Sheijuu. [Español]
Capitulo 39: El peso de ser visto.
Capítulo 39
El peso de ser visto
La superficie del planeta muerto no tenía sonido.
Eso fue lo primero que Sheijuu notó cuando aterrizó, aunque "aterrizó" era una palabra demasiado cotidiana para lo que ocurrió: simplemente dejó de estar en el espacio y empezó a estar sobre la roca, con los pies apoyados sobre una superficie que no había sostenido nada vivo desde hacía tanto tiempo que la propia roca parecía haber olvidado para qué servía ese tipo de contacto. Sin atmósfera que transportara el sonido, sin viento, sin ninguno de los ruidos de fondo que el cuerpo humano procesa de forma tan constante que solo los nota cuando desaparecen, el silencio era absoluto de una forma que resultaba físicamente incómoda, como una presión suave y constante contra los tímpanos. Ligeramente diferente a la presión de el vació del espacio.
El Primordial estaba a poco más de un kilómetro de distancia, sobre una elevación de roca negra que sobresalía del terreno plano como el lomo de algo enorme y muy antiguo enterrado bajo la superficie. Lo había sentido moverse en el momento en que Sheijuu había salido del salto, una reacción apenas perceptible en la firma de su Escencia, como alguien que levanta la vista de lo que estaba haciendo sin cambiar todavía de postura. Sabía que había llegado. Probablemente sabía desde el sistema de asteroides que algo lo había estado observando, aunque Sheijuu había tenido suficiente cuidado como para que esa observación resultara ambigua, difícil de clasificar como amenaza o como curiosidad accidental.
Ahora ya no había ambigüedad posible.
Con el salto, cualquier posibilidad de retirada silenciosa había desaparecido. Podía quedarse exactamente donde estaba, sin moverse, y el mensaje habría sido igual de claro que si hubiera cargado directamente contra él: aquí estoy, sé que me ves, y no me voy a ir. Era la primera decisión irreversible de la situación, y la había tomado antes de dar el primer paso, en el instante mismo en que decidió aparecer a la vista en lugar de seguir observando desde una distancia segura. No había forma de deshacer eso ahora. Solo de seguir hacia adelante con lo que esa decisión implicaba.
Sheijuu comenzó a caminar hacia él. No corrió, no volo, no hizo ningún gesto que pudiera interpretarse como un ataque o como huida. Simplemente caminó. La katana estaba en su vaina, la mano derecha relajada cerca del mango pero sin tocarlo, las vendas de los brazos tensas bajo la ropa, cargadas y listas sin que nada externo lo revelara.
Cada paso era también una medición. Contaba la distancia en metros y la traducía, sin pensarlo del todo conscientemente, en tiempo de reacción: si el Primordial decidía moverse ahora, ¿cuánto tardaría en cerrar el espacio entre ambos? La respuesta, calculada contra un ser cuya velocidad real todavía no había visto en acción, era una cifra que no le gustaba, así que dejó de calcularla y se concentró en caminar, en llegar entero al punto donde la conversación —si es que había alguna— pudiera empezar.
A medida que se acercaba, el terreno dejaba de ser tan uniforme como había parecido desde el aire. Aquí y allá, entre la roca gris y llana, empezaban a asomar formaciones alargadas y puntiagudas, como agujas de piedra clavadas contra el cielo sin atmósfera, demasiado regulares en su disposición como para ser obra exclusiva del azar geológico. Sheijuu no les prestó más atención de la necesaria —apenas otro detalle del paisaje—, sin saber que aquellas rocas eran los restos de algo mucho más antiguo que el ser que tenía delante: los vestigios de una defensa que, hacía mucho tiempo, alguien había levantado y perdido.
El Primordial no se movió mientras Sheijuu se acercaba.
Era alto, bastante más que un humano adulto, con una complexión que sugería densidad más que volumen, el tipo de cuerpo que no necesita parecer grande para serlo. Su piel tenía un tono entre blanco y gris pálido, como si el color fuera una consecuencia del tiempo que llevaba existiendo más que una característica biológica. El cabello era oscuro y largo, sin ningún orden particular. Vestía ropajes largos, casi ceremoniales, que le caían desde los hombros hasta más abajo de las rodillas, ondeando sin viento que los moviera —otro recordatorio de que ese planeta no tenía atmósfera para que el aire se comportara como debía—. La tela era oscura, de un tono que no terminaba de ser negro del todo, y sobre ella corría un único símbolo: una línea recta que atravesaba el ropaje de arriba abajo, sin ramificaciones, sin ningún otro adorno que la acompañara. No parecía decorativo. Tenía la austeridad de algo funcional, de un signo que significaba una sola cosa y no necesitaba decir nada más. Los ojos, cuando finalmente Sheijuu estuvo lo suficientemente cerca para verlos con claridad, eran blancos, completamente blancos, sin iris ni pupila visibles, aunque algo en ellos comunicaba sin duda que estaban mirando, evaluando, procesando, con una atención que se sentía casi táctil, como si el simple hecho de ser observado por ellos ya fuera, de alguna forma, una forma temprana de contacto.
