Sheijuu. [Español]
Capítulo 41: Lo que el ojo no debe ignorar.
Capítulo 41
Lo que el ojo no debe ignorar
El corte iba directo al cuello.
Fue un movimiento limpio, el mejor que Sheijuu había conseguido articular en todo el combate, calculado sobre el patrón que había estado leyendo durante los últimos minutos: el ángulo que el Primordial prefería para reaparecer, el medio segundo de margen entre el desplazamiento de su Escencia y la acción que lo seguía. Debería haber sido suficiente.
No lo fue.
El Primordial inclinó la cabeza apenas unos centímetros, el gesto mínimo y exacto necesario para que el filo pasara a un dedo de la piel, y en el mismo instante —sin la pausa de recalibración que Sheijuu había aprendido a esperar entre un movimiento y el siguiente— cerró la mano alrededor de su muñeca.
El agarre bastó para detener el brazo en pleno recorrido. Sheijuu sintió el hueso protestar bajo la presión un instante antes de que el Primordial lo soltara con un empujón seco que lo mandó rodando varios metros sobre la roca muerta.
—Bien —dijo el Primordial, y había algo distinto en su voz, una decisión tomada en algún punto entre el esquive y el agarre—. Ya fue suficiente.
El siguiente golpe llegó antes de que el Ojo del Vacío hubiera terminado de registrar el desplazamiento que debía anunciarlo. Sheijuu no lo vio venir con la anticipación a la que se había acostumbrado en los últimos minutos. Lo sintió llegar, sin más aviso que el impacto mismo: el margen que Majull le había enseñado a leer, esa fracción de segundo entre el desplazamiento de Escencia y la acción, se había reducido a algo que apenas alcanzaba a registrarse como advertencia antes de que ya fuera demasiado tarde para usarla.
Lo que siguió no fue exactamente un combate.
Fue un ajuste de expectativas.
El segundo impacto llegó a las costillas mientras Sheijuu todavía estaba procesando el dolor del primero, un golpe cruzado que le sacó el aire de los pulmones antes de que pudiera siquiera intentar bloquearlo. Cayó de rodillas, y en el instante en que sus manos tocaron la roca para no desplomarse del todo, el Primordial ya estaba detrás de él. El tercero encontró su espalda en mitad del movimiento de incorporarse, entre los omóplatos, con la fuerza suficiente para volver a tirarlo al suelo antes de que hubiera terminado de levantarse la primera vez. El cuarto, que llegó a la mandíbula, fue el que más daño hizo porque Sheijuu lo vio venir fracción de segundo antes y aun así no pudo hacer nada para evitarlo, lo que era cualitativamente peor que no verlo en absoluto porque implicaba que incluso con información no tenía la velocidad de respuesta necesaria para actuar sobre ella.
Salió despedido decenas de metros. La roca muerta se abrió a su paso.
El Ojo del Vacío seguía el rastro del Primordial en fragmentos, destellos discontinuos de presencia que aparecían y desaparecían demasiado rápido para que el cerebro pudiera convertirlos en información útil ahora que el margen se había reducido tanto. Sheijuu intentó extender la percepción más, forzar el ojo a procesar más rápido de lo que estaba diseñado para hacerlo, y lo único que consiguió fue un dolor sordo detrás de las cuencas que se sumó a la colección de dolores que ya llevaba acumulados.
—No pienses en atraparlo —dijo Majull.
Sheijuu rodó para evitar otro impacto. La roca explotó exactamente donde había estado su cabeza, generando una onda de presión que le llegó igual aunque ya no estuviera en el punto de impacto directo.
—Entonces dime qué hago.
—Sobrevive.
Recibió otro golpe antes de terminar de estabilizarse: un codazo lanzado con el mismo movimiento del giro anterior, que lo alcanzó en el costado con la precisión de quien no necesita mirar para acertar. Fue arrastrado otras decenas de metros sobre la superficie sin atmósfera del planeta muerto, dejando un surco en la roca que habría parecido el resultado de un proyectil de artillería si hubiera alguien en aquel planeta para verlo y clasificarlo.
El Primordial apareció por primera vez a poca distancia sin atacar de inmediato, simplemente observando. No sudaba. No respiraba con dificultad. No mostraba ninguno de los signos físicos que acompañan al esfuerzo sostenido porque, evidentemente, aquello no era esfuerzo para él. Era lo que Sheijuu había visto en el ejército de Valthar cuando los instructores más experimentados hacían demostraciones para los reclutas nuevos, ese estado de concentración sin tensión que solo existe cuando alguien está tan por encima del nivel del ejercicio que puede ejecutarlo pensando en otra cosa.
