Sheijuu. [Español]
Capitulo 34: El lago que se volvió cristal.
# Capítulo 34
## El lago que se volvió cristal
El descubrimiento ocurrió por accidente, casi dos semanas después de su llegada al planeta. Durante esos días, Sheijuu había establecido una rutina extraña, marcada por el ritmo errático del propio planeta más que por cualquier ciclo de luz y oscuridad reconocible: exploraba durante las horas en que el cielo se aclaraba lo suficiente para distinguir el horizonte, descansaba cuando el calor se volvía insoportable incluso para él, y regresaba periódicamente al lago de lava donde había visto a la criatura colosal por primera vez, con la esperanza, cada vez más tenue, de volver a presenciarla.
Había recorrido kilómetros de terreno volcánico en ese tiempo, cartografiando mentalmente las zonas más activas, los campos de fumarolas donde los insectos se turnaban su ritual silencioso, los riscos donde había encontrado el nido y los fósiles antiguos. Sentía que empezaba a conocer aquel planeta de una forma que no había logrado con ninguno de los anteriores, no por su belleza, sino por su honestidad brutal: todo en él anunciaba exactamente lo que era, sin disimulos, sin zonas seguras que resultaran ser trampas.
Sheijuu seguía el rastro de la criatura colosal aquella tarde en particular, esperando, sin mucha convicción, volver a presenciarla. Pero en su lugar encontró algo completamente distinto.
El lago seguía allí, pero ya no ardía. La superficie, antes líquida e incandescente, se había solidificado por completo en algún momento reciente, formando una extensión de roca vítrea, negra y brillante, que reflejaba la luz anaranjada del cielo como un espejo imperfecto. El calor residual todavía se sentía, pero ya no era el infierno líquido que había presenciado semanas atrás. Ahora era una superficie sólida, lisa, como un espejo oscuro tendido sobre el paisaje.
—Esto no estaba así la última vez —dijo, acercándose con cautela.
—No. Algo cambió. La actividad volcánica que alimentaba este lago se desplazó hacia otra zona, probablemente hacia el norte. Sin el calor constante del magma fresco, la superficie se enfrió y solidificó.
Caminó sobre la superficie, sintiendo bajo sus pies una solidez extraña, distinta a la roca volcánica habitual, casi como caminar sobre cristal oscuro. Era lisa pero no resbaladiza, con pequeñas irregularidades que atrapaban la luz y la refractaban en patrones apenas visibles. El vidrio volcánico era opaco en la superficie, pero cuando Sheijuu se agachó para observarlo más de cerca, notó que en los bordes, donde la luz se filtraba desde abajo, se volvía translúcido, mostrando una profundidad oscura que parecía no tener fondo.
Golpeó la superficie con los nudillos, con curiosidad, y el sonido que produjo no fue el de la roca ordinaria, sino algo más agudo, casi musical, como si hubiera golpeado un instrumento hecho de piedra. Repitió el gesto un poco más lejos, y el tono cambió ligeramente, más grave, sugiriendo que el grosor del cristal no era uniforme bajo sus pies. Se agachó de nuevo y pasó la palma abierta sobre la superficie, sintiendo cómo pequeñas vibraciones residuales, apenas perceptibles, recorrían el cristal cada vez que, en algún punto lejano bajo la corteza, el calor todavía en movimiento encontraba una nueva grieta por donde escapar.
—Suena distinto en cada punto —comentó.
—El grosor varía. Donde el lago era más profundo, la capa de cristal tardó más en enfriarse por completo, y probablemente sigue conservando algo de calor por debajo. Donde era más superficial, ya debe de estar sólido hasta el fondo.
—¿Y eso podría ceder bajo mi peso?
—Poco probable. Pero no te recomendaría saltar sobre él para comprobarlo.
—¿Qué pasó aquí, exactamente? —insistió Sheijuu, esta vez buscando algo más que la explicación general que ya había recibido.
—Lo que te dije: la cámara de magma que alimentaba este lago encontró una vía de escape distinta, probablemente una fisura nueva más al norte, y dejó de aportar calor fresco aquí. Sin ese flujo constante, el lago perdió temperatura más rápido de lo que cualquiera hubiera esperado. Lo que ves ahora es, básicamente, una cicatriz. El planeta cerrando una herida por otro lado.
—¿Y la criatura?
Un silencio más largo. Sheijuu notó que Majull extendía su percepción sobre el área, buscando cualquier rastro de la presencia que habían sentido antes.
—No lo sé. Puede que se haya ido a tiempo. O puede que esté atrapada bajo esta capa, esperando a que el calor regrese.
Sheijuu se arrodilló sobre la superficie vítrea, observando su propio reflejo distorsionado en las irregularidades del cristal volcánico. Su rostro se estiraba y se contraía en las ondas de la superficie, como si el lago estuviera devolviéndole una imagen que no terminaba de reconocer. Buscó, con el Ojo del Vacío, cualquier señal de vida bajo aquella capa endurecida, cualquier indicio de que la criatura hubiera logrado escapar antes de que el lago entero se solidificara a su alrededor.