Los Ojos Primordiales. Majull tenía razón: casi todos los tenían, y en este era evidente incluso desde lejos, esa cualidad de percepción que iba más allá de la visión ordinaria y se extendía sobre el entorno como una red invisible, captando la Escencia de todo lo que había a su alrededor, sin que pareciera exigirle ningún esfuerzo consciente mantenerla activa.
Sheijuu se detuvo a unos veinte metros.
Desde esa distancia terminó de evaluar lo que la aproximación no le había dejado ver con claridad: la forma en que el Primordial no respiraba, o al menos no de una forma que produjera ningún movimiento visible en su pecho; la manera en que su Escencia no fluctuaba ni siquiera ahora que estaba en su rango de visión, manteniéndose exactamente igual de estable que cuando lo observaba sobre la roca desde los asteroides. No había nervios que leer. No había ningún indicio de las señales que Sheijuu llevaba años aprendiendo a interpretar en un oponente humano. Iba a tener que construir un vocabulario completamente nuevo para esta criatura, y probablemente no tendría tiempo de terminarlo antes de que empezara a necesitarlo.
Ninguno habló durante varios segundos. Era el tipo de silencio que ocurre cuando dos personas se encuentran en un territorio sin reglas establecidas y ambas están decidiendo simultáneamente cuáles van a ser esas reglas. En el ejército de Valthar había un protocolo para casi todo: cómo aproximarse a un superior, cómo identificarse ante fuerzas aliadas desconocidas, cómo comunicar intenciones en situaciones de baja visibilidad. Aquí no había protocolo ninguno. Solo dos seres en un planeta muerto, mirándose el uno al otro.
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Fue el Primordial quien habló primero. Su voz era extraña, no desagradable pero sí difícil de ubicar en ninguna categoría familiar, como si cada palabra ocupara más espacio del que debería en el aire inexistente del planeta.
—Llevas tiempo siguiéndome.
No era una acusación. Era una observación, formulada con la misma neutralidad con que se podría comentar el clima o la distancia a un destino. Sheijuu no supo con certeza si hablaba el idioma de Valthar por alguna razón específica o si existía algún mecanismo que él no comprendía del todo que hacía que la comunicación fuera posible independientemente del idioma. Majull había mencionado algo al respecto durante el entrenamiento, algo sobre la forma en que los Primordiales procesaban los patrones de pensamiento, aunque no había profundizado lo suficiente en el tema como para que Sheijuu pudiera hacer otra cosa que aceptarlo como un hecho sin entender del todo el mecanismo detrás.
—Sí —respondió, sin dudarlo.
—¿Y luego, me observabas desde los asteroides?
Tampoco era pregunta.
—Sí. —Sheijuu no dio más explicación que esa, y el Primordial no pareció esperar una.
El Primordial inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que en un humano podría haber significado cualquier cosa desde curiosidad hasta escepticismo, pero que en él resultaba difícil de leer con precisión.
—No eres de este sistema —dijo, con la misma calma con que había dicho todo lo demás.
—No.
—Ni de ninguno cercano. Tu Escencia tiene marcadores de un sistema a mucha distancia de aquí. Cerca de €¥¢£×¶, si no me equivoco. —El sonido no se parecía a ninguna palabra que Sheijuu pudiera reconocer, ni siquiera a algo que pudiera intentar repetir; era más una resonancia que una secuencia de sílabas—. Aunque hay algo más mezclado en tu Escencia que no termina de coincidir con lo que debería ser un humano de ese lado del charco.
Sheijuu no entendió el nombre. Pero por el contexto —la distancia, los marcadores de Escencia, la mención de "un humano de ese lado del charco"— no había otra posibilidad razonable. Solo podía estar hablando de Sadoku, o del sistema planetario donde estaba Sadoku. Procesó aquello sin responder, sin dejar que ninguna reacción visible cruzara su expresión. Que un Primordial pudiera situar su mundo de origen con tanta precisión no debería haberlo sorprendido, pero lo había sorprendido de todas formas, con esa clase de sorpresa pequeña e incómoda que ocurre cuando algo que sabías de forma abstracta se vuelve concreto de repente.
