Sheijuu. [Español]
Capitulo 45: Falta de oxigeno.
# Capítulo 45
## Falta de oxigeno
La pregunta de Azharel se quedó suspendida en el silencio del planeta muerto más tiempo del que debería haber durado cualquier pregunta sin respuesta. No esperaba una. Sheijuu tampoco se la dio. Pero algo en esa certeza compartida marcó el final de una fase del combate y el principio de otra, aunque todavía ninguno de los dos lo supiera con claridad.
El brazo cortado cayó entre dos rocas y no se movió más.
A trescientos metros, Azharel se llevó la mano izquierda hacia el hombro derecho, sin llegar a tocarlo. Le dolía, y el dolor parecía incomodarlo más por lo que significaba que por lo que era: una prueba de que la distancia entre él y aquel humano ya no era la del principio. Su rostro, si Sheijuu hubiera podido verlo, habría mostrado una molestia que tenía poco que ver con el dolor y todo que ver con haber sido comprendido y que su propia frase —*dije que aquí morías*— ya no sonaba, ni siquiera para él, con la misma certeza de antes.
Bajó el brazo. El muñón, casi reconstruido hasta el codo, seguía trabajando indiferente a la voluntad de su dueño. Azharel no lo miró. Cerró el único puño que le quedaba y respiró —si aquel gesto, en un cuerpo que tal vez no necesitaba el aire como un humano, podía llamarse así— antes de que el espacio a su alrededor empezara a ceder.
Una grieta se abrió delante de él. Al mismo tiempo, otra se abrió a espaldas de Sheijuu.
Sheijuu ya estaba girando cuando Azharel emergió, el cuerpo reaccionando antes que la mente. En su única mano, Azharel sostenía una vara tan larga como su cuerpo, de un material oscuro y denso que no era el cristal negro de las agujas: más pesado, más deliberado, hecho para durar más de un intercambio. El choque con la katana resonó a través de ambos cuerpos y bajó hasta la roca bajo los pies de Sheijuu, un sonido grave, casi orgánico.
Por un instante, ninguno se movió. Hoja contra vara, cada uno midiendo en el otro algo que el choque no terminaba de revelar.
Entonces el Primordial relajó su fuerza en el instante justo en que Sheijuu empujaba con la suya. Sheijuu se fue hacia adelante, traicionado por su propia inercia, y Azharel lo dejó pasar mientras giraba casi trescientos sesenta grados, el talón completando el arco con un golpe directo al estómago que lo mandó a volar.
Algo volvió a romperse dentro de él. Las costillas que apenas se habían unido segundos atrás cedieron de nuevo con un chasquido que Sheijuu sintió más adentro de lo que cualquier grito habría podido expresar.
Aterrizó de pie, pero no fue estabilidad: se llevó una mano al abdomen, doblado hacia adelante, el aire saliéndole de los pulmones en una bocanada que tardó segundos en recuperar. Las piernas le temblaban con una constancia que ya no era una advertencia sino parte del paisaje de su cuerpo, y el ojo dañado seguía siendo un borrón permanente que le robaba la mitad del mundo.
Levantó la vista hacia Azharel de todas formas, porque no hacerlo habría sido rendirse de una forma más silenciosa pero igual de definitiva. El rostro del Primordial, a pesar de la molestia que le tensaba las facciones, mostraba algo más firme que antes.
Decisión.
Azharel soltó la vara.
No cayó. Se mantuvo suspendida en el aire mientras él levantaba el único brazo, y giró sobre sí misma, despacio, hasta que uno de sus extremos se afiló en una punta que no necesitaba mano alguna para resultar letal.
Los ojos de Sheijuu se movían entre Azharel y la vara, buscando la sombra de Escencia que delatara el instante exacto en que algo se moviera. Esperó, repasando cada segundo de los últimos intercambios en busca de algo que todavía no hubiera usado.
Y entonces algo ardió detrás de sus propios ojos.
Fue repentino, excesivo, un calor seco que no respondía a ningún golpe recibido, y le obligó a entrecerrarlos por puro reflejo, un parpadeo medio segundo más largo de lo que el combate podía permitirse.
Fue exactamente el microsegundo que Azharel necesitaba.
La vara salió disparada a una velocidad que volvía inútil distinguirla del fondo estrellado. Sheijuu solo alcanzó a sentir una presión en el aire y optó por lo único que podía ejecutar sin localizar el proyectil: un salto de vacío.