No encontró nada. Ni rastro de Escencia residual. Ni forma alguna atrapada bajo la superficie. Solo la oscuridad del vidrio volcánico, extendiéndose hasta donde alcanzaba su percepción. Sin embargo, a unos metros de donde estaba arrodillado, algo llamó su atención: una forma alargada, apenas visible bajo la superficie translúcida, demasiado regular para ser una simple burbuja de aire atrapada en el enfriamiento. Se acercó, apoyando ambas manos sobre el cristal, intentando distinguir mejor la silueta.
—¿Ves eso? —preguntó.
Majull tardó un momento en responder.
—Lo veo. Pero no sabría decirte qué es. Podría ser un hueso. Podría ser una raíz mineral, de las que a veces crecen cerca del calor volcánico. O podría ser nada, una simple deformación del cristal al enfriarse de forma desigual.
—¿No puedes sentir si tiene Escencia?
—No queda nada que sentir ahí. Si alguna vez la tuvo, se apagó hace mucho.
Sheijuu se quedó observando aquella forma un rato más, resistiendo el impulso de romper el cristal para averiguarlo con certeza. Pasó los dedos sobre la superficie fría, justo encima de la silueta, como si el simple contacto pudiera revelarle algo que sus otros sentidos no alcanzaban a percibir. No sintió nada distinto: ni calor, ni vibración, ni el más mínimo rastro de la energía que buscaba. Solo cristal, frío y sólido, guardando su secreto con la misma indiferencia con la que el planeta entero parecía guardar todos los suyos.
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—Podría pasarme el resto de la semana intentando averiguarlo —dijo, sin apartar la mano de la superficie.
—Podrías. Y seguirías sin saberlo con certeza, probablemente. Algunas cosas se quedan así. Sin resolver.
—No me gusta dejarlo así.
—Lo sé. Pero no todo lo que un planeta esconde está destinado a ser encontrado por ti.
Al final decidió dejarlo así, sin resolver, como uno más de los misterios pequeños que cada planeta parecía guardarse para sí mismo, indiferente a si alguien llegaba a descubrirlos o no.
—Bueno, quizás se fue a tiempo, la criatura —dijo, más para convencerse a sí mismo que porque realmente lo creyera.
—Quizás.
Permaneció allí un rato más, observando cómo la luz del cielo anaranjado se reflejaba sobre la superficie de cristal negro, creando un efecto casi hipnótico, una calma extraña en un planeta que, hasta entonces, solo había mostrado violencia constante. El silencio era diferente aquí: no el crujido constante del planeta respirando, sino algo más quieto, como si el lago estuviera conteniendo el aliento. De vez en cuando, una pequeña grieta se abría en la superficie, un crujido apenas audible que recordaba que el calor aún no se había ido del todo, seguido de un chasquido breve, casi como el sonido de una rama seca partiéndose bajo el agua.
—Este lugar cambia rápido —comentó finalmente.
—Todos los mundos cambian —respondió Majull—. Este simplemente lo hace más rápido que la mayoría, de forma más visible. Pero el principio es el mismo en todas partes: nada permanece igual para siempre. Ni siquiera la lava.
Sheijuu se puso de pie, observando el horizonte completo del planeta, los ríos de lava distantes, las columnas de humo elevándose hacia un cielo que nunca terminaba de despejarse completamente. Algo en la quietud del lago de cristal le hacía sentir que había llegado a un punto de inflexión, no en el planeta, sino en su propio viaje.
—Creo que ya vi lo que necesitaba ver aquí.
—¿Estás seguro?
Lo pensó un momento. En el horizonte, una de las montañas truncadas exhaló una columna de ceniza, y el sonido llegó unos segundos después, amortiguado por la distancia. El planeta seguía vivo, seguía cambiando, seguía siendo lo que era.
—No completamente. Pero sí lo suficiente.
Caminó de vuelta hacia el punto donde había decidido establecer su campamento improvisado durante aquellas semanas. Recogió la capa que había dejado allí, todavía con manchas leves de ceniza adherida a la tela, y la sacudió para quitar el polvo. Se detuvo un momento, mirando hacia el lago de cristal una última vez.
—¿Sabes? Me di cuenta de algo, mientras caminaba de vuelta.
—Dime.
—Ya no sé cuántos días llevo fuera de Sadoku.
Majull no respondió de inmediato.
—Al principio los contaba —continuó Sheijuu—. Cada noche, antes de dormir, sabía exactamente cuántos días habían pasado desde que salí. Me parecía importante. No sé por qué, pero lo era. Y en algún momento dejé de hacerlo. No recuerdo cuándo. Simplemente, un día, ya no supe el número.
—¿Y eso te inquieta?
—Un poco. Es como si el tiempo se hubiera vuelto líquido, igual que la lava de este planeta. Y ahora, de repente, miro hacia atrás y ya está sólido, ya pasó, y ni siquiera puedo decir con certeza cuánto.