Era extraño, pensó, escuchar el nombre de su mundo —aunque fuera un nombre distinto, uno que no reconocía— en la boca de algo que probablemente había visto morir civilizaciones enteras sin que ninguna de ellas le dejara una marca duradera. Sadoku era todo lo que él conocía de verdad. Para el Primordial, apenas era una coordenada más entre miles, un dato reconocible pero sin peso, y esa asimetría —lo que el planeta significaba para uno y lo que significaba para el otro— era quizás la distancia real entre ambos, más que cualquier diferencia de fuerza o de tiempo de vida.
—¿Qué hay mezclado? —preguntó Sheijuu, aunque sabía la respuesta.
—Una entidad guardiana. Una de las antiguas, de las que algunos dejaron atrás hace mucho tiempo como experimentos o como seguros. —El Primordial hizo una pausa breve, y en esa pausa había algo que Sheijuu identificó, con cierta dificultad, como interés genuino—. No es una fusión común. Las que ocurren de esa manera, sin preparación, suelen destruir al huésped en el proceso o dejarlo en un estado que no sirve de mucho. Tú estás aquí. Caminando. Hablando. Con los ojos de alguien que lleva tiempo viendo más de lo que debería poder ver.
—Los ojos funcionan.
—Más que funcionan. —El Primordial inclinó la cabeza, y por primera vez algo en su atención se concentró de forma específica, no en la Escencia general de Sheijuu sino en un punto exacto de su rostro—. No es común ver algo así en un huésped que sobrevivió a una fusión sin preparación. Normalmente los ojos son lo primero que se pierde, o lo primero que se vuelve inútil. Los tuyos parecen haberse quedado con más de lo que deberían.
Sheijuu no respondió a eso. No porque no tuviera nada que decir, sino porque no le gustó la forma en que la observación se sintió: no como un cumplido ni como una amenaza directa, sino como el tipo de dato que alguien guarda para usarlo más tarde.
—¿Hay algo más que sepas hacer además de hablar?—dijo Sheijuu mirando fijamente al Primordial, con la mirada de alguien que empieza a perder la paciencia.
—Claramente. —El Primordial se puso de pie, con una fluidez que no correspondía al tamaño de su cuerpo, el movimiento limpio y sin esfuerzo de algo que no tiene que negociar con la gravedad de la misma forma que el resto—. Lo que me pregunto es qué hace alguien como tú en un planeta muerto, siguiendo a alguien como yo, en lugar de estar en su mundo recuperándose de algo que debería haberlo matado.
Sheijuu lo miró durante un momento. La pregunta era directa y merecía una respuesta directa, aunque la respuesta fuera precisamente la declaración de intenciones que convertiría este encuentro en otra cosa.
—Vine a matarte —dijo.
El silencio que siguió tuvo una textura diferente al anterior. El Primordial lo observó con aquellos ojos blancos que no parpadeaban y que sin embargo comunicaban perfectamente que estaban procesando lo que acababan de escuchar, pesándolo, catalogándolo en alguna categoría que Sheijuu no podía ver pero podía intuir.
Entonces hizo algo que Sheijuu no esperaba.
Se rio.
No con burla, no con el desprecio condescendiente que habría resultado predecible. Era una risa genuina, breve, que sonó auténtica precisamente porque no parecía diseñada para producir ningún efecto específico. Y eso, de alguna forma extraña que Sheijuu no podría haber explicado con claridad, lo hizo más peligroso en su mente que si hubiera atacado de inmediato.
—Llevas tiempo muerto de €¥¢£×¶ —dijo el Primordial, cuando la risa pasó—. Lo suficiente para viajar hasta aquí. Lo suficiente para aprender a moverte entre sistemas. Y en lugar de esconderte en algún rincón del universo donde nadie te encuentre, decides venir a buscarme a mí.
—No vine a buscarte a ti específicamente. Ibas en una dirección que no me gustó.
—¿Hacia un planeta con Escencia?
—Hacia un planeta con vida.
Otra pausa. Esta más larga, con algo diferente dentro, algo que Sheijuu no supo clasificar del todo pero que cambió ligeramente la calidad del aire entre ellos, aunque no hubiera aire que cambiar.
—Dime una cosa —dijo el Primordial, con una voz que había perdido el tono de observación neutral y había ganado algo más difícil de nombrar—. Pensé que venías a aliarte, por lo débil que pareces. ¿Cuántos siglos crees que te llevo de ventaja?
—No lo sé. —Sheijuu puso la mano en el mango de la katana, sin desenvainarla todavía—. Pero pienso averiguarlo.
El Primordial lo miró durante tres segundos exactos. Después la expresión de su rostro cambió de una forma sutil pero completamente clara, como una puerta que se cierra sin hacer ruido, y Sheijuu supo, con la certeza instintiva que se desarrolla después de suficientes combates, que la conversación había terminado.
El combate había comenzado.
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Fin del Capítulo 39.
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