Sheijuu. [Español]

Capitulo 53: La velocidad del viento.

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# Capítulo 53

## La velocidad del viento

Día 355 — 11 meses y medio desde la partida de Sadoku

Pasaron cuatro días más de entrenamiento intensivo. Sheijuu dominó las corrientes de aire comprimido desde el vuelo, consiguió lanzar pinchos a distancia con una precisión que ya no requería concentración visible, y aprendió a cambiar de dirección en el aire sin perder el control de las técnicas que mantenía activas. La llanura se había convertido en su campo de pruebas, y el viento que movía la hierba ya no era un simple fenómeno meteorológico, sino una parte de su propio sistema de percepción, una variable más que el Ojo del Vacío procesaba automáticamente mientras se movía.

—Estás listo —dijo Majull, al amanecer del quinto día—. Ha llegado el momento de comprobar tu velocidad máxima. No para medirte con números, sino para que sepas lo que tu cuerpo puede hacer. Y para que sepas cómo se siente ir a esa velocidad.

Sheijuu se detuvo en el aire, a unos cincuenta metros sobre la hierba. La luz del sol, todavía baja, proyectaba sombras largas sobre la llanura, y las criaturas de cuatro patas con pinchos en los talones pastaban a lo lejos con la indiferencia de quienes habían aprendido que aquella figura suspendida en el cielo no representaba ninguna amenaza.

—¿Cómo sé cuál es mi límite?

—Lo sabrás porque tu cuerpo te lo dirá. Cuando empieces a sentir que el control se te escapa, que el Ojo del Vacío ya no puede procesar el entorno tan rápido como se mueve, habrás llegado a tu límite actual. No lo fuerces más allá de eso. El límite se expandirá con el tiempo. No hace falta romperlo en un solo día.

Sheijuu cerró los ojos un momento, sintiendo el viento en la cara, el peso de su propio cuerpo suspendido, la conexión constante con la Escencia del entorno que Majull le había enseñado a mantener. Cuando los abrió, había algo diferente en su mirada.

—De acuerdo.

Respiró hondo y se lanzó.

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Al principio, la velocidad fue gradual, apenas una aceleración suave que movió la hierba bajo él en ondas cada vez más amplias. La llanura empezó a deslizarse por debajo, un tapiz de verde y dorado que se movía en sincronía con su avance. Las criaturas levantaron la cabeza al sentir el viento, y una de ellas emitió un sonido breve, un reclamo que se perdió rápidamente en el aire.

Sheijuu aceleró.

Cien kilómetros por hora. El aire dejó de ser una brisa y empezó a tener peso: una presión constante contra el pecho, contra la cara, contra los ojos, que lo obligó a entrecerrarlos. El viento le daba de lleno, sin nada que lo desviara, y Sheijuu tuvo que inclinar el cuerpo y encoger los hombros para ofrecerle menos superficie. Era incómodo, no peligroso.

Doscientos. El paisaje se volvió borroso. Los detalles que antes distinguía con claridad, como las flores diminutas entre la hierba, los movimientos de las criaturas o las sombras de las nubes sobre el terreno, comenzaron a fusionarse en un flujo continuo de color y luz. El sonido de su propio paso a través del aire se convirtió en un rugido constante.

Trescientos. El rugido se afinó hasta volverse un silbido agudo y limpio, tenso como una cuerda a punto de romperse. Sheijuu se dio cuenta de que estaba conteniendo el aire.

—Respira. Relájate. —dijo Majull, por primera vez desde que había despegado.

Respiró. Los hombros se le soltaron un poco, y el vuelo se volvió más suave.

Quinientos.

La llanura terminó sin aviso. Una franja oscura de bosque pasó bajo él como una mancha de tinta, después un río, un destello de plata que desapareció antes de que pudiera mirarlo, después colinas que se encadenaban unas con otras como olas petrificadas. El horizonte se curvaba ligeramente, mostrándole por primera vez la verdadera forma del planeta. A aquella velocidad, el mundo dejaba de ser un lugar fijo y se convertía en algo que fluía a su alrededor.

