un campo de estrellas completamente distinto a los anteriores, más denso, más cercano, como si aquel planeta orbitara en una región del universo mucho más poblada que las anteriores. Las estrellas parpadeaban con más intensidad aquí, como si la atmósfera delgada no pudiera ocultar completamente su brillo.

Sheijuu se sentó sobre una roca todavía tibia por el calor del día, y por un rato no dijo nada, ni Majull tampoco. El único sonido era el siseo lejano del vapor y, de vez en cuando, un crujido profundo bajo tierra, como si el propio planeta cambiara de postura mientras dormía. Era la primera vez en días que se permitía quedarse quieto sin buscar nada, sin caminar hacia ningún punto concreto, simplemente existiendo en medio de aquel paisaje hostil y extrañamente hermoso.

—¿Sabes qué pienso a veces? —dijo, observando el cielo.

—Dime.

—Que cada planeta que visito tiene algo que me recuerda a Sadoku, aunque sea mínimamente. El olor del archipiélago. El calor de este lugar, aunque mucho más extremo, me recuerda al verano antes de la cosecha.

—Es natural y está bien —respondió Majull—. Buscas patrones familiares en lo desconocido. Es una forma de no perderte completamente a ti mismo.

Sheijuu no respondió de inmediato. Después de un momento, preguntó:

—¿Kaider estaría... bien aquí?

La pregunta llegó sin aviso, casi sin que él mismo la hubiera planeado. Majull guardó silencio un momento, sopesando la pregunta con un cuidado que no era habitual incluso para él.

—¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé. Simplemente pensé en él.

—¿Piensas en él seguido?

Sheijuu observó las estrellas extrañas, ajenas, sin responder de inmediato.

—Más de lo que admito en voz alta.

—¿Qué piensas exactamente? —La pregunta de Majull no tenía la curiosidad distante con la que normalmente abordaba temas humanos. Esta vez sonaba distinta, más directa, casi quirúrgica, como si supiera exactamente dónde presionar.

Sheijuu tardó en responder.

—Pienso en que no sé qué le pasó realmente. Después de todo lo que ocurrió, con la destrucción. No sé si Kaider sobrevivió a...

No terminó la frase.

—Usaste una excusa. Nunca lo buscaste —dijo Majull, sin acusación en el tono, solo con la forma directa que la situación exigía.

—No pude.

—¿No pudiste, o no quisiste?

Sheijuu cerró los ojos un momento, sintiendo el calor seco del planeta contra su piel, un dolor pequeño y constante que, de alguna forma extraña, le resultaba más fácil de procesar que la pregunta que Majull acababa de formular.

—Las dos cosas, quizás. Después de enterrar a Shaara, después de decidir que iba a cazar Primordiales durante el resto de mi existencia, no podía permitirme regresar a buscar a Kaider. Si lo encontraba vivo, no habría podido volver a irme. Y si lo encontraba muerto... —Se detuvo—. Prefería no saberlo con certeza. Prefería la posibilidad de que estuviera vivo, en algún lugar, continuando con su vida, antes que la certeza absoluta de haberlo perdido también a él.

El silencio que siguió se extendió durante varios minutos, interrumpido únicamente por el siseo distante de vapor escapando entre las grietas del planeta.

—Eso es cobardía —dijo finalmente Majull, sin suavizar la palabra.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo eliges?

Sheijuu observó las estrellas extrañas una vez más, antes de responder.

—Sí. Porque la otra opción me destruiría de una forma que ni siquiera tú podrías reparar.

Majull no insistió más esa noche. Pero la pregunta, una vez formulada, quedó suspendida entre ellos de la misma forma en que el vapor quedaba suspendido sobre las grietas del planeta: invisible la mayor parte del tiempo, pero presente, constante, esperando el momento exacto en que algo lo hiciera visible de nuevo.

Sheijuu no se movió de aquella roca durante un largo rato. Miró las estrellas hasta que dejaron de parecerle desconocidas, hasta que su mente, cansada, empezó a mezclar sus formas con las que recordaba de Sadoku, dibujando constelaciones que probablemente no existían en ninguno de los dos cielos. En algún momento se quedó dormido así, sentado, sin darse cuenta, y el calor residual de la roca bajo su cuerpo lo mantuvo lo bastante cómodo como para que el sueño no lo abandonara hasta bien entrada la madrugada.

Cuando despertó, el cielo ya había empezado a teñirse de un naranja pálido en el horizonte, anunciando otro día de calor seco y roca negra. Se puso de pie, sacudiéndose la ceniza fina que se había acumulado sobre su ropa durante la noche, y miró hacia el sur, hacia donde Majull había señalado que la actividad volcánica disminuía.

—¿Seguimos? —pregunto Sheijuu.

—Sigamos —respondio Majull

Se elevó un metro en el aire, levitando. Y avanzó de a poco hacia el horizonte.

Fin del Capítulo 31

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