—Qué extraño —murmuró el Primordial, casi para sí mismo.
Esperó a que Sheijuu se incorporara antes de desaparecer de nuevo. Aquello, paradójicamente, fue más perturbador que si hubiera continuado atacando sin pausa: la paciencia de esperar implicaba que no tenía ninguna razón para apresurarse, que podía tomarse el tiempo que quisiera porque el resultado no estaba en duda.
Esta vez Sheijuu actuó antes de recibir el golpe.
Envainó la katana de un solo movimiento.
Extendió ambas manos, liberó una cantidad de Escencia que en cualquier contexto racional habría considerado excesiva, y lanzó la esfera de detonación pura sin apuntar a ningún lugar en particular, simplemente hacia todo el espacio circundante a la vez. No pensaba en dónde estaba el Primordial, ni en si el ataque tenía alguna lógica que valiera la pena defender después. Pensaba solo en que, cuando volviera a aparecer frente a él, fuera donde fuera, esa iba a ser la última vez. No era estrategia. Era desesperación convertida en poder bruto.
La explosión arrancó kilómetros de roca muerta en todas las direcciones, levantó una cortina de polvo que convirtió el horizonte entero en algo opaco, y obligó al Primordial a alejarse varios cientos de metros para evitar el rango de impacto.
La onda expansiva no distinguió entre objetivo y origen. Sheijuu sintió el aire comprimirse contra su propio cuerpo un instante antes de salir despedido hacia atrás, dando vueltas sobre la roca hasta detenerse boca abajo, con el pecho ardiendo por la falta de aire. Había soltado, por instinto, la misma ráfaga que usaba siempre para apartar parte de la explosión de su propio cuerpo —el mismo truco que tantos brazos rotos le había costado aprender junto al lago, años atrás—, pero esta vez la esfera había sido demasiado grande para que ese gesto bastara. Sus palmas, las mismas desde donde había liberado la Escencia, ya no eran piel: eran dos heridas abiertas, rojas y húmedas, con la carne visible en los bordes, y el dolor le subía por los antebrazos en oleadas que se sincronizaban con los latidos de su corazón. Cuando intentó cerrar los puños, apenas consiguió doblar los dedos.
El polvo tardó en asentarse. Fragmentos de roca de todos los tamaños, arrancados por la propia onda expansiva, se dispersaron en direcciones que no obedecían a ninguna lógica familiar. Los más pequeños, del tamaño de un puño, seguían trayectorias rectas que no se doblaban hacia el suelo, perdiéndose hacia el cielo negro sin que nada los hiciera volver. Solo los bloques más grandes, los que pesaban lo suficiente para que la débil gravedad del planeta todavía tuviera algo que decir sobre ellos, empezaron a curvar su trayectoria de vuelta hacia la superficie, cayendo con una lentitud casi cómica, como si el planeta entero se hubiera olvidado de la prisa.
—¿Le di? —preguntó Sheijuu, sin apartar la vista de la nube que todavía no terminaba de disiparse—. ¿Lo maté?
—No —respondió Majull, tras un instante—. Y acabas de gastar una cantidad absurda de Escencia para no conseguir nada más que hacer ruido.
El Primordial reapareció sobre una formación rocosa distante, observando el cráter enorme que la explosión había dejado en el planeta con algo que se parecía genuinamente a la apreciación estética. Después miró a Sheijuu con una expresión que había cambiado de la evaluación al análisis, como si hubiera añadido una categoría nueva a la clasificación que estaba construyendo.
—Ah. Bueno, eso es nuevo. Pero lo entiendo ahora.
—¿Qué entiendes? —preguntó Sheijuu. No por curiosidad. Cualquier cosa que el Primordial creyera haber entendido sobre él era, en ese momento, la información más valiosa disponible.
—Tú no peleas como los humanos fuertes. Los que usan precisión, experiencia, técnica. —Miró el cráter de nuevo—. Tú simplemente lanzas poder hasta que algo funciona.
Sheijuu no respondió, porque en parte era verdad, y porque no tenía nada que ganar corrigiéndolo.
—Es refrescante —dijo el Primordial.