Cada kilómetro le costaba algo. No mucha Escencia, pero sí una atención que no podía soltar ni un instante: a esa velocidad, un error de cálculo ya no era un tropiezo, era una colina. Los músculos del cuello le ardían de sostener la postura. Los ojos le lagrimeaban, y las lágrimas se le perdían hacia atrás sin llegar a rodarle por la cara.

Pensó, sin que viniera a cuento, en la velocidad de Azharel. En cómo lo había rodeado, cambiado el ángulo y golpeado en menos tiempo del que había tardado en parpadear. Aquello era más rápido de lo que Sheijuu había volado jamás, y aun así sospechaba que no se acercaba.

Seiscientos. Casi setecientos.

Ahí lo sintió. Una tensión en la base del cráneo, una vibración en los ojos: el Ojo del Vacío empezaba a perder detalle, a no poder seguir el ritmo de lo que veía. Pasó de percibir árboles individuales a distinguir solo masas de verde, de leer los movimientos de las criaturas a ver manchas que se movían sin forma definida. Sintió el borde de aquel límite como se siente el borde de un escalón en la oscuridad, un instante antes de que el pie lo encuentre.

Sabía que aquel era su límite actual. No porque Majull se lo dijera, sino porque su propio cuerpo se lo estaba comunicando con la claridad inconfundible de quien ha llegado al borde de lo que puede hacer y sabe que forzarlo más tendría consecuencias.

Redujo la velocidad gradualmente, dejando que el mundo volviera a tomar forma. Los árboles recuperaron sus contornos, las nubes dejaron de ser una línea borrosa en el horizonte y volvieron a tener textura, y el viento, antes un rugido constante, se convirtió en un susurro que le acariciaba la piel.

Se detuvo a unos pocos metros del suelo, flotando sobre una colina que no había visto antes, y sintió el latido acelerado de su propio corazón. No era miedo lo que sentía, ni euforia, sino una extraña sensación de quietud que solo el movimiento extremo podía proporcionar: la calma que sigue a la velocidad, el silencio que viene después del viento.

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—¿Has visto? —preguntó Majull, con un tono que era casi cálido.

—He visto el planeta entero.

—No todo. Unos cuantos kilómetros de él. ¿Qué te parece?

Sheijuu no respondió de inmediato. Se quedó flotando, observando el paisaje que tenía delante. Colinas suaves, bosques densos, ríos que brillaban bajo el sol de media mañana. Había visto muchos planetas desde que empezó la cacería. Algunos hermosos, otros hostiles, otros vacíos y muertos. Pero aquel era diferente. No porque fuera más espectacular que otros, sino porque era el primero en el que, sin darse cuenta, había dejado de ser solo un visitante.

—Me gusta —dijo finalmente—. Aquí puedo entrenar sin miedo a destruir algo importante. Puedo volar sin preocuparme de que alguien me vea. Puedo...

Hizo una pausa, buscando la palabra exacta.

—Puedo descansar.

—¿Entonces, ya tiene nombre?

—No. Pero debería tenerlo. Hay planetas que no lo merecen. Este sí.

Sheijuu pensó un momento, dejando que la imagen del planeta desde arriba (los verdes profundos, los azules de los ríos, el contorno del bosque que él había recorrido) se fijara en su mente.

—Los Nahru nombran un lugar por lo que te da —dijo—. Este me dio algo que no sabía que buscaba.

Hizo una pausa.

—Lo llamaré Veth. La palabra en el idioma de los Nahru para «refugio». No exactamente refugio de la guerra, sino refugio de la necesidad de estar siempre en movimiento. Un lugar donde no tienes que ir a ningún lado.

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La palabra salió con una cadencia que no era del todo suya, la de alguien que la habría pronunciado mejor. Majull no dijo nada, pero en su silencio había una aprobación que no necesitaba palabras.