—El tiempo hace eso, con o sin planetas volcánicos de por medio. Se mide distinto cuando uno tiene una rutina fija, y distinto cuando cada día trae algo completamente nuevo. No es que hayas perdido nada. Es que dejaste de necesitar contarlo.
—No me gustaría olvidar el tiempo.
—Lo harás. Y olvidarás más en el futuro. Es algo inevitable.
En la mente de Sheijuu se formó un pensamiento que no terminó de tomar forma, y desapareció casi de forma consciente, tan rápido como llegó.
—De verdad que no me gustaría olvidar —dijo Sheijuu, bajando de a poco la mirada.
—No es algo ni bueno ni malo. Es natural. Lo mejor que puedes hacer es llevarte una parte de lo verdaderamente importante contigo siempre. Así al menos mantienes el recuerdo sujeto a algo físico. Durará más tiempo, el recuerdo, pero al final se distorsionará, se modificará y se corroerá.
Sheijuu apretó un momento los puños, luego liberó la tensión y miró hacia el cielo naranja oscuro.
—No te deprimas, quedarán las marcas.
El cielo empezó a despejarse levemente.
—La escencia de lo que una vez estuvo ahí no podrá ser reemplazada, y aún si no recuerdas la forma, el olor, o el nombre, sí vas a recordar que algo alguna vez estuvo ahí.
Sheijuu pestañeó, y su expresión se suavizó.
—Suena bonito, dicho así —dijo Sheijuu, con casi una media sonrisa.
—La mayoría de las cosas suenan bonitas cuando se dicen de la forma correcta. Eso no las hace menos ciertas.
Sheijuu no respondió a eso de inmediato. Y ahora que su mirada apuntaba al frente, se quedó mirando el lago de cristal, pensando en cuántas cosas más habría dejado de contar sin darse cuenta, cuántos otros números pequeños se le habrían escapado entre planeta y planeta sin que él se percatara del momento exacto en que dejaron de importarle. Intentó recordar la última vez que había contado conscientemente algo —los días, las heridas, los planetas visitados— y no logró ubicar el momento exacto en que había dejado de hacerlo. Era como buscar la costura entre dos colores que se mezclan gradualmente, sin ninguna línea clara que separara el antes del después.
—Voy a empezar a contarlos de nuevo —dijo, finalmente—. Aunque solo sea para mí.
—¿Por qué?
—Porque si algún día vuelvo a Sadoku, quiero poder decir cuánto tiempo estuve fuera. Quiero que el número signifique algo, en vez de perderse en el medio de todo esto.
Majull no discutió aquello. Simplemente dejó que la idea se asentara, de la misma forma en que dejaba asentarse la mayoría de los pensamientos de Sheijuu que no necesitaban respuesta inmediata, solo espacio para existir.
Reunió la Escencia necesaria para el salto, sintiendo cómo el espacio comenzaba a doblarse a su alrededor, la familiar sensación de vacío y vértigo que precedía cada viaje entre estrellas. El aire a su alrededor pareció volverse más denso durante un instante, como si el propio tejido del espacio se resistiera a ceder, antes de rasgarse finalmente en un punto exacto frente a él, revelando esa oscuridad particular, distinta a la noche, distinta a cualquier sombra que hubiera conocido en Sadoku, que marcaba el inicio de cada uno de sus viajes.
Antes de que el vacío terminara de envolverlo por completo, se permitió una última mirada al paisaje: el lago de cristal negro, los ríos de lava distantes todavía ardiendo, las columnas de ceniza dibujando líneas grises contra un cielo que nunca dejaba de moverse. Por un momento, se preguntó si aquel planeta lo recordaría de alguna forma, si quedaría algún rastro de su paso —una huella en la ceniza, una piedra desplazada, el eco de sus pasos absorbido por la roca— o si todo se borraría con la misma facilidad con la que el propio lago había pasado de fuego a cristal.
Probablemente no quedaría nada. Y por alguna razón, eso no le pareció triste. Solo cierto, de la misma forma en que casi todo en aquel planeta le había parecido cierto: sin adornos, sin promesas de permanencia, solo el hecho desnudo de que las cosas cambian, existen, y siguen adelante sin pedir permiso a nadie.
La última imagen que conservó de aquel planeta fue la del lago de cristal negro, reflejando un cielo anaranjado que pronto, probablemente, volvería a llenarse de fuego líquido cuando la actividad volcánica regresara a aquella zona, en un ciclo que continuaría existiendo mucho después de que cualquier recuerdo de su breve visita se hubiera disuelto por completo en la memoria de aquel mundo extraño. Sheijuu pensó que quizás, algún día, volvería a aquel lugar. Pero también sabía que, si no lo hacía, el planeta seguiría existiendo sin él, cambiando de forma una y otra vez, indiferente a si alguien quedaba para presenciarlo.
El espacio se cerró, y el planeta que respiraba fuego quedó atrás, con sus ríos de lava y su lago de cristal y la criatura que tal vez seguía nadando bajo la superficie, esperando pacientemente a que el calor regresara.
---
**Fin del Capítulo 34.**
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