El ardor se intensificó en el mismo instante en que la Escencia se concentró para el salto, subiendo en una oleada que lo dejó inmóvil una fracción de segundo, el grito atascado en la garganta, convertido en un sonido ahogado que ni él reconoció como propio. Reapareció unos metros más allá, parpadeando contra el dolor, y Azharel ya estaba ahí, cruzando por una grieta propia, la mano cerrándose alrededor de su cuello.
Sheijuu trazó por puro instinto un tajo horizontal que obligó al Primordial a retroceder. Pero el retroceso de Azharel llevaba consigo algo más: la vara, que había quedado flotando a su espalda, paciente, olvidada en apariencia, avanzó con el mismo gesto y atravesó el estómago de Sheijuu de lado a lado.
Esta vez no pudo contenerlo. El grito salió, corto y crudo, cortado casi tan rápido como había empezado, como si incluso en ese dolor alguna parte de él se negara a entregarse del todo.
La vara quedó suspendida de nuevo, un poco más arriba de la mano izquierda de Azharel. Sheijuu lo miró fijamente, con sangre entre los labios, la mano presionada contra el hueco abierto en su abdomen como si pudiera impedir con los dedos que algo más esencial se le escapara. No sanaba. No todavía. El dolor era distinto a todo lo anterior, más profundo, más quieto. Pero su mirada seguía siendo la misma que al principio del combate, sin una sola fisura de rendición.
Azharel se acercó un paso, sin prisa, observando el agujero con la atención clínica que había dedicado a cada herida anterior, como si todavía esperara encontrar la grieta que explicara por qué Sheijuu seguía de pie.
—¿Por qué me miras? —preguntó, y sonó casi genuino, despojado por un instante de burla.
Sheijuu no respondió. Su respiración entrecortada marcaba un ritmo irregular que no lograba disimular.
—Ya no tienes salvación —continuó Azharel, más despacio, probando el peso de cada palabra.
Sheijuu siguió sin responder. El silencio entre los dos empezaba a parecerse menos a una ausencia y más a una decisión.
—¿Sabes cuál es la única razón por la que llegaste tan lejos? —insistió el Primordial, inclinándose, acercando el rostro agrietado al de Sheijuu, hasta un lugar donde el silencio ya no fuera tan fácil de sostener.
Sheijuu tragó. La sangre acumulada en su boca bajó por fin, caliente y espesa, y con ella algo pareció aflojarse en su garganta.
—Ustedes —dijo, la voz apenas un hilo al principio, ganando firmeza— ¿siempre hablan tanto?
La voz le salió limpia, sin el dolor ni el cansancio, como si hubiera encontrado un compartimento intacto en algún lugar de sí mismo y hubiera decidido hablar desde ahí, solo por esa frase.
El silencio que siguió tuvo un peso distinto al de todos los anteriores.
Azharel endureció el rostro. La grieta de su mejilla pareció tensarse junto con el resto de sus facciones. Bajó la mano.
La vara avanzó, tan rápida como un disparo. Sheijuu no tenía forma física de detenerla. El cuerpo entero le pareció una herramienta insuficiente, agotada mucho antes de lo que la situación exigía. Pero no necesitaba nada físico.
Solo voluntad.
Abrió los dos ojos de par en par. El polvo suspendido, la vara en pleno vuelo, las pequeñas rocas que flotaban desde el último impacto: todo se detuvo en seco, como si el tiempo mismo contuviera el aliento junto con él. La sangre le bajaba ahora de ambos ojos, trazando dos surcos limpios sobre la piel cubierta de polvo, y el ardor había crecido hasta un punto donde sabía, con una certeza fría, que si los cerraba ahora no volvería a abrirlos en horas. Levantó la mano izquierda, embarrada de su propia sangre, en dirección a Azharel.
El Primordial reconoció el gesto de inmediato.
La misma esfera que había borrado una porción entera del terreno donde habían peleado antes. Eso parecía estar formándose. Eso fue lo que Azharel vio, y lo que lo hizo desaparecer y reaparecer a más de un kilómetro de distancia, un respeto involuntario hacia algo que ya le había costado un brazo.
No había ninguna esfera.
—Esta será la última vez —dijo Majull, con una voz que no dejaba espacio para la discusión, mientras Sheijuu juntaba ambas manos frente a sí.
—Lo sé —respondió en voz alta, apenas un susurro que de todas formas resonó con claridad en el silencio del planeta.