Extendió la mano derecha, con la palma hacia arriba, y algo empezó a condensarse sobre ella: Escencia oscura plegándose sobre sí misma, comprimiéndose capa tras capa hasta adoptar una forma sólida, una vara delgada de poco más de metro y medio que terminaba en una punta afilada, hecha de un material que no era exactamente metal ni exactamente cristal sino algo a medio camino entre ambos, tan oscuro que absorbía la poca luz que había en aquel lugar sin devolver casi ninguna. Cuando el Primordial la giró entre los dedos, un destello tenue atravesó el material desde el interior, como si algo se moviera dentro de la vara sin llegar nunca a la superficie.
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—Es refrescante —repitió, con la aguja ya firme en la mano—, pero ya me he divertido suficiente con las manos.
Lo que siguió fue peor que antes, no porque cada golpe individual fuera más fuerte sino porque Sheijuu ya había gastado demasiada Escencia en la explosión indiscriminada, y el margen que le quedaba para absorber daño se había reducido de forma significativa justo cuando el Primordial empezaba a usar algo más que los puños. Sus manos, todavía en carne viva, apenas respondían con la velocidad necesaria para sostener la katana con firmeza.
El primer roce de la aguja le abrió un corte superficial en el hombro que ardió de una forma que ningún golpe anterior había igualado. El segundo, un golpe directo al esternón que llevaba detrás todo el peso del brazo, lo levantó unos metros del suelo, golpe que le arrancó el aire de los pulmones. El Primordial saltó y lo atrapó en pleno vuelo, cerrando la mano alrededor de su tobillo, y tiró hacia abajo con una fuerza que no dejaba espacio para resistirse, estrellando su cuerpo contra la roca con tanta violencia que la piedra se partió bajo el impacto. No le dio tiempo a reaccionar: una patada en el estómago lo mandó volando en línea recta, abriendo un surco en la roca muerta a su paso antes de que su cuerpo se separara del suelo por completo y saliera despedido varios metros más, cayendo después sin ningún control, rodando hasta detenerse boca arriba.
—Vas a perder el conocimiento si sigue así —dijo Majull, sin ningún tacto en la voz.
El golpe llegó mientras todavía intentaba llenar los pulmones de aire: un puñetazo directo que el Primordial lanzó sin ningún ángulo especial, sin ninguna finta, solo la fuerza bruta de un brazo que se movía más rápido de lo que el ojo humano podía seguir, y que se estrelló de lleno contra el puente de la nariz de Sheijuu con un crujido húmedo. El cartílago cedió de inmediato, la sangre empezó a correrle por la boca y la barbilla, y por un instante el mundo se redujo a un blanco ciego antes de que el dolor terminara de asentarse. Sheijuu perdió la cuenta de cuántas veces golpeó el suelo entre un impacto y el siguiente, cada uno llegando con eficiencia despersonalizada.
Estaba a punto de perder el conocimiento cuando ocurrió algo que ninguno de los dos había iniciado conscientemente.
Los ojos de Sheijuu se abrieron solos. Una fuerza invisible empujó al Primordial varios metros hacia atrás. El espacio delante de Sheijuu se deformó y lo tragó, y apareció doscientos kilómetros en línea recta, apenas consciente, con las manos juntas frente a él en un gesto que su cuerpo había ejecutado solo mientras su mente todavía procesaba qué había ocurrido.
—Majj... —Tosió sangre—. ¿Qué estás...?
—Escúchame —interrumpió Majull, con una urgencia que no usaba habitualmente—. Estoy acelerando tu regeneración. Tenemos quince segundos antes de que llegue. Necesito que escuches lo que te voy a decir ahora.
Algo cambió antes de que terminara la frase. El dolor que un segundo antes lo tenía al borde de desmayarse —el pecho, la nariz, las palmas todavía en carne viva— dejó de ser una masa uniforme e insoportable y se volvió, de golpe, algo con lo que podía convivir. No desapareció del todo. Simplemente se volvió cómodo, manejable, como si alguien hubiera bajado el volumen de un grito sin apagarlo por completo.
La mandíbula de Sheijuu volvió a su lugar con un sonido que prefirió no procesar demasiado.
