Sheijuu. [Español]
Capitulo 32: La criatura de los ríos de fuego.
# Capítulo 32
## La criatura de los ríos de fuego
A la mañana siguiente, ninguno de los dos volvió a mencionar a Kaider. No porque el tema hubiera dejado de importar, sino porque algunas conversaciones necesitaban tiempo para asentarse antes de continuar, de la misma forma en que la lava, en aquel planeta, necesitaba enfriarse antes de poder caminar sobre ella sin hundirse.
Sheijuu continuó hacia el sur, siguiendo la dirección que Majull había señalado un día atrás. El terreno se volvió, paradójicamente, más activo a medida que avanzaba, no menos. Los ríos de lava se multiplicaban, cruzándose entre sí en una red compleja que obligaba a rodeos constantes o a levitar mucho más alto, desvíos que añadían horas enteras a cualquier trayecto que debería haber sido directo. El aire se volvía más denso, más caliente, y el olor a azufre se intensificaba hasta volverse casi insoportable, por eso era preferible rodearlos que simplemente pasar a través de ellos volando. Sheijuu notó que su respiración se volvía más superficial, y que cada paso o vuelo requería un esfuerzo adicional que no recordaba haber necesitado antes.
Fue durante uno de esos rodeos cuando lo sintió. Una vibración. Profunda. Rítmica. Transmitiéndose a través de la roca misma bajo sus pies, con una regularidad que no correspondía a ninguna actividad volcánica natural. No era un temblor ni un crujido. Era algo más constante, más deliberado, como un latido de algo que se movía bajo la superficie.
—¿Sientes eso?
—Sí —confirmó Majull, con un tono que combinaba cautela y curiosidad en proporciones casi iguales—. Algo se mueve. Algo grande.
Sheijuu se detuvo por completo, sintiendo la vibración crecer bajo sus pies con cada segundo que pasaba, como si aquello que se acercaba supiera exactamente dónde estaba parado. No corrió. No retrocedió tampoco. Se quedó ahí, con los sentidos completamente abiertos, dejando que el Ojo del Vacío se extendiera sobre el terreno circundante, buscando el origen de aquella vibración antes de que se revelara por sí sola. La superficie de uno de los ríos de lava más anchos que había visto hasta entonces empezó a deformarse, un abultamiento lento que crecía a medida que algo debajo empujaba hacia arriba, desplazando fuego líquido en olas espesas hacia los costados. La forma colosal rompió la superficie incandescente con una lentitud pesada, como si el propio fuego líquido no representara ningún obstáculo para su cuerpo. La criatura medía, calculó rápidamente, no menos de treinta metros de largo, con una piel que parecía estar formada por placas de roca volcánica fusionada directamente a su carne, brillando con vetas de un naranja intenso en los espacios entre cada placa, como si su propia sangre fuera lava. No tenía ojos visibles; en su lugar, una serie de protuberancias a lo largo de su cabeza alargada parecían vibrar levemente, captando algo —calor, vibración, presión— que le permitía orientarse sin necesidad de visión convencional.
—Eso es...
—Una habitante nativa de este tipo de mundos —completó Majull, con un asombro genuino que rara vez mostraba—. Llevo siglos sin presenciar una. Creía que se habían extinguido en la mayoría de los planetas que conocía. Su cuerpo está adaptado para resistir temperaturas que derretirían el acero. Probablemente se alimenta de los minerales del manto terrestre.
La criatura avanzó por el río de lava con la misma indiferencia tranquila con la que un pez nadaría en agua normal, sin prisa, sin urgencia, simplemente desplazándose hacia algún destino que solo ella conocía. Sheijuu observó desde una distancia segura, sentado sobre una formación rocosa que sobresalía del terreno volcánico, mientras la criatura continuaba su camino sin prestarle ninguna atención. Las placas de su lomo se movían rítmicamente, como si estuviera respirando, y de vez en cuando una pequeña erupción de vapor salía de una grieta entre dos placas, liberando el exceso de calor acumulado.
—¿Es peligrosa?
—Probablemente, si la provocas. Pero no parece tener ningún interés en ti.
Permaneció observándola durante horas, fascinado por la forma en que su cuerpo entero parecía estar perfectamente adaptado a un entorno que mataría a cualquier otra forma de vida en cuestión de segundos. Cada movimiento, cada ondulación de su cuerpo alargado, parecía calculado para aprovechar al máximo el calor que la rodeaba, en lugar de sufrirlo. Su cola, ancha y plana, se movía de lado a lado con una lentitud hipnótica, y Sheijuu notó que, a pesar de su tamaño, apenas levantaba salpicaduras en la superficie de lava.
—Es libre de una forma que la mayoría de las criaturas no consigue —comentó, casi para sí mismo.
—¿A qué te refieres?
—A que no tiene que adaptarse a un mundo hostil. Este mundo hostil es, literalmente, su hogar. No necesita huir del calor, ni temerle al fuego. Simplemente es parte de ella. No hay lucha. Solo existencia.
—¿Y eso te parece envidiable?
Sheijuu lo pensó con honestidad.
—Un poco. Yo todavía me siento, en cierto modo, fuera de lugar en casi todos los mundos que visito. Esta criatura nunca tendría ese problema aquí. Ella sabe exactamente dónde pertenece.
Majull no respondió de inmediato.
—Quizás —dijo finalmente— la diferencia es que ella nunca conoció otro tipo de mundo. Tú sí. Y eso, aunque te haga sentir fuera de lugar a veces, también te permite apreciar lo que ves de una forma que ella nunca podría. Ella no puede comparar este mundo con otro. No sabe que es especial. Tú sí.
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Sheijuu no tuvo una respuesta inmediata para aquello. Se quedó mirando a la criatura, que seguía avanzando con su ritmo pausado. Algo en la forma en que se movía, en la seguridad absoluta de cada ondulación, le recordó a los habitantes de las Tierras Olvidadas. Gente que no sabían cómo funcionaba un zepelín, que estaba totalmente ajenas de las guerras de las seis naciones, que simplemente vivía en su mundo sin necesidad ni ganas de intervenir. Había una paz en eso que Sheijuu no podía alcanzar.
La criatura, mientras tanto, llegó finalmente a una zona donde el río de lava se ensanchaba considerablemente, formando algo parecido a un lago incandescente. Allí, para sorpresa de Sheijuu, se sumergió por completo, desapareciendo bajo la superficie brillante sin dejar más rastro que unas pocas ondas que se disolvieron rápidamente en el flujo constante del fuego líquido. Durante un momento, Sheijuu pensó que no volvería a emerger. Pero luego, a lo lejos, vio una burbuja enorme romper la superficie, seguida de otra, como si la criatura estuviera respirando bajo la lava.
—¿A dónde fue?
—Probablemente a descansar. O a alimentarse de minerales en el fondo del lago de lava. No tengo forma de saberlo con certeza. Pero no creo que vayamos a verla de nuevo hoy.
Sheijuu permaneció observando aquel lago incandescente durante un rato más, esperando, sin saber bien qué esperaba exactamente. La criatura no volvió a emerger esa tarde. Pero el recuerdo de su presencia, de la forma en que se movía con tanta seguridad en un entorno que habría sido mortal para cualquier otra cosa, se quedó con él.
Volvió al día siguiente, sin planearlo del todo, atraído de vuelta al mismo lago incandescente casi por costumbre. Se sentó en el mismo saliente rocoso, esperando, sin ninguna certeza de que la criatura fuera a reaparecer. Pasaron horas antes de que la superficie del lago volviera a agitarse, esta vez más cerca de la orilla que la vez anterior. La cabeza alargada emergió primero, las protuberancias vibrando lentamente en su dirección, y por un instante, apenas un instante, Sheijuu tuvo la certeza incómoda de que la criatura sabía exactamente dónde estaba él, aunque no tuviera ojos con los que confirmarlo.
No se acercó. Simplemente permaneció allí, a la orilla del lago, con la cabeza apenas sobre la superficie, durante lo que pareció ser varios minutos, como si estuviera decidiendo qué hacer con aquella presencia extraña que llevaba dos días observándola sin moverse. Después, sin ninguna señal previa, volvió a hundirse, esta vez sin dejar ni siquiera las burbujas que había dejado la primera vez.
—Creo que sabe que estoy aquí —dijo Sheijuu.
—Probablemente lo supo desde el primer día. Solo decidió que no eras una amenaza.
—Tampoco es que pueda venir aquí a comerme.
—Probablemente sí pueda, pero le causarías indigestión. Estás muy blando.
—¿Qué demonios quieres decir con eso? —preguntó Sheijuu, extrañado, levantando y dejando caer su mano derecha.
Majull soltó una carcajada—. Me refiero a que él come minerales o cosas por el estilo. Tú no entras en su menú.
—Mmm...
—¿Qué pasa? —preguntó Majull.
—No sabía que eras tan chistoso —dijo Sheijuu, con media sonrisa.
—Bueno, sí, a veces lo soy... —el tono de Majull se fue apagando con cada palabra. Si Sheijuu hubiera podido verlo, habría notado cómo también bajaba la cabeza al terminar la frase.
—¿Qué pasa? —preguntó Sheijuu.
—Nada. Sigamos explorando.
Sheijuu se quedó unos segundos mirando la lava, luego asintió rápido y se puso de pie.
Decidió continuar su exploración del planeta durante los días siguientes, encontrando, en ocasiones esporádicas, más rastros de vida similar. A dos días de camino del lago de lava, cerca de un campo entero de fumarolas que expulsaban vapor con un silbido agudo y constante, encontró una criatura de menor tamaño que el mismo, con un caparazón segmentado que se abría y cerraba rítmicamente sobre su lomo, dejando escapar pequeñas bocanadas de aire caliente cada vez que respiraba. A diferencia de la criatura del lago, esta reaccionó de inmediato a su presencia, replegándose sobre sí misma en una bola compacta de placas superpuestas, inmóvil, esperando a que la amenaza pasara. Sheijuu se mantuvo a distancia, observándola un rato, hasta que la curiosidad de la criatura, más fuerte que su cautela, la hizo desplegarse de nuevo lentamente, revelando un rostro alargado con pequeñas fosas a los lados que se abrían y cerraban al ritmo de su respiración.
—Otra especie completamente distinta —murmuró Majull, con el mismo interés que había mostrado ante los insectos volcánicos días atrás—. Este planeta guarda más variedad de la que sugiere su superficie.
—Parece que cada rincón tiene algo distinto adaptándose a su manera.
—Así funciona la vida, casi siempre. Encuentra una grieta, y se queda.
También encontró, en otra ocasión, un nido de los pequeños insectos volcánicos excavado en la base de un risco, e incluso, en una ocasión más, los restos fosilizados de lo que parecía haber sido una criatura mucho más antigua, mucho más grande, atrapada en roca solidificada desde hacía, probablemente, miles de años.
—Este planeta tiene más historia de la que imaginé al llegar —comentó, observando aquellos restos fosilizados con un cuidado casi reverencial. El esqueleto, parcialmente expuesto, mostraba una estructura ósea que no se parecía a nada que hubiera visto antes, con placas de un material oscuro que todavía conservaba su forma a pesar de los milenios.
—La mayoría de los planetas la tienen. Solo que rara vez alguien se detiene lo suficiente para descubrirla.
Sheijuu pasó la mano sobre la roca que envolvía aquellos restos antiguos, sintiendo la textura áspera bajo sus dedos. La piedra estaba fría aquí, más fría que el resto del planeta, como si el paso del tiempo hubiera enfriado incluso aquel lugar. Intentó imaginar, sin conseguirlo del todo, qué aspecto habría tenido aquella criatura en vida, moviéndose entre ríos de fuego que quizás ya no existían de la misma forma, en un mundo que probablemente ya no se parecía en nada al que él estaba pisando ahora.
—¿Crees que algún día alguien hará lo mismo con los restos de Sadoku?
La pregunta quedó suspendida en el aire caliente del planeta, sin respuesta inmediata.
—Si llega a ocurrir, espero que quien los encuentre los trate con el mismo respeto que tú le estás dando a estos. No como curiosidades, sino como lo que fueron: vidas completas, mundos enteros.
Sheijuu se quedó un rato más junto a los restos fosilizados, sin decir nada, dejando que el silencio ocupara el espacio que las palabras no podían llenar del todo. Pensó, sin poder evitarlo, en el propio Sadoku, en si algún día quedaría reducido a algo así, a fragmentos que alguien más tendría que interpretar sin haber conocido nunca el ruido de sus mercados, el color de sus banderas, el sabor de su comida. Se preguntó si merecería, al menos, el mismo tipo de cuidado que él mismo le estaba dando a un esqueleto que no significaba nada para nadie más en el universo entero, salvo para él.
Sheijuu asintió, sin palabras, y continuó su camino entre los ríos de fuego, llevando consigo, como ya era costumbre en cada planeta que visitaba, un fragmento más de aquel mundo extraño que probablemente nunca volvería a ver.
Fin del Capítulo 32
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