El ardor se apagó de golpe, como una vela cortada a mitad de su llama. La herida del abdomen cerró lo suficiente para que dejara de sentir que algo intentaba escapar de él. El corte de la ceja, el hombro, las costillas: todo se alivió en la misma oleada, un alivio real pero prestado, porque en el mismo instante la fatiga se profundizó hasta un vacío en el centro del pecho que ninguna curación podía llenar.
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No era gratis.
Habían pasado ocho segundos.
Dos dragones venían ya desde la distancia, dos siluetas blancas que ondulaban contra el fondo oscuro, y por encima de ellos varias varas más se formaban sobre la posición de Sheijuu, esperando su turno. Cerró el ojo que prácticamente ya no le servía y dejó que el otro cargara con todo el trabajo.
Esquivó tres varas directas al rostro, sintiendo el aire desplazado rozarle la nuca. Saltó hacia atrás para evitar otras que llegaban desde arriba. De frente venían más de las que podía contar; con la katana desvió algunas, soltando chispas, mientras otras le abrían cortes poco profundos, la falta de profundidad de visión robándole la precisión de antes. Una vara, que venía justo detrás de otra que sí había desviado, se le clavó en el hombro izquierdo hasta tocar el hueso.
El dolor llegó con un retraso extraño. Llevó la mano hacia ella, dispuesto a arrancarla.
—Déjala ahí —dijo Majull—. No la quites.
No dijo nada, pero la dejó, los dedos apartándose despacio, casi a regañadientes.
Los dragones llegaron. El primero lo esquivó con un salto amplio hacia la izquierda, estrellándose contra el suelo en una explosión de polvo y roca. El segundo era el ataque real. Sheijuu solo alcanzó a interponer la katana antes de que el impacto lo arrastrara cientos de metros hasta estrellarlo contra un montículo de roca, aplastado bajo el peso de la criatura.
Azharel no le dio tiempo de decidir entre un salto de vacío o una esfera para destruir al dragón. Estaba cien metros por encima, directamente sobre el forcejeo, y de las decenas de grietas que se abrían a su alrededor emergieron varas apuntando hacia abajo, con la intención de atravesar tanto al dragón como a lo que hubiera debajo.
Todas salieron disparadas. Todas a una velocidad que cortaba el aire.
Sheijuu eligió el salto de vacío.
Reapareció unos metros por encima de Azharel, la katana sostenida con ambas manos, en picado, apuntando a la cabeza del Primordial.
—¡Esos malditos ojos! —gritó Azharel, girándose para interceptarlo, la vara ya de vuelta en su mano, la voz cargada de una frustración que ya no disimulaba.
El choque volvió a resonar en el vacío. Se separaron en el aire, y sin suelo bajo los pies para absorber el impacto, cada golpe hacía girar a Sheijuu sin control. Bloqueó un rodillazo con su propia rodilla y el impacto lo lanzó hacia atrás en un arco que la gravedad del planeta, débil pero presente, empezaba ya a curvar hacia abajo. Azharel volvió a lanzarse, y el dragón, ya incorporado, se unió a él.
Lo que siguió fue un castigo combinado, Azharel y la criatura trabajando como una sola entidad para no dejarle a Sheijuu ni un segundo de contacto con el suelo. Sheijuu no sabía pelear en el aire, y Azharel exprimía esa debilidad con la precisión de quien ha encontrado por fin el punto donde presionar. El dragón lo embistió desde abajo, obligándolo a elevarse para no quedar atrapado entre su cuerpo y la vara que esperaba arriba; Sheijuu usó el impulso del giro para desviarla con el plano de la katana, el golpe recorriéndole el brazo hasta el hombro, y apenas escapó por un hueco que se cerró un segundo después de que pasara. El alivio duró lo que tardó Azharel en aparecer de nuevo, esta vez desde abajo, con un golpe ascendente que lo envió girando varios metros.
Intentó ganar altura para orientar un salto de vacío, pero Azharel leyó la intención y cerró el ángulo con la vara extendida como una barrera. Sheijuu torció el cuerpo en el último instante, el filo rozándole las costillas dañadas, y usó el propio dolor como ancla para un corte desesperado que no buscaba alcanzar a nadie sino ganar el medio segundo que necesitaba para no caer en las fauces del dragón, que había cerrado desde el flanco contrario. Giró, cortó, falló, y los dientes le rozaron el costado, no lo bastante profundo para desgarrar pero sí para que un hilo nuevo de sangre flotara un instante antes de dispersarse en gotas que el frío del espacio congelaba casi al instante.
Pero seguía respondiendo. Cada golpe bloqueado, cada esquiva a medias, cada corte fallido seguía siendo, de alguna forma retorcida, información que se acumulaba, una cuenta que seguía subiendo.
Se elevó más, a toda la velocidad que le quedaba, el dragón siguiéndolo a escasos metros, paciente, seguro de que el espacio para escapar se agotaría. Azharel apareció por encima y le cortó el paso.
Sheijuu no se detuvo. Gritó, un sonido que salió más de la desesperación que de ninguna estrategia, y la katana chocó contra la vara del Primordial.
Las chispas del impacto iluminaron algo que no estaba ahí antes.
Una grieta en el rostro de Azharel. Fina, irregular, con la textura exacta de una fractura en porcelana, extendiéndose desde el pómulo hacia la sien en una línea que no debería existir en un rostro como el suyo.
Fue solo un instante, apenas un destello entre el caos que su mente sobrecargada no tuvo capacidad de procesar. El dragón lo arrastró hacia la derecha, y justo cuando Sheijuu se preparaba para reventarlo desde dentro, la cola golpeó como un látigo y lo mandó a caer en picado.
Esta vez no lo siguieron. Ni el dragón, ni Azharel.
Sheijuu descendió los setecientos metros hasta el suelo sin que nada interrumpiera la caída, el silencio del vacío envolviéndolo de una forma casi amable.
Arriba, Azharel se llevó la mano al rostro, los ojos abiertos de par en par, los dedos palpando la grieta con la incredulidad de quien toca algo que no debería estar ahí. La ira y la frustración le endurecieron las facciones, una expresión que no tenía nada que ver con el combate y todo que ver con algo que acababa de descubrir sobre sí mismo.
El dragón se desmoronó en el aire, sin razón aparente, disolviéndose en polvo blanco que el vacío dispersó sin prisa, como si la concentración que lo sostenía se hubiera apagado de golpe.
Azharel cerró el puño con fuerza, y la vara de antes volvió a aparecer a su lado. Después descendió, rápido, hasta quedar a veinte metros de Sheijuu.
—Voy a arrancarte esos malditos ojos —dijo, ya en postura de combate, la voz despojada de la curiosidad fría con la que había empezado el enfrentamiento.
Sheijuu respondió girando la katana en la mano hasta que el filo apuntó hacia abajo.
Lo que siguió ya no tuvo nombre para ninguna técnica.
Azharel cargó primero, la vara convertida en una extensión de su brazo, y Sheijuu la recibió con la hoja en ángulo bajo, desviándola apenas, el impacto subiéndole por la muñeca hasta el codo. No hubo grietas espaciales, ni agujas lloviendo, ni dragones repartiendo la presión. Solo los dos, demasiado cerca, intercambiando golpes que ya no buscaban elegancia sino llegar primero.
El mundo de Sheijuu empezaba a estrecharse por los bordes. No físicamente, sino en un lugar más profundo, donde la conciencia cedía terreno en fracciones de segundo: un parpadeo que duraba un poco más de lo debido, un instante en que el campo de batalla se desenfocaba antes de volver a enfocarse con un esfuerzo que cada vez costaba más, como si alguna parte de él ya estuviera empezando, en silencio, a despedirse.
Azharel tampoco estaba intacto. La grieta de porcelana de su mejilla se había ramificado hacia la sien en líneas delgadas que no sangraban porque no había nada debajo que sangrara así, solo una superficie que cedía bajo una presión que el propio Primordial no parecía haber anticipado.
Un golpe de la vara alcanzó el costado de Sheijuu, y él respondió con un corte que Azharel bloqueó tarde, lo justo para que el filo le abriera una línea nueva en el antebrazo. Ninguno retrocedió. Siguieron golpeando y recibiendo golpes a esa distancia imposible.
En algún punto, la katana se le escapó de la mano a Sheijuu.
No fue un desarme limpio. Los dedos simplemente ya no tenían fuerza para sostenerla cuando la vara volvió a impactar contra el filo, y el arma cayó girando hacia la roca. Sin ella, tuvo que apartarse del siguiente golpe usando solo el cuerpo, un movimiento torpe y tardío. Se dejó caer, rodó, sintiendo cada piedra como un golpe más, cerró los dedos alrededor del mango un instante después de lo que habría querido y se incorporó justo a tiempo para desviar el ataque que ya venía.
Azharel ya no hablaba. Golpeaba, y cada golpe llevaba la misma frustración que la grieta de su rostro parecía documentar en silencio.
Sheijuu sintió que el cuerpo empezaba a fallarle en direcciones nuevas: el tiempo de reacción, la fuerza del agarre, la capacidad de mantener los ojos abiertos sin que el ardor residual se los nublara. Supo, con la misma claridad fría con que había identificado cada patrón anterior, que no le quedaba mucho más que dar.
Así que decidió gastarlo todo de una vez.
Bajó la guardia. No por accidente ni por agotamiento, sino de forma deliberada, dejando los ojos completamente expuestos, una invitación ambigua.
Azharel no la dejó pasar.
La mano del Primordial se lanzó hacia el rostro de Sheijuu con toda la velocidad que le quedaba, los dedos abiertos.
Sheijuu abrió los dos ojos de par en par.
La mano se detuvo a centímetros, en el mismo punto imposible donde ya la había detenido una vez, solo que esta vez la cercanía lo cambiaba todo: la técnica, aplicada casi sobre la piel, no tuvo que luchar contra ninguna distancia, y la presión que nació del Ojo del Vacío fue absoluta, sin margen para que Azharel la rompiera por fuerza bruta.
El tiempo que tardó Azharel en procesar lo que ocurría fue exactamente el que Sheijuu necesitaba.
No dudó.
La espada fue hacia delante en línea recta, sin adornos, con la economía de movimiento de quien sabe que tiene un solo instante. La punta atravesó el cuello de Azharel de frente hacia atrás, salió por el otro lado, y la mano libre de Sheijuu golpeó la base del mango para impulsarla más, hasta que la guarda quedó contra la piel del Primordial y no quedó más hoja por atravesar.
La presión desapareció.
Sheijuu no empujó la espada: la empujó y soltó. El último golpe contra la base del mango y la presión del Ojo del Vacío se liberaron en el mismo instante, y la fuerza que había mantenido a Azharel clavado en su sitio salió de golpe, sin dirección, como un resorte al que le cortan el hilo.
El Primordial salió despedido hacia atrás y rodó por la roca gris, torpe, sin control, la espada todavía atravesándole el cuello. Cuando por fin se detuvo en un pequeño crater, lo único que alcanzó a hacer fue cerrar la mano sobre la empuñadura y arrancársela. La regeneración empezó a cerrar la herida, lenta, mucho más lenta que nunca, como algo que ya no tenía de dónde sacar lo que le pedían.
Levantó la vista.
Sheijuu ya no estaba en el suelo. Había saltado con lo último que le quedaba en las piernas, varios metros por encima del cráter, y entre sus manos giraba una esfera de detonación pura. Treinta metros. Treinta y cinco. Cuarenta, hasta que su luz fue lo único que iluminaba la superficie gris en kilómetros a la redonda.
Azharel intentó incorporarse. No llegó a hacerlo. Solo pudo mirar, y comprender, con la claridad con que los Primordiales procesaban todo, que aquello no tenía respuesta. Las matemáticas eran simples y definitivas.
—¡Remátalo! —ordenó Majull.
Sheijuu no reunió el aire a su alrededor. No formó la corriente que lo protegería del retroceso. No quedaba suficiente de él para acordarse.
La esfera descendió.
La explosión arrancó cientos de metros de superficie, pulverizó formaciones rocosas que llevaban miles de años en el mismo lugar, convirtió cráteres antiguos en cráteres nuevos y más profundos, y propagó una onda expansiva que cruzó el horizonte con la misma indiferencia con que el planeta había soportado todo lo anterior.
Sin el escudo de aire que normalmente desviaba el impacto, la onda de retroceso golpeó a Sheijuu de lleno. El brazo derecho, el mismo que había sostenido la katana hasta la guarda, no resistió: se desprendió a la altura del húmero con una facilidad brutal, arrancado por una fuerza que ya nada contenía.
La explosión lo lanzó hacia atrás con una fuerza arrolladora.
Cuando el polvo empezó a disiparse, el silencio era diferente al de antes del combate. Más completo. Más permanente. El silencio que existe cuando una variable que había estado presente ha dejado de estarlo.
Donde antes estaba Azharel no quedaba nada. Ni cuerpo, ni sangre, ni Escencia residual. Solo un cráter colosal en la roca muerta, con paredes que aún brillaban por el calor, perfectamente vacío.
Sheijuu se levantó de dónde había caído pero no llegó a procesar la pérdida del brazo. El cuerpo, sin nada más que dar, se apagó de golpe. No hubo ningún intento de Majull esperando en reserva. Cayó hacia adelante, sin red que lo sostuviera, y golpeó la roca gris con el peso completo de su cuerpo.
La oscuridad se lo llevó antes de tocar el suelo.
---
Fin del Capítulo 45.
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