—Tu eficiencia usando Escencia en combate real es un desastre. Tienes que llevarla a donde quieres atacar: a la katana, al codo, al pie. Prácticamente no la estás usando, la estás derrochando en gestos grandes que no conectan. Pero lo más importante ahora mismo, lo único que importa en los próximos treinta segundos: lleva Escencia a los ojos. Tiene que ser constante, pasivo, como respirar. No pienses en nada más que en mantener ese flujo y en no quitarle la vista de encima.
El Primordial venía en su dirección a una velocidad que convertía la distancia entre ellos en algo que se consumía en segundos.
—¿Y eso qué cambia?
—Cambia lo que puedes ver.
Sheijuu no tuvo tiempo de pedir más explicaciones. Enfocó, tal como Majull le había indicado, un flujo pasivo y constante de Escencia hacia los ojos, sin forzarlo, sin hacerlo el centro de su atención sino el fondo sobre el que todo lo demás ocurría.
El Primordial estuvo encima de él en un instante.
Sheijuu se movió hacia la derecha, plegó el espacio a su alrededor durante una fracción de segundo con el mismo principio que usaba para saltar entre sistemas, apenas un puñado de metros esta vez en lugar de años luz, y apareció veinte metros más allá en el momento exacto en que la aguja del Primordial convertía el suelo donde había estado en un cráter de varios metros de diámetro con grietas que se extendían en todas las direcciones desde el punto de impacto.
—Ese golpe probablemente te habría matado —dijo Majull.
—Lo sé.
El Primordial emergió de la cortina de polvo que el impacto había levantado, caminando con normalidad, la aguja de cristal negro todavía en la mano derecha, y se detuvo a observar a Sheijuu con una expresión que contenía algo diferente a la evaluación distante de los intercambios anteriores.
Volvió a atacar.
Sheijuu la vio moverse hacia él, y a su nueva percepción, con la Escencia fluyendo de forma constante hacia los ojos, la aguja se movía apenas más lenta que antes. No mucho. No lo suficiente para que esquivarla fuera cómodo. Pero lo suficiente para que fuera posible. Se apartó lo justo para que la punta le abriera la manga en lugar del brazo.
El Primordial no se detuvo. El segundo ataque llegó desde abajo, un giro completo con la aguja extendida que Sheijuu solo pudo esquivar dejándose caer de espaldas, sintiendo el aire desplazado pasar a centímetros de su garganta. El tercero fue directo, sin amague, y esta vez no consiguió esquivarlo del todo: la punta le cortó el costado izquierdo, un corte poco profundo que empezó a sangrar de inmediato.
Se apartó rodando antes de que el Primordial pudiera retirar el arma y repetir el ataque, y por un instante, mientras se incorporaba con la mano presionando la herida, tuvo tiempo de mirar. No de reaccionar. Solo de mirar, una fracción de segundo antes de que el siguiente golpe llegara, y en esa fracción no vio nada útil. El Primordial se abalanzó de nuevo, la punta de la vara apuntando directo al rostro de Sheijuu, que la dejó pasar girando apenas la cabeza a un lado. Pero el ataque era una finta: con la mano libre, el Primordial lo golpeó en el estómago y lo mandó volando varios metros por el aire.
Sheijuu cayó descontroladamente contra la roca, rodando hasta detenerse, y tardó un segundo entero en volver a incorporarse, una rodilla todavía en el suelo, tosiendo.
—Sigues sin verlo venir —dijo Majull.
—Ya lo sé.
El Primordial abrió y cerró la mano izquierda, un gesto casi distraído, y la relajó de nuevo antes de lanzarse en línea recta hacia Sheijuu, dejando una onda breve en el aire al arrancar. A mitad del recorrido varió el ángulo de ataque, y Sheijuu, todavía procesando el cambio, recibió el golpe en el antebrazo en lugar de esquivarlo del todo. Pero en el instante justo antes del impacto, algo se movió en su percepción que no era exactamente visión: una sombra que se adelantaba al gesto real, mostrándole dónde iba a estar la aguja antes de que llegara allí.
Duró menos de un segundo. No fue suficiente para reaccionar a tiempo.
No era la primera vez que el Ojo del Vacío le ofrecía ese tipo de advertencia. Antes del entrenamiento con Majull, Sheijuu solo lo activaba cuando lo consideraba necesario, y siempre con un flujo irregular, encendido y apagado según el momento, suficiente para leer un ritmo de combate lento pero incapaz de sostenerse cuando el Primordial había dejado de darle ese margen. Mantenerlo constante, como Majull le exigía ahora, era otra cosa por completo: exigía que el cuerpo aprendiera a procesar información a una velocidad para la que no estaba hecho, y esa clase de adaptación tenía un costo que antes no habría podido pagar sin quebrarse en el intento. Solo ahora, con la regeneración acelerada sosteniéndolo golpe tras golpe, tenía la resistencia necesaria para que su cuerpo aprendiera sobre la marcha, encajando cada fragmento de advertencia un poco mejor que el anterior, sin que el proceso mismo lo destruyera antes de que terminara de aprenderlo.
La punta de la vara le abrió un corte irregular en el rostro, un tajo torcido que le cruzó desde el labio inferior hasta un poco más arriba de la ceja derecha, todo eso antes de que consiguiera dar el salto hacia atrás que lo sacó del alcance inmediato del siguiente golpe, aunque no del todo: un segundo impacto le alcanzó de refilón en el costado antes de que el espacio entre ambos volviera a abrirse.
El Primordial entrecerró los ojos, un gesto breve de algo parecido al fastidio, y luego volvieron a su forma habitual. Le dio una vuelta rápida a la vara entre los dedos y continuó la ofensiva. Sheijuu confirmó que lo de antes no había sido una casualidad de la percepción sino algo real y repetible. La sombra volvió a aparecer, esta vez con tiempo suficiente para que el cuerpo de Sheijuu, todavía torpe con la información nueva, alcanzara a girar el hombro fuera de la línea de ataque en lugar de completar la esquiva entera. La aguja le abrió una línea superficial en el pecho en lugar de clavarse donde había apuntado.
Nada más.
Sheijuu volvió a dar un salto amplio hacia atrás, ganando el espacio justo para respirar.
—Otra vez —dijo Majull.
—Lo vi.
—Sí.
—Todavía tarde.
—Tarde es mejor que nunca. Sigue.
Esta vez el Primordial no esperó a que Sheijuu terminara de tocar el suelo, y Sheijuu, a su vez, confirmó el patrón de forma definitiva. El Primordial apareció a su izquierda con la aguja dirigida a las costillas ya dañadas, el punto más lógico para terminar el combate de una vez, y esta vez Sheijuu no solo vio la sombra que se adelantaba al movimiento: la usó, con el tiempo suficiente para colocar el antebrazo en la trayectoria en lugar del costado. El material de la aguja mordió el hueso en vez del pulmón. Dolió de una forma completamente distinta a cualquier golpe recibido antes. Pero funcionó.
El Primordial se detuvo, a media distancia, con algo parecido a la reconsideración cruzándole el rostro. Su atención bajó del rostro de Sheijuu al resto de su cuerpo, deteniéndose brevemente en la ceja izquierda —el corte que se la había abierto minutos antes ya no era más que una línea rosada, casi cerrada del todo— y después en el brazo que antes había colgado casi inútil y que ahora se movía con una rigidez incómoda pero funcional. Los cortes más recientes ya estaban coagulados, cerrándose a un ritmo que no tenía ninguna lógica razonable: a esas alturas del combate, con todo lo que había recibido, su estado debería estar decayendo. No al revés.
—Eso tampoco debería estar pasando —dijo, con la voz de alguien que acaba de encontrar un segundo dato que no encaja con el primero—. ¿Tú también te regeneras?
Sheijuu no respondió. No tenía nada que ganar confirmándolo.
El Primordial giró la aguja en la mano, una vez, y volvió a desaparecer. Esta vez más rápido que antes, como si hubiera decidido que la situación merecía un poco más de esfuerzo. Pero cuando apareció, Sheijuu ya estaba girando. La katana subió. La aguja de cristal negro chocó contra el acero con un sonido que resonó en la roca del planeta aunque no hubiera atmósfera para transportarlo más allá de unos metros, y la onda de choque abrió grietas en el suelo en todas las direcciones desde el punto de impacto.
Sheijuu salió despedido igualmente, arrastrado varios metros sobre la roca, porque la fuerza detrás del ataque seguía siendo demasiada para absorberla completamente. Pero el filo había sostenido el golpe. La aguja no había llegado a su cuerpo.
El Primordial miró la aguja de cristal negro. Luego a Sheijuu.
—Entiendo —dijo.
La frase no sonó a evaluación, sino a algo más parecido a una conclusión.
El combate continuaba.
---
Fin del Capítulo 41.
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