Sheijuu descendió suavemente y posó los pies sobre la hierba de la colina. El viento movía la vegetación a su alrededor, y a lo lejos, junto a un río, una manada de criaturas altas y delgadas bajaba a beber en fila, con patas largas como zancos, un pelaje del color de la ceniza húmeda y una cresta de plumas rígidas que se erizaba cada vez que una de ellas levantaba la cabeza. Se quedó ahí un momento, sintiendo el suelo bajo sus pies, la certeza de haber encontrado algo que no había buscado.

—Hay una cosa —dijo, después de un silencio que duró varios segundos—. Cuando me vaya de aquí, ¿cómo hago para volver? No puedo confiar solo en el recuerdo de cómo llegar. El espacio es demasiado grande.

—Tienes razón —respondió Majull—. El espacio no tiene señales. No hay caminos marcados ni puntos de referencia visibles. Para viajar con precisión, necesitas más que memoria visual. Necesitas un mapa mental basado en las firmas de Escencia.

—¿Firmas de Escencia?

—Cada cosa que existe desprende una Escencia con una firma única. Los seres vivos la tienen, desde la criatura más pequeña hasta la más grande. Los planetas también. Pero en el caso de los planetas, la firma no es la suya propia, es la mezcla de todas las vidas que han existido y existen en él. La Escencia de la hierba, de los árboles, de los animales, del agua. Todo eso se combina en una especie de... huella dactilar. Única para cada mundo.

Sheijuu procesó aquello en silencio.

—Así que para volver aquí, necesito recordar su firma.

—Exactamente. Y necesitas recordarla con precisión. Porque en el espacio, la más mínima diferencia en la compresión del Vacío puede desviarte bastante de tu objetivo. Recuerda lo que te pasó cuando empezamos a practicar en Sadoku: te metiste dentro de un árbol.

—Sí... Fue bastante doloroso.

—Eso fue por una mala calibración en la compresión. Pero incluso con una buena calibración, sin una referencia clara de la firma de Escencia del planeta, corres el riesgo de confundirlo con otro mundo similar. Y hay muchos mundos verdes con ríos y bosques. Ninguno, sin embargo, tienen esta firma exacta.

—¿Cómo aprendo a distinguirlas?

—Con los Ojos del Vacío no puedes. Todavía.

Sheijuu frunció el ceño.

—Los uso todos los días y sigo sin saber exactamente qué son.

—Es normal. Casi nadie lo sabe. —Majull hizo una pausa—. Tu runa del Vacío se asoma a tu mirada cuando la activas: esa grieta fina que te cruza el iris, como una rotura en un cristal. No es solo tuya. Cualquier ser con una runa activa la muestra, humano, animal, Primordial, guardián. Y cuantas más runas tenga activas a la vez, más grietas aparecen. Cuando las desactivas no se van al instante: tardan, según cuánto tiempo las hayas tenido activas y cuánta Escencia hayas gastado.

—¿Por qué ocurre?

—No lo sé. Nadie lo sabe. Es de esas cosas que simplemente son así.

—¿Y los nombres?

—Con una o dos runas activas, a esos ojos los llamamos Ojos del Vacío. Con tres a cinco, Ojos del Abismo. —Majull hizo una pausa—. Después de eso no puedo darte nombres.

Sheijuu se detuvo en el aire.

—Tú tenías las diez. ¿O no?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo no sabes qué viene después de los Ojos del Abismo?

—Porque con la quinta cambió todo. Cuando aprendí a usar la del Pilar, las demás se volvieron muchísimo más sencillas, y pasé de la quinta a la décima sin detenerme a mirar lo que había en medio. Desde entonces las llevé activas casi todo el tiempo.

—¿Y tus ojos?

—Eran normales. Para mí. Pero los vi reflejados en... muchos lugares: grietas, muchas, dentro del iris y fuera de él, por toda la cara. —Una pausa—. No tienen nombre que yo conozca. Había alguien conmigo entonces, y hacia esa época dejó de darle importancia a los nombres. Yo tampoco pregunté.

Sheijuu quiso insistir, pero la forma en que Majull había dicho «alguien» le hizo callar y seguir con el hilo principal.

—¿Y qué cambia?

—Lo que ves. Los Ojos del Vacío te muestran lo que falta y, por contraste, lo que hay. Dónde termina la materia. Dónde empieza la Escencia. Por eso te sirven para rastrear, para trazar rutas, para encontrar un lugar exacto en un espacio donde no hay nada que ver. Pero tienen un límite. Ahora mismo distingues un mundo vivo de uno muerto, uno denso de uno pobre. Entre dos mundos vivos, para ti toda la Escencia ambiental se parece: un brillo general, sin contornos definidos.

—¿Y con los del Abismo?

—Mirarías dentro de lo que hay. Ya no verías un brillo: verías de qué está hecho. Para ti la firma de un planeta es una luz; con ellos sería una cara. —Una pausa—. Pero necesitarías tres runas activas a la vez, y tienes una. Y ya sabes lo que sé yo de que despierten otras: no depende de que lo aprendas. No puedo prometerte que lo hagan. Así que, por ahora, tendrás que construir un mapa mental.

—¿Y cómo se hace eso con los Ojos del Vacío?

—Con tiempo. Con práctica. Concentrándote en las características que puedas recordar, no solo visuales sino también las que puedas sentir con el Vacío. La textura de la Escencia ambiental, la forma en que fluye, las variaciones de densidad que encuentres en diferentes zonas del planeta. Todo eso lo puedes usar para construir una referencia que te permita reconocerlo desde lejos. No será tan preciso como los Ojos del Abismo, pero será suficiente para volver. —Una pausa—. Y por ahora puedes contar conmigo para la orientación. Ese sentido lo tengo bueno. Ya te lo demostré una vez.

—Ahh. Me acuerdo.

Sheijuu asintió, sintiendo el peso de aquellas palabras. Años de práctica. Años de entrenamiento antes de poder realmente localizar un planeta con precisión. Pero también entendía que aquello era parte del camino.

Se quedó en silencio unos minutos, observando el horizonte, grabando en su mente cada detalle del lugar, cada textura de la Escencia que el Vacío podía ofrecerle. Después se elevó, despacio, y emprendió el regreso hacia donde había estado entrenando, a la velocidad de un paseo, la que le dejaba hablar sin gritar.

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—Antes me hablaste de las criaturas —dijo, finalmente—. Dijiste que ibas a ponerles nombre.

—Sí. Es una forma de hacerlas reales. Y he tenido tiempo de sobra para observar a las que habitan este mundo.

Sheijuu frunció el ceño.

—¿Cuándo? Siempre estás conmigo. ¿En qué momento las miras?

—Cuando tú las miras.

—Eso no responde nada.

—Veo lo que tú ves —dijo Majull—. Pero mi atención es mía. Tú puedes estar mirando un paisaje y tener la vista fija en una fruta de un árbol. Yo estoy mirando ese mismo paisaje a través de tus ojos, y puedo estar fijándome en el pájaro que da vueltas alrededor de esa fruta. La imagen es la misma. La atención se puede dividir.

—¿Siempre?

—Casi siempre. Mientras tú practicabas el vuelo, yo observaba la manada.

Sheijuu se quedó un momento en silencio, repasando los últimos meses, los momentos en los que había creído estar a solas con sus pensamientos.

—¿Es esta una de esas cosas importantes que te molesta que no te diga? —preguntó Majull.

—No tanto —respondió Sheijuu, tras pensarlo—. Es un detalle curioso. —Hizo una pausa—. Lo que no entiendo es cómo puedes no saber qué es lo importante para mí. Te lo he dicho. Más de una vez.

—No soy humano. —No sonó a excusa, sino a dato—. Me fijo en cosas que para ti no pesan. Cuánto tarda la hierba en levantarse después de que algo pasa por encima. A qué hora callan los pájaros antes de una tormenta. Cuántas veces cambia de guardia una manada en una noche. Para mí eso es importante. Para ti es ruido. Y lo que a ti te parece grave, a veces no lo noto hasta que reaccionas.

Sheijuu pensó que esa respuesta explicaba muchas cosas, y que no resolvía ninguna.

—Entonces tendrás que aprenderte mi lista.

—Lo intentaré.

Mientras hablaban, la llanura apareció en el horizonte, dorada bajo una luz que empezaba a inclinarse. Abajo, la manada pastaba exactamente donde la habían dejado.

—Los de cuatro patas con pinchos en los talones que pastan ahí, los que has visto desde que llegaste, los llamo «korvath» —dijo Majull—. Es una palabra de un idioma que ya no existe, de un mundo que también dejó de existir hace mucho tiempo. Significa «los que corren sin detenerse». Encaja con ellos.

—¿Y los voladores grandes?

Sheijuu levantó la vista. Muy arriba, ocho o diez siluetas enormes describían círculos lentos sobre una columna de aire cálido, con alas de unos veinte metros de envergadura que apenas se movían.

—Esos son «Korlassar». También del mismo idioma desaparecido. Significa «los que miran desde arriba». No son depredadores agresivos, pero si te acercas demasiado a sus nidos, pueden ser territoriales. Los he visto ahuyentar a criaturas mucho más grandes que ellos con solo mostrarse.

—Korlassar —repitió Sheijuu—. Es un buen nombre.

Y, sin avisar, ascendió.

Subió en una curva suave, hasta que el aire se enfrió y las siluetas dejaron de ser sombras y empezaron a tener plumas, garras, ojos amarillos y fijos. Uno de ellos giró la cabeza hacia él y soltó un chillido áspero, brusco, que le vibró en el pecho. Otro respondió. Después un tercero. El círculo se cerró un poco, no mucho, lo justo para que Sheijuu entendiera que lo estaban midiendo.

No lo atacaron. Se limitaron a rodearlo a distancia, con la envergadura abierta, chillando cada vez que se acercaba demasiado.

—Les molestas —dijo Majull—. No es hostilidad. Es su cielo. Te están diciendo que está ocupado.

—Entonces no quiero ser grosero.

—No creo que entiendan la cortesía.

Sheijuu retrocedió un poco, sin darles la espalda, y descendió despacio. Los chillidos lo siguieron un rato, cada vez menos urgentes, hasta que volvieron al silencio de los círculos.

—Los que viven en los bosques profundos, los que tienen seis patas y se comunican con sonidos complejos, esos no los he nombrado todavía —dijo Majull, mientras Sheijuu bajaba—. Y los que viste hace un rato junto al río, los de patas largas, tampoco. Pero hay tiempo.

Sheijuu asintió, sin añadir nada más.

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El campo de entrenamiento apareció bajo el sol del atardecer, y Sheijuu lo miró como se mira un sitio que ya empieza a ser conocido. La hierba, dorada y alta, se movía en ondas lentas. A lo lejos se distinguía el cráter del primer día, ahora más pequeño, y las marcas de los pinchos, y el círculo de ceniza donde había encendido el fuego. Los korvath pastaban a su ritmo, sin levantar la cabeza.

Se quedó un momento flotando sobre aquel lugar, sintiendo el viento, el sol rojo, la certeza de haber encontrado un sitio que podría llamar suyo, aunque no poseyera nada y no hubiera ni una sola construcción humana en todo el planeta.

—Veth —repitió, probando el nombre en voz alta—. Volveré aquí.

—Lo sé —dijo Majull—. Los que encuentran refugio siempre vuelven.

El viento sopló una vez más sobre la llanura. Sheijuu empezó a descender hacia la hierba mientras el sol tocaba el horizonte.

---

*Fin del Capítulo 53.*

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