Sheijuu. [Español]

Capitulo 46: Después.

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Capítulo 46

Después

Lo primero que sintió fue el dolor.

No el dolor disperso y acumulado de un cuerpo golpeado en exceso, sino algo más concreto, más localizado: un ardor sordo que nacía justo donde debería haber estado su brazo derecho y que, al no encontrar nada más allá de cierto punto, parecía insistir en el vacío con más fuerza, como si el propio dolor no supiera todavía dónde detenerse.

No abrió los ojos de inmediato. Durante un tiempo que no supo medir, se quedó ahí, flotando en un estado que no era sueño ni vigilia, un espacio gris donde el dolor existía pero todavía no tenía ningún contexto que lo explicara, ninguna historia a la que pertenecer. No sabía su propio nombre durante ese tramo. No sabía que tenía un nombre que saber.

Algo parecido a un sonido llegó desde muy lejos, distorsionado, como si atravesara agua antes de llegar hasta él. No lo entendió. Lo dejó pasar.

Volvió a oírlo, más cerca esta vez, o quizás solo más insistente.

Abrió los ojos.

El cielo del planeta muerto seguía siendo el mismo de siempre, gris pálido y uniforme, sin nubes, solo estrellas visibles a través de la capa de polvo que flotaba permanentemente en lo que quedaba de su atmósfera. Lo miró durante un rato sin pensar en nada concreto, sin preguntarse dónde estaba ni por qué, simplemente registrando la existencia del cielo como un hecho aislado, sin conexión con ningún otro hecho.

—Sheijuu.

El nombre tardó en significar algo. Cuando por fin encajó, lo hizo de golpe, como una puerta que se abre después de resistirse un momento, y con él llegó, no de una vez sino en fragmentos desordenados, el resto: un planeta, un combate, un ser con ojos blancos, una vara, una esfera de luz creciendo entre sus manos.

Sheijuu tardó un momento en recordar por qué estaba de cara al suelo, y cuando lo recordó, movió la vista hacia el lado derecho de su propio cuerpo sin terminar de decidir si quería hacerlo.

El muñón terminaba poco después del hombro, la piel cerrada sobre sí misma en una cicatriz irregular, todavía rojiza, sin nada más allá de eso. Solo piel sobre el vacío, sellada, terminada, como si el cuerpo hubiera decidido que cerrar la herida era suficiente trabajo por el momento y se hubiera detenido ahí.

Lo miró un rato largo sin decir nada. No porque hubiera elegido el silencio, sino porque las palabras, por el momento, parecían estar guardadas en algún lugar al que todavía no tenía acceso completo.

—Majull.

—Aquí.

—¿Majull?

—Sigo aquí.

Sheijuu asintió, aunque el gesto le costó más esfuerzo del que debería haber costado un movimiento tan simple, la cabeza pesada, como si alguien hubiera sustituido el contenido dentro de su cráneo por algo más denso.

—¿En qué...momento...?

—Ya lo recordarás. Dale tiempo.

La voz del guardián sonaba distinta. No más débil, exactamente, pero sí más distante, como si algo en la forma en que llegaba hasta él se hubiera adelgazado durante el tiempo que había estado inconsciente, un hilo más fino de lo habitual estirado entre los dos.

—¿Cuánto tiempo pasó?

—Varios días. Perdí la cuenta exacta en algún punto, y no he querido forzar nada para recuperarla.

—¿Días?

—Sí.

Sheijuu repitió la palabra para sí mismo, en silencio, como si necesitara probarla varias veces antes de que encajara del todo en lo que recordaba del combate, que todavía le llegaba en destellos sueltos, sin el orden que debería tener un recuerdo real: el rostro agrietado de Azharel, el sonido de la vara al chocar contra la katana, una mano deteniéndose a centímetros de su ojo.

Algo en ese último destello lo hizo incorporarse a medias, con una urgencia torpe que no correspondía del todo al estado de su cuerpo.

—El Primordial —dijo, la voz todavía rasposa por el desuso—. ¿Dónde está?

—Muerto.

—¿Muerto?

—Azharel está muerto —dijo Majull—. Desintegrado. No queda nada de él. Lo viste con tus propios ojos antes de perder la conciencia, aunque entiendo que ahora mismo eso no te sirva de mucho.

Sheijuu se quedó quieto, dejando que la palabra se asentara.

—Está muerto —repitió, no como pregunta esta vez, sino probando el peso de la afirmación en su propia boca.

—Sí.

—Bien.

No dijo nada más sobre eso. Intentó incorporarse del todo.

El cuerpo no respondió con la rapidez que esperaba. Las piernas, cuando por fin reaccionaron, lo hicieron con una lentitud torpe, casi ajena, como si pertenecieran a otra persona a la que tuviera que convencer de cada movimiento por separado. Llegó a sentarse, pero el mundo se inclinó con él, un mareo denso y prolongado que lo obligó a apoyar la única mano que le quedaba contra la roca para no caer de nuevo.

—Despacio —dijo Majull.

Sheijuu esperó, sin discutir, hasta que el mareo cedió lo bastante como para que el horizonte dejara de moverse por su cuenta. Cuando volvió a intentarlo, lo hizo con más cuidado, apoyando el peso en fases, deteniéndose cada vez que algo dentro de él amenazaba con volver a inclinarse.

—¿Cuánto tiempo pasó? —preguntó otra vez, la pregunta saliendo antes de que terminara de registrar que ya la había hecho antes.

Majull no respondió de inmediato.

—Ya te lo dije —dijo finalmente, con un cuidado particular, el tono de alguien que elige no señalar directamente lo que acaba de notar—. Varios días.

—Ah.

Sheijuu se quedó mirando su propia mano izquierda un momento, como si necesitara comprobar que seguía siendo suya, flexionando los dedos uno por uno con una atención excesiva para un gesto tan simple.

—Tú también estás agotado —dijo, después de un rato, la observación llegando más lenta de lo que habría llegado en cualquier otro momento, pero llegando—. ¿Por qué?

Majull tardó en responder, el tipo de pausa que Sheijuu, en un estado más despierto, habría reconocido como la que precede a algo que el guardián considera importante decir bien, no solo decir rápido. En ese momento, simplemente la dejó pasar sin notar nada particular en ella.

—Porque compartimos el mismo cuerpo —dijo finalmente—. Mi Escencia es tuya. La tuya es mía. Cuando algo te cuesta a ti, de alguna forma, también me cuesta a mí. No hay una línea limpia entre lo que gastaste tú y lo que gasté yo en ese combate. Solo hay lo que gastamos.

—No hay línea —repitió Sheijuu, despacio, probando la frase como si fuera un objeto que necesitaba sostener un momento antes de decidir si la entendía.

—No.

Sheijuu no respondió de inmediato. Se quedó mirando el muñón un momento más, como si la explicación de Majull necesitara ese tiempo extra para terminar de asentarse junto al resto de lo que todavía intentaba ordenar.

—¿Y esto? —preguntó finalmente, con un gesto de la barbilla hacia donde debería haber estado su brazo—. ¿Vuelve a crecer?

—Puede.

—¿Puede?

—Puede —repitió Majull—. No es lo mismo que decir que va a hacerlo.

Sheijuu asintió de nuevo, aunque esta vez el gesto pareció más un reflejo que una respuesta real, los ojos todavía fijos en el muñón con una concentración que no terminaba de convertirse en comprensión.

—Hay una forma de acelerar esto de verdad —continuó Majull, notando, sin decirlo, que tendría que explicarlo con más paciencia de la habitual—, con la propiedad que tiene una de las runas que yo poseía, la que te permitiría regenerar algo así con la misma facilidad con que cierras un corte. Pero esa parte todavía no está activa en ti. Solo tienes la regeneración natural, la acumulada, la que ya conoces: la que te cierra una herida en minutos. Esa funciona distinto. No construye desde cero con la misma seguridad. Solo repara lo que ya tiene una base sobre la cual trabajar.

—Entonces no sirve para esto.

—Sirve, pero no sola. Necesita ayuda. Y la única ayuda que puedo ofrecerte ahora mismo es forzarla, un poco cada día, con lo que te quede de Escencia disponible.

Sheijuu levantó la mano izquierda, la única que tenía, y la observó un momento antes de preguntar lo que ya sospechaba.

—El mismo gesto de antes.

—El mismo gesto. Solo que ahora vas a tener que hacerlo con una mano sola.

—Está bien. Mañana empiezo.

—No. Hoy. Ahora mismo, si puedes sostenerte sentado el tiempo suficiente.

Sheijuu lo miró, o lo habría mirado si hubiera tenido algo que mirar, el ceño frunciéndose apenas ante la urgencia inesperada en la voz de Majull.

—¿Por qué la prisa? Pensé que esto iba a tomar días de todas formas.

—Va a tomar días. Pero el tiempo que tarde en empezar no es el mismo que el tiempo que tarde en terminar, y el primero te lo puedes permitir mucho menos de lo que crees. Una herida que termina de cerrarse del todo, sin que nada le quede pendiente por construir, deja de ser una herida. Se convierte en una cicatriz, completa, definitiva. Y una cicatriz no se puede regenerar con nada. Ni con esto, ni con la runa del origen activa, ni con ninguna otra cosa que yo conozca.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—No lo sé con exactitud. En un cuerpo como el que yo tenía, el margen habría sido de semanas. En el tuyo, no sé si es cuestión de días o de algo más corto. Imagina que te arrancan un dedo y no haces nada: la herida se cierra sola en pocos días, limpia, terminada, y a partir de ahí ya no hay forma de hacer que ese dedo vuelva a crecer, sin importar lo que intentes. Esto es lo mismo, a una escala mucho mayor. No pienso arriesgarme a que lleguemos tarde por no habértelo dicho a tiempo.

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Sheijuu no discutió. Juntó la palma contra el aire vacío donde debería haber estado la otra, un gesto incompleto que de todas formas parecía recordar su propia forma, y dejó que la Escencia fluyera hacia el muñón en una corriente lenta, deliberada, nada parecido a la explosión descontrolada de la esfera que lo había dejado así. El ardor aumentó un grado, no insoportable, solo presente, una sensación de algo trabajando ahí abajo sin ninguna prisa.

—Tengo que ser honesto contigo —dijo Majull, después de un momento—. No sé si esto va a funcionar del todo.

—¿Por qué no?

—Porque yo nunca hice esto solo con regeneración natural. Cuando mi propio cuerpo se reconstruía, lo hacía con la runa del origen activa desde el principio, sin este paso intermedio. No sé cuáles son los límites reales de lo que tienes ahora, por sí solo, sin esa ayuda. Puede que el brazo vuelva completo. Puede que vuelva incompleto, más corto, más débil. Puede que no vuelva en absoluto, y lo único que consigamos con esto sea gastar Escencia que necesitaríamos para otra cosa.

—Pero lo vamos a intentar de todas formas.

—Sí.

—Entonces no hace falta que sigas advirtiéndome.

—Hace falta —dijo Majull, sin ninguna suavidad en la voz—. Porque si no funciona, vas a necesitar haber escuchado esto antes, no después.

Sheijuu no discutió. Dejó que la corriente de Escencia siguiera su curso lento hacia el muñón hasta que el cansancio, mucho más rápido de lo que recordaba de cualquier técnica anterior, le indicó que había llegado al límite de lo que podía forzar por ese día. Se dejó caer de espaldas contra la roca, sin la energía necesaria para seguir sentado, y se quedó mirando el cielo gris un rato largo, la mente todavía demasiado lenta para hilar ningún pensamiento más complicado que el simple hecho de respirar.

En algún punto entre un pensamiento y el siguiente, sin darse cuenta del momento exacto en que uno terminaba y empezaba el otro, se quedó dormido.

---

Cuando volvió a despertar, algo se había reordenado por dentro, aunque no del todo.

—Ya era hora —dijo Majull.

—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó Sheijuu, sentándose con más facilidad que la vez anterior, aunque todavía lejos de lo que habría llamado normal.

—Bastantes horas.

Algo tembló bajo el suelo. No fue un sonido —nada se movía lo bastante rápido ni había aire suficiente para que lo fuera—, sino una vibración que le subió por la palma apoyada en la roca, un temblor breve y seco que se desvaneció casi tan rápido como había llegado. A la distancia, una nube de polvo y fragmentos se abría en abanico sobre la superficie, plana, sin la forma que habría tenido en un mundo con atmósfera, extendiéndose en línea recta antes de empezar a caer de vuelta hacia el suelo con la misma lentitud vertical de siempre. Probablemente una de las muchas rocas que el propio combate había lanzado al cielo semanas atrás, cayendo ahora, por fin, de regreso.

En cuanto la vibración alcanzó a Sheijuu, se llevó la mano hacia donde debería haber estado la katana, los ojos abiertos de par en par, la vista fija en la dirección del impacto.

—No hay nada —dijo Majull, con una voz tranquila que no pretendía apresurar la respuesta de Sheijuu, solo ofrecerla—. Solo fue una roca.

Sheijuu se tomó un momento para comprobarlo por sí mismo de todas formas. No apartó la mirada hasta que la ausencia de cualquier otro movimiento en esa dirección terminó de convencerlo de que no era Azharel. Si lo fuera, ya habría estado sobre él desde hacía rato.

Se permitió relajar la postura, y la relajación misma llegó acompañada de un dolor repentino, el precio de soltar un cuerpo que llevaba demasiado tiempo tensado sin necesidad.

—Está muerto. Ya te lo dije. Tú lo mataste.

—Sí, verdad...

Sheijuu terminó de incorporarse del todo, con cierto esfuerzo, las piernas temblando ligeramente bajo su propio peso.

—No pareces muy convencido —dijo Majull.

—¿Eh? Ah. No es eso. Es que... está muerto, ¿verdad? Yo lo maté.

Lo dijo apoyando la mano izquierda contra la rodilla, buscando equilibrio mientras terminaba de ponerse de pie, y al mismo tiempo, ahora que la mente le respondía con más claridad que en cualquier momento desde que había despertado, intentando hacer sitio dentro de sí para un hecho que hasta entonces solo había existido como una serie de imágenes sueltas: había matado a un Primordial.

—Exacto. No tienes nada por lo que preocuparte ahora, en cuanto a él. Pero no bajes la guardia. Ni ahora ni nunca.

—Sí...

Se quedó unos segundos en silencio, buscando en su memoria algún recuerdo concreto que pudiera anclar aquella certeza a algo más sólido que la palabra de Majull. No encontró ninguno que le sirviera del todo. Lo que sí encontró fue algo más inmediato.

—La katana. ¿Dónde cayó?

—La tenía Azharel clavada en el cuello. Después de eso, no sé qué pasó con ella. Si la alcanzó la técnica, no debería quedar nada.

Sheijuu no dijo nada más, pero bajó la vista un momento. Una tristeza repentina llegó, ligada a algo parecido a la angustia, pequeña pero real, por un objeto que había sostenido durante años, mucho antes de que existiera cualquier Primordial que matar. Majull sintió ambas cosas y, esta vez, tampoco dijo nada.

—Debería comprobarlo con mis propios ojos. Para estar seguro.

—¿Estás seguro de que puedes caminar esa distancia?

—¿Puedo? —preguntó Sheijuu.

—Puedes. Despacio.

Caminó hacia el cráter que había dejado la esfera. Le tomó casi una hora llegar, un trayecto que en cualquier otro momento habría cubierto en minutos, cada paso puesto con el cuidado de alguien que no confía del todo en sus propias piernas. El terreno que atravesó para llegar hasta ahí era, en sí mismo, un registro silencioso de todo lo que había pasado: varas de cristal negro clavadas por todas partes, algunas enteras, otras quebradas, todas cubiertas de una capa uniforme de polvo gris que les restaba cualquier brillo que hubieran tenido en algún momento. Pasó por encima de un surco largo marcado en la roca, profundo y recto, sin poder decir con certeza si lo había dejado él mismo, uno de los dragones, o algo que ya no recordaba del todo.

Cuando por fin llegó al borde del cráter, se permitió, por primera vez desde que había despertado, relajarse del todo, mental y físicamente, aunque fuera solo por un instante.

El cráter frente a él abarcaba más de trescientos metros de diámetro, lo bastante grande como para que cruzarlo caminando tomara varios minutos completos. El centro estaba vacío. Los bordes también. Nada que no fuera roca yacía ahí abajo, ni un solo rastro de lo que había ocurrido en aquel punto exacto del planeta.

Algo se asentó en él al verlo, una calma distinta a cualquier otra que hubiera sentido en mucho tiempo, no la paz de haber resuelto algo sino la certeza simple y sólida de que una amenaza concreta había dejado de existir. Para Sheijuu, en ese momento, no significaba más que eso: Azharel estaba muerto, de verdad, sin ninguna posibilidad escondida de lo contrario.

No dijo nada durante un rato. Fue Majull quien habló primero.

—¿Ahora lo ves?

—Sí.

—No queda nada de nadie allá abajo.

Excepto por una pequeña protuberancia que sobresalía apenas medio metro en uno de los bordes del cráter.

Sheijuu la vio y fijó la vista en ella. Intentó encontrar algo de Escencia con el Ojo del Vacío —que al activarse volvió a dolerle, el mismo ardor sordo detrás de los ojos avisándole de que todavía no estaban del todo recuperados—, forzando la mirada entre pestañeos continuos que intentaban apaciguar el dolor sin del todo conseguirlo.

No encontró nada. Aun así, se acercó.

Al llegar, lo que sobresalía resultó ser el mango de la katana, intacto, con el resto de la hoja todavía enterrada bajo capas de polvo y fragmentos de roca. La sacó con cuidado, apartando los escombros con los dedos, y la sostuvo frente a él para examinarla. El cuero del mango estaba chamuscado en los bordes, ennegrecido en un par de puntos donde el calor de la explosión lo había alcanzado de refilón, y una fina línea de hollín cubría buena parte de la hoja. Pero el filo, cuando lo pasó con cuidado entre los dedos, seguía siendo el mismo de siempre: firme, recto, sin ninguna grieta y con solo algunas mellas, nada serio que comprometiera su integridad. Nada que no se fuera a solucionar con el afilafo.

Sheijuu se quedó mirándola un momento, con un alivio que no esperaba sentir con esa intensidad.

—Sobrevivió —dijo, casi en voz baja.

—El filo está forjado para resistir mucho más que el fuego de una explosión. No me sorprende.

Sheijuu limpió el hollín de la hoja con la manga— apollandose en una pierna, por la falta de un brazo—, dejando que la luz gris del cielo se reflejara de nuevo sobre el metal, y pasó el pulgar sobre el filo, sintiendo bajo la piel la misma superficie lisa de siempre, sin ninguna de las marcas que había temido encontrar. Pensó, brevemente, en cuántas manos había tenido antes que la suya, en cuánto tiempo llevaba con él desde los días del ejército, en que una herramienta tan simple hubiera resistido algo tan grande como lo que acababa de atravesar.

—Me alegra no tener que reemplazarla —dijo, guardándola de nuevo en su funda con un gesto que se sintió, por primera vez desde que había despertado, completamente familiar.

—A mí también.

Sheijuu asintió, y esta vez el gesto le costó bastante menos esfuerzo que cualquiera de los anteriores desde que había despertado.

—¿Puedes contármelo? —preguntó, de regreso ya hacia el punto donde había despertado—. Lo que no recuerdo.

—Puedo. ¿Quieres que lo haga ahora?

Sheijuu miró su propio muñón, todavía igual, todavía sin ningún indicio de cambio. Pensó en la pregunta un momento más de lo que habría necesitado en circunstancias normales.

—No —dijo finalmente—. Todavía no.

Majull no insistió.

Los días que siguieron adquirieron una forma repetitiva que Sheijuu no había conocido desde sus primeros meses de entrenamiento con Majull, antes de que el viaje entre planetas se convirtiera en la estructura principal de su tiempo. Cada mañana —si es que la palabra mañana significaba algo en un planeta sin ciclos de luz reconocibles— se sentaba cerca del cráter que había dejado la esfera, juntaba la única mano que tenía contra el aire donde debería estar la otra, y dejaba que la Escencia fluyera hacia el muñón hasta agotar lo que el cuerpo podía ofrecer sin comprometer el resto de la recuperación. El resto del tiempo lo dedicaba a lo que Majull le había recomendado desde el principio: no gastar nada de Escencia que no fuera en la propia recuperación, pero tampoco bajar la guardia ni un solo instante.

La claridad volvió poco a poco, no de golpe sino en capas sucesivas, cada día un poco más de él presente en cada conversación, un poco menos de ese retraso espeso entre lo que Majull decía y lo que Sheijuu lograba procesar. Para el segundo día ya no repetía las mismas preguntas sin notarlo. Para el tercero, podía sostener una conversación completa sin que el hilo se le escapara a mitad de camino.

El primer día no hubo cambio visible en el brazo. El segundo, tampoco. Al tercero, algo que podría haber sido el principio de una forma nueva empezó a asomar bajo la cicatriz, apenas una sombra más densa que el resto del muñón, demasiado pequeña para confirmar nada con certeza.

—Está pasando —dijo Majull, el cuarto día, con una voz que por primera vez desde el combate sonaba más cercana a la de siempre.

—Lentamente.

—Lo suficiente.

—¿Y tú? —preguntó Sheijuu, notando, con una claridad que ya no le costaba ningún esfuerzo encontrar, que la voz de Majull también había ido recuperando algo de su peso habitual con cada día que pasaba—. ¿También te estás recuperando?

—Al mismo ritmo que tú. Ya te lo dije. No hay línea limpia entre los dos.

—Entonces cuando yo termine de curarme...

—Yo también habré terminado.

Sheijuu guardó esa información junto al resto de las cosas que había aprendido sobre la fusión en los últimos días, un cuerpo de conocimiento que crecía despacio, en los márgenes de cada conversación, nunca de golpe sino siempre en fragmentos que solo después, mirados juntos, empezaban a formar algo parecido a una imagen completa.

Para el séptimo día, la Escencia había vuelto a ser abundante dentro de Sheijuu, y con ella el brazo había vuelto. Completo, o lo bastante completo como para que Sheijuu no encontrara ninguna diferencia real al cerrar el puño, flexionar los dedos, sostener el peso de la katana con la misma firmeza de siempre. Quedaba una cicatriz fina alrededor del hombro, una línea que el resto de la piel no terminaba de igualar del todo, el único recordatorio visible de que aquel brazo, en algún sentido que ninguno de los dos podía explicar con precisión, no era exactamente el mismo que había tenido antes.

—¿Hay algún sistema cercano con Escencia ambiental suficiente para trabajar? —preguntó, más por costumbre que por necesidad inmediata.

—Varios. Aunque el más próximo está bastante lejos de aquí.

—¿Presencia de Primordiales?

—Ninguna que pueda percibir desde aquí.

—Bien.

Dio un vistazo al cráter. Después al espacio más amplio del planeta, los miles de metros de superficie destruida que el combate había dejado como única constancia de que algo había ocurrido aquí, en este lugar sin nombre al que nadie volvería y del que nadie sabría nada.

Pensó brevemente en el mural del planeta gris. En el horizonte vacío pintado por alguien que había necesitado dejar constancia de lo que había ocurrido aunque no hubiera nadie que lo viera. Comprendió, de una forma que no había comprendido completamente entonces, lo que Majull había querido decir cuando dijo que una forma era todo lo que quedaba a veces.

No había nadie que fuera a saber lo que había ocurrido en este planeta muerto.

Excepto él.

Y Majull.

Y ambos lo llevarían, como llevaban todo lo demás, en el espacio que existe entre dos conciencias que se han vuelto algo nuevo sin haber dejado completamente de ser lo que fueron.

—Todavía no estamos listos para saltar —dijo Majull, como si le leyera el pensamiento—. El cuerpo volvió. La Escencia no, no del todo.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo más crees que necesitas? —preguntó Majull, en un tono que sonaba más a prueba que a pregunta genuina.

Sheijuu consideró la pregunta, prestando atención a la diferencia entre estar en plena forma y lo que sentía en ese momento: el fondo de sí mismo, lo que quedaba después de días de forzar la regeneración, el nivel exacto donde la reserva empezaba de nuevo a sentirse como algo propio y no como un hueco pedido prestado.

—No lo sé con precisión —dijo, casi sonriendo ante el eco de su propia frase—. Pero creo que cuatro días más.

—No. Como mínimo una semana más —dijo Majull, con un tono que se divertía abiertamente—. Deberías empezar a conocer los límites de tu propio cuerpo.

—El cuerpo está cambiando constantemente. Es un poco difícil conocer el límite de algo que cambia todo el tiempo. Quiero decir, me creció un brazo de nuevo. Ni los mejores doctores de Sadoku podían hacer eso.

—Tienes parte de razón. Pero no te excuses. Aprende a ser mejor con lo que tienes. A controlar lo que posees.

—Mmm... Está bien. Aprenderé.

Majull soltó una carcajada breve, que Sheijuu respondió con una sonrisa leve, casi sin darse cuenta de que la había hecho.

Tanto Sheijuu como Majull parecían, por fin, haber vuelto a algo parecido a la normalidad. Algo que, esta vez, solo Majull notó con claridad.

Sheijuu se quedó sentado un rato más junto al cráter, sin prisa por llenar aquel silencio con nada, dejando que el planeta muerto siguiera haciendo lo único que sabía hacer: existir, indiferente, sin exigirle nada a cambio.

---

Fin del Capítulo